Soñar elencos

Levantad la mano los que hayáis fantaseado alguna vez con elegir el elenco soñado para vuestra peli ideal. Existen pocas cosas más adictivas y más reconfortantes que la capacidad de convertirnos en la mano divina que elige y otorga papeles excelentes a nuestras estrellas favoritas. Nos plantamos delante de la pantalla ―la grande o la pequeña― y fantaseamos con Brad Pitt protagonizando La Princesa Prometida, Daryl Hannah haciendo de la mala de una de James Bond o (esto es una confesión) con Dua Lipa encarnando a Wonder Woman en la próxima entrega. Si podemos, lo comentamos en voz baja con nuestro compañero de peli, que asiente o añade. Pero no nos quedamos aquí; estoy tremendamente seguro de que cuando éramos jóvenes y no sabíamos tanto de cine ―si es que de cine se puede saber― creamos pelis desde cero, dando a los actores y actrices de moda los personajes más molones que se nos pasaban por la cabeza. No creo que yo sea el único de los presentes que, mucho antes de la moda del live action, ha imaginado la peli de Goku, la de Street Fighter, la de Heidi o la de, por supuestísimo, los Caballeros del Zodíaco. ¡Buff! Esta última iba a ser brutal, porque ahí entraban los mazas de la época, de mi época. Desde Arnold hasta Van Damme, pasando, of course, por Sly. Os mentiría si dijera que sé cómo repartía cada papel y cómo rellenaba el elenco con los personajes secundarios, pero estos tenían ya en mi mente la Armadura dorada. Un poco más mayor ―no tanto como ahora― comencé a hacer casting para mis libros favoritos, ya más currados, porque Cien años de soledad, A la sombra del granado o La trilogía de Nueva York no tienen fácil reparto, la verdad. De hecho, mejor casi que no lo tengan. Lo hemos hecho con los cómics, lo hemos hecho con los dibus, lo hacemos, seguro, con los libros. Recolocamos actores y actrices en pelis que ya tienen sus actores y sus actrices y nos lo pasamos tan tan bien que no necesitamos mucho más. Si la peli es mala, en nuestra fantasía la hacemos buena; y si es buena, nuestra mente la mejora con el simple hecho de saber que nuestra actriz lo haría mejor o, por lo menos, nos gustaría más, porque es nuestra actriz y nuestra decisión.

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