No es fácil olvidarse de la sensación de ir en el asiento de atrás del coche de tu padre en un viaje, del cual no sabías el destino. Simplemente te dejabas llevar. “¿Cuánto falta?” preguntabas entre paradas para comer, poner gasolina o admirar el paisaje. El director de Omaha, Cole Webley, recurre a unas imágenes que podrían ser universales, para construir una película igual de dulce como amarga, de uno de los viajes en coches más emotivos que he visto en mucho tiempo. Aviso a pasajeros (como diría mi madre): es una peli de llorar.
Omaha se estrenó en el único lugar que podría estrenarse: Sundance. Tiene todos los elementos que consolidan un film susceptible a ser programado en el que sigue siendo a día de hoy uno de los festivales de cine indie más importantes del continente americano. La película es un drama intimista, con un guion que roza el clásico road trip americano. Acercándose así, mucho más a París,Texas que a Aftersun, film con el que la han estado comparando continuamente. En este caso, en el coche viajan un padre devastado y hundido en deudas, dos niños, un perro y un duelo muy reciente que ocupa todo lo demás. En la secuencia que abre el film, el padre despierta a sus hijos muy pronto por la mañana para abandonar lo que parece ser la casa en la que han vivido siempre. “¿Si la casa estuviera en llamas qué objeto te llevarías?” Con esta pregunta demoledora el padre se dirige a su hija mayor, Ella, interpretada por la increíble Molly Belle Wright. Ella responde “La foto de mamá”, y con esta pequeña interacción sabemos que la madre ha muerto hace poco y que van a irse de viaje para no volver más. Con su hijo pequeño Charlie (interpretado por Wyatt Solis), medio adormilado en la parte de atrás, esta familia arranca un viaje un tanto impulsivo a través del Oeste estadounidense con un destino borroso: Nebraska.
Aunque el viaje que les depara no va a ser corto, lo que ocurre hasta que llegan hasta Omaha no dejan de ser pequeñas viñetas, aprendizajes y momentos vistos a través de la mirada de los niños. Es por esa razón que aunque no sabemos a dónde van exactamente ni porqué, el centro de la película se encuentra justamente en el balance entre la confusión y la confianza. Por un lado, John Magaro que interpreta al padre, ha puesto en marcha a toda la familia sin dar muchas explicaciones. Los niños, no tienen ningún tipo de control sobre la situación, pero aún así van a remolque con el padre, confiando en lo que vendrá, porque aunque no se diga, ya no hay vuelta atrás. En ese sentido, tiene mucho valor que la película logre avanzar tan bien porque no hay ningún otro engranaje narrativo más allá del propio viaje. Y es que sin duda, se establecerá una conexión clara entre lo que saben los niños y lo que sabe el espectador.
A medida que avanzan en la carretera, van desprendiéndose de más cosas. Conocemos muy poco de las razones del padre para emprender este viaje y para tomar las decisiones que está tomando. Pero gracias a la mirada de la hermana mayor sabemos que es un personaje cuidador, que sufre, que está roto y que tiene algo adentro que no quiere dejar salir. El trabajo del punto de vista tiene una evolución muy interesante en la historia ya que por momentos parece desdoblarse y abrazar al padre, aunque nunca llegamos a conocer lo que esconde hasta el final. El director controla el tono del film de una manera muy precisa pero a su vez libre, oscilando entre lo bello y lo oscuro. Merece especial mención el trabajo de Paul Meyer como director de fotografía que refuerza continuamente esta idea gracias a la propuesta de cámara y de luz siempre muy sensorial, melancólica y ocasionalmente documental. Las imágenes parece que están todo el tiempo despidiéndose. Todos los planos de la película parecen caricias, ya sean detalles o grandes planos generales en medio del paisaje árido estadounidense.
Hay por debajo siempre un gran telón de fondo que tiene que ver con la precariedad que se vivió en Estados Unidos en 2008. El país se enfrenta a una de sus peores crisis después de la Gran Depresión de 1929 y esta familia representa a millones de personas que perdieron su empleo o viviendas y que, a falta de una red de protección social, se vieron completamente abandonados. A medida que se van acercando cada vez más a Omaha, el dinero del padre va reduciéndose considerablemente. A través de secuencias en las que al director no le hace falta ni una sola línea de diálogo, se despliega realmente la inestabilidad de la familia. Los planos panorámicos son asombrosos, sin duda, pero es en los diálogos orgánicos o en los juegos de miradas, que se puede respirar algo que recuerda a la vida. Las interpretaciones y las dinámicas entre los tres actores quitan el aliento. Especialmente la joven Molly Belle Wright, que puede recordar ligeramente a Frankie Corio en Aftersun, por su capacidad de condensar en una sola mirada tanto entendimiento hacia el padre.
No cabe duda de que hay ciertos elementos comunes entre esta película y toda la ola de películas «Aftersun», donde la mirada infantil se dirige hacia la adulta, el sufrimiento de los padres está presente, destaca por una fotografía estética y nostálgica, juega con el duelo… No obstante, Omaha se planta como distintiva especialmente por no ser una película “personal” más. Algo que se puede observar especialmente en el final. El destino se revela en los últimos minutos de metraje y es algo extremadamente desgarrador porque no es tan solo un lugar. El viaje desemboca en un cambio para esta familia del que ya no se va a poder volver atrás. Aunque uno pueda prevenir su desenlace, al experimentar la película desde la mirada de Ella y de Charlie el tercer acto impacta especialmente. Sin entrar mucho en detalles, Cole decide dejar muchas preguntas por resolver. Queremos entender mucho mejor las decisiones de su protagonista. Pero esas respuestas nunca llegarán. Hay una conversación entre el padre y una enfermera que sin duda ofrece algo de esperanza si se mira bajo la luz adecuada. Al final, un pequeño epílogo añade una textura histórica que hace que la película se sienta muy distinta a otras películas parecidas. Esa pequeña cartela nos obliga a releer la historia, ofreciendo nuevas capas de significado y profundidad al film.
Omaha es un viaje solo de ida. Que te lleva a lugares de reflexión sobre la paternidad, la precariedad, el tiempo, el duelo. ¿Cuánto hacen los padres por sus hijos que ellos nunca entenderán o sabrán? ¿Hacer lo correcto es hacer lo mejor para tus hijos? El film nos lleva a transitar territorios muy delicados y nos invita a salir con más preguntas que respuestas. Y, sin duda, también con alguna lágrima.







