Cuidados
A través de muchas de las imágenes vistas en esta edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián se hilaba una línea temática transitando entre la enfermedad y la muerte, que abundaba en la cuestión de los cuidados, que tendía a profundizar en las relaciones paterno o maternofiliales, y que también en ocasiones hacía emerger la memoria como reducto protector ante el paso del tiempo y la ausencia. Sin ir más lejos y como su propio título pone de manifiesto, los cuidados eran la razón misma de ser de la ganadora de la Concha de Oro, Tender Loving Care, una sensible obra a cargo de Mike Leigh sobre la importancia de cuidar y ser cuidado, y que encuentra su requiebro argumental en la enfermedad del padre de una de las protagonistas. También está en el corazón de All of a Sudden, que Ryûsuke Hamaguchi orquesta alrededor de la actividad de un centro geriátrico mientras una de las protagonistas sufre la amenaza de un cáncer.
Hay otra enferma en Moscas, la última película de Fernando Eimbcke, pero apenas sí la vemos. El director mexicano deja de lado en esta ocasión el mundo adolescente para hablar de las relaciones entre padres e hijos, o de la carencia de las mismas. Una mujer solitaria con trazas de misantropía alquila un cuarto al esposo de esa enferma, ingresada en el hospital vecino, sin saber que en realidad también se lo está alquilando al hijo, todavía un niño. La ausencia del padre debido a la necesidad de trabajar convierte a la película en una aventura infantil en buena medida. Otra ausencia se pondrá de manifiesto más adelante, que podríamos relacionar con las moscas del título del film, abriendo el campo de juego para una nueva formulación maternofilial entre la propietaria y el crío, a la posibilidad de ejercer los cuidados que ello conllevaría. Mientras tanto, una máquina de Space Invaders hace las veces de elemento de rima, aglutinación, desahogo y, por qué no, fetichismo, dándole una pátina de relativa atemporalidad a las imágenes, reforzada por el uso de un austero blanco y negro. También es llamativo el recurso al plano detalle, tantas veces ocupándose de manos que intercambian dinero. Es una oposición entre materialismo y empatía que plantea de fondo el desarrollo argumental de esta obra de vocación pequeña, como es habitual en su director, y por la cual es difícil no sentir simpatía.
Abundando en las relaciones paternofiliales mediatizadas por la enfermedad, uno de los títulos más destacados de esta edición del festival era Seis meses en el edificio rosa con azul. Su director Bruno Santamaría Razo realiza un ejercicio de autoficción dramatizando un periodo muy concreto de su pasado, cuando su padre fue diagnosticado como portador de SIDA en una época donde esa enfermedad estaba todavía muy estigmatizada y muy asociada a las relaciones homosexuales. El tramo inicial nos muestra una fiesta que reúne a familia y amigos, donde todos deben ir tuneados en alguna medida y donde el padre ejerce de maestro de ceremonias. Su talante y su trabajo como ilustrador le convierten en una persona muy cercana, quizás un referente a ojos de su hijo. Por eso todo reverbera con mucha mayor fuerza en el chaval, personaje que presta su punto de vista al film y que es la versión adolescente del propio director lidiando con su todavía no confesada homosexualidad. Estamos por tanto ante un típico coming-of-age queer, pero que evita sonar a manido, que apuesta por la calidez, por la luminosidad y por la sensibilidad para retratar cómo se tambalea el universo familiar ante los impresionables ojos de su joven protagonista. Hay una dulzura permanente y nada empalagosa que alcanza incluso a los momentos más amargos de la historia, y la apuesta por enmarcar la narración con la aparición de los protagonistas reales le otorga una emotiva dimensión confesional.
Otro film que nos retrotraía a unos tiempos incluso peores de la enfermedad del SIDA era The Man I Love, donde Ira Sachs recupera en alguna medida las vibraciones de Passages poniendo en el centro de su relato a otro artista cuyo magnetismo en ocasiones funciona como un agujero negro respecto a aquellos que le rodean. Rami Malek, cuyo físico y gestualidad tan contundentes distrae un tanto la atención del personaje, hace las veces de un actor teatral seropositivo en el Nueva York de principios de los años ochenta. La historia se mueve entre sus intentos por regresar al escenario con un nuevo montaje, el triángulo amoroso que forma con su pareja y con un vecino que se siente fascinado por él, y las relaciones familiares que basculan entre el amor, la obligación y el sentimiento de ser juzgado. Como no puede ser de otra manera, se trata de un film donde las exaltaciones sólo maquillan temporalmente la frustración, la desolación de unos personajes heridos y de un tiempo cruel en el que algunos optaron por seguir bailando hasta que se les acabase la música. Sin embargo, la mayor empatía de Sachs va con la figura de la pareja del protagonista, que ejerce de cuidador, un enamorado que ya no espera nada a cambio de sus desvelos, pero quizás aquel más consciente del sentido de las relaciones humanas. Como obra de época que también es, el obsesivo mimo estético de A Day with Peter Hujar encuentra aquí matizada continuación, como el gusto de Sachs por los rostros, los cuerpos, la gestualidad, alcanzando un feliz equilibrio entre representación y emoción.
Enfermedad y memoria estaban vinculadas en Seis meses en el edificio rosa con azul y entiendo que también en The Man I Love, porque siendo ésta una pura ficción, escarba en la memoria de un universo reconocible del que Sachs se tiene que sentir cercano. La enfermedad y la muerte también abren la espita de la memoria de la franco-sueca Angelica Ruffier con La belle année, en este caso en modo documental y de forma más digresiva. El fallecimiento del padre y el subsiguiente vaciado de su casa lleva a la directora de esta obra formulada en primera persona a redescubrir y releer sus diarios de adolescente. En particular, recupera su registro del violento enamoramiento que sufrió con su profesora de historia en aquel bello año al que se refiere el título. Esta mirada tan seductora al pasado no deja de lado el presente de duelo, acentuado por la enfermedad del abuelo, y el juego de las líneas temáticas del film sólo pone aún más de manifiesto el hecho y el efecto del paso del tiempo. Juventud, madurez y vejez cristalizan a través de esta narración; pasado, presente y futuro, el devenir imparable e implacable de la vida, tan elocuente cuando finalmente veamos a la idealizada profesora, al objeto de aquel amor pasado, en tiempo presente.
Otra obra se inspiraba igualmente en elementos biográficos para adentrarse en los pliegues de la memoria. Me refiero a Lejos de los árboles de Meritxell Colell, que se vale de la compositora Angélica Castelló, de fragmentos de su historia personal y de la propia de la directora, para componer una obra que fluye en el espacio-tiempo sin dejar de resultar profundamente íntima. La protagonista se encuentra en el Perú en pleno proyecto de registro de sonidos y de expresiones artísticas en idiomas en riesgo de desaparición. Pero hay otro registro que va ganando en importancia, el de su memoria, que se va entrelazando con el presente en un gesto bergmaniano que tiene cariz sentimental y también formativo, en tanto en cuanto su profesión y aficiones son deudoras de su educación junto a sus abuelos en México. Y quizás esa dimensión pretérita llama a la puerta porque también está en riesgo de desaparición, dado el frágil estado de salud de la abuela, figura que en presente siempre está fuera de campo. Ella puede representar además un último vínculo con sus raíces, ya frágiles de por sí siendo nieta de un exiliado español y viviendo en presente en Viena. Cada vez más lejos de los árboles, por tanto. De hecho, es un film que habla en buena medida de las ausencias, que no necesariamente son forzosas. La compositora podría estar con su yaya pero le pide a una amiga de infancia, en realidad sirvienta, que sea ella la que se mantenga a su lado. Así, la cuestión de los cuidados se entrelaza aquí con las delicadas relaciones de clase e incluso coloniales, que dejan un tanto en evidencia a la protagonista. El mejor y quizás más cabal personaje del film es el conductor oriundo que la acompaña como asistente, y el devenir argumental sugiere con lucidez los problemas de la complicidad que ella pretende establecer. Lejos de ser una película redonda, resulta demasiado reiterativa y hay al menos una escena, la del sueño, directamente sonrojante. Pero también es una obra evocadora, que aprovecha las texturas de los 16mm para dar cuerpo a esa Arcadia pasada traicionada en alguna medida por las componendas de la madurez.









