¿Quiénes son mis contemporáneos? —se pregunta Juan Gelman.
Juan dice que a veces se cruza con hombres en Buenos Aires, París o donde sea, y que siente que esos hombres no son sus contemporáneos. Pero hay un chino que hace miles de años escribió un poema… Juan comprueba que sí: que ese poeta es su contemporáneo.
Eduardo Galeano, «El arte y el tiempo», El libro de los abrazos
El Eternauta no es solo una obra de enorme impacto cultural. Es también una obra recubierta por una especie de misticismo, casi como un oráculo que resignifica su valor simbólico y pertinencia social en cada época. Una obra que no solo representa a Argentina, sino que es esencialmente latinoamericana por la manera en que, anclada en el pasado, parece anticiparse una y otra vez a nuestras crisis políticas, sociales y personales. Es por ello que siempre encuentra una nueva forma de ser contemporánea.
Bruno Stagnaro entiende que esa vigencia depende de preguntarse qué significa El Eternauta hoy y, al mismo tiempo, qué es aquello que lo ancla, como le sucede al propio Juan Salvo: ¿Qué permanece cuando todo lo demás cambia? ¿Qué importa en todas las líneas temporales? La respuesta la encuentra en una palabra que atraviesa la serie hasta convertirse casi en una consigna: RESISTENCIA. Una palabra que aparece como respuesta inmediata a una invasión extraterrestre, pero que, en definitiva, habla de una condición latinoamericana que surge casi naturalmente de nuestro contexto e historia.
Es por ello que la decisión de incorporar a Inga, una repartidora venezolana, resulta tan significativa. Al ser un personaje que no existe en el cómic original, cuando dice “estoy cansada de resistir”, la frase adquiere un peso que excede la invasión y a la propia Argentina, para abarcar a Latinoamérica y las crisis que atraviesa el continente. No hace falta que la serie explique que esa resistencia es la de alguien que ya viene sobreviviendo antes de que empiece el apocalipsis.
Esto logra que vuelva a ser pertinente la idea del héroe colectivo. En un continente donde el heroísmo cotidiano muchas veces consiste en sacar adelante una familia, atravesar una crisis, conseguir comida, cuidar a otro o improvisar una solución cuando las instituciones fallan, la figura del superviviente común adquiere una dimensión casi superheroica. Esa capacidad de continuar, incluso cuando las condiciones parecen estar hechas para impedirlo, es una de las formas más persistentes de reconocernos como latinoamericanos.
Asimismo, la serie órbita también alrededor de otro centro muy fértil: “Lo viejo funciona”. No solo a escala tecnológica, sino en una dimensión humana, como el propio Stagnaro afirma: como respuesta a una cultura que tiende a descartar aquello que considera obsoleto. Con ello, El Eternauta se conecta con más fuerza con el presente, incluso, como tantas veces sucede con esta obra, de manera casi profética.
La serie se estrenó apenas dos días después del apagón que sufrió buena parte de España y Portugal en abril de 2025. Durante esas horas, la interrupción de internet, las comunicaciones y otros servicios digitales hicieron visible hasta qué punto hemos delegado en la tecnología conocimientos que antes formaban parte de nuestra vida cotidiana: orientarnos por una ciudad, comprar y vender, encontrar el camino de regreso a casa. De pronto, aquello que parecía conocimiento básico comenzó a revelar su fragilidad, y a evidenciar que sí estaba en vía de extinción la mayor parte del conocimiento tangible y mecánico que damos por sentado en la vida moderna.
Con esto en mente, un personaje como El Tano cobra mayor relevancia, porque no solo representa al hombre que sabe arreglar cosas, sino una relación con el mundo que estamos perdiendo: la capacidad de resolver a partir del conocimiento, la curiosidad, la experiencia y la memoria. “Lo viejo funciona” termina siendo casi una voz náufraga intentando levantar una bandera en medio del naufragio tecnológico. Alertando sobre un futuro donde será imposible resistir o sobrevivir, por el hecho de que nos hemos vuelto incapaces, al delegar todo nuestro conocimiento técnico a la virtualidad.
Pero aquí aparece una paradoja particularmente hermosa de la adaptación. Porque El Eternauta puede hablar de los peligros de nuestra dependencia tecnológica gracias a una de las producciones tecnológicamente más ambiciosas realizadas en Argentina. La serie reconstruyó digitalmente grandes extensiones de Buenos Aires mediante fotogrametría y escaneo 3D, combinando más de 50 locaciones reales con escenarios virtuales y tecnologías de producción virtual, para un total de más de 1.900 planos intervenidos con VFX en su primera temporada. Es decir que, para imaginar un mundo en el que la tecnología deja de funcionar y reivindicar aquello que permanece cuando esta desaparece, Stagnaro necesitó llevar la tecnología hasta sus propios límites. En su mayoría, reemplazando lo real, por lo digital.
Por eso las imágenes más impactantes de la serie funcionan también como una contradicción. La ceniza que convierte Buenos Aires en una ciudad nevada, los destellos rojos, verdes y azules que aparecen en medio de la oscuridad, los insectos: aquello que amenaza a los personajes es también aquello que visualmente fascina más, porque es hermoso. Algo similar sucede en nuestra relación con las redes sociales, la inteligencia artificial y los mundos virtuales, que resultan seductores e infinitamente estimulantes incluso cuando sabemos que detrás de ellos operan sistemas cuyos alcances y propósitos no siempre comprendemos. Como los protagonistas de El Eternauta, vemos los efectos antes de comprender completamente quién está detrás de aquello que tenemos delante, con qué propósito y cuánto de nuestra propia voluntad estamos entregando en el proceso.
Desde esta mirada, el casting adquiere también un nivel simbólico, en cuanto no hay una obsesión por convertir a los personajes en rostros perfectos o cuerpos eternamente jóvenes. Son caras que tienen historia, cuerpos que parecen haber vivido, rostros en los que incluso los jóvenes conservan algo de desgaste. La serie entiende que, para hablar de supervivencia, necesita primero creer en los sobrevivientes: no sólo en los de su mundo fantástico, sino también en los del nuestro.
Aquellas contradicciones continúan incluso en el propio proceso de producción: plataformas como Netflix hacen posibles producciones locales, pertinentes y capaces de llevar discursos en contra del presente, pero lo hacen desde modelos en los que, nuevamente, lo virtual le gana terreno a lo real y tangible. Sin embargo El Eternauta, como adaptación, consigue expresar esa contradicción desde su forma hasta su construcción narrativa. Al tomar una obra con un enorme peso social para repensarnos en el ahora y recordarnos que no somos los primeros, ni seremos los últimos en atravesar las luchas, dilemas e incongruencias de nuestra época. Porque quizás, como Juan Salvo, la respuesta no esté solamente en el ahora, sino en todos los tiempos posibles. Porque nosotros también somos viajeros de la eternidad: también somos Eternautas.







