La película de Nikias Chryssos combina deporte y terror de una forma decepcionante y chabacana: el terror se lleva únicamente al terreno de lo desagradable y lo grotesco, buscando provocar en un juego que claramente le viene tan grande como a un amante del pickleball cuando le metes en una pista de tenis, mientras que el deporte es tan poco creíble como pobremente tratado. La historia de la competitividad femenina en un falso entorno de sororidad nos la han contado antes mucho mejor Verhoeven, Winding Refn, Argento, Aronofsky… pero hablamos de pesos pesados y no queremos sonar tan exigentes ni pedirle peras al olmo, bastaría con un mínimo de coherencia para esta historia en la que seis jovencitas tardoadolescentes entran en una academia de tenis, supuestamente de élite, en medio del desierto, incomunicadas con el mundo exterior, bajo la tutela de una vieja gloria amargada, un entrenador que siempre está enfadado y un ayudante atolondrado. Ese es el único personal que las tendrá jugando (única y exclusivamente en tierra batida) un torneo donde se cargan a las que son eliminadas (aunque ellas crean que las mandan a su casa) y en el que se juegan una plaza para Wimbledon (que se juega en césped), porque hay quien piensa que cuando uno decide adherirse al fantástico la congruencia queda relegada a un quinto plano, por no decir a una quinta dimensión. Beben una especie de zumo rojo espeso que parece sangre, comen sanguijuelas y se fabrican raquetas con tripas de gato mientras se enrollan o se odian alternativamente. Los personajes no tienen aristas, son meras comparsas unidimensionales al servicio de una protagonista que parece una mosquita muerta hasta que se convierte en la más hijaputa del lugar sin ningún paso intermedio. Y digo al servicio porque al resto está prácticamente todo lo demás. Aún así la interpretación de Sandra Guldberg Kampp es probablemente lo más salvable de la película, aunque desde el momento en que el último partido se convierte en una extraña combinación entre Campeones y Bola de dragón el delirio ya no tiene vuelta atrás y el epílogo posterior no hace sino ahondar en la vergüenza ajena que provoca casi todo el ultimo tercio del metraje. Una pena porque el último plano me recuerda, y eso es bueno, a Pesadilla en Elm Street II y la canción de Traktak que suena consigue que los créditos me resulten más amenos que los ochenta y cinco minutos previos.







