Naza

Naza, de Yuval Abraham, Rachel Szor

Mirar sin ser visto… Además de ser la idea principal en este largometraje, responde a cómo la película se construye visualmente. Muy inteligentemente, los entrevistados son grabados en una penumbra artificial y distorsionada. Para no ser reconocidos, hasta su caligrafía se desenfoca. Ya desde el principio de NAZA (2026, Abraham y Szor) se menciona la peculiaridad del escenario, que es una azotea, lugar desde dónde puedes ver sin que te vean.

Veinticuatro militares del ejército israelí, o veinticuatro perfiles opacados por la sombra en los tejados de los edificios, hablan de su experiencia en el genocidio, de cómo para ellos era “como un videojuego”. No reconocer a nadie detrás de estas afirmaciones es, en última instancia, reconocerlos a todos. Ellos dan estas respuestas porque después de decirlas, después de cometer tales crímenes, son hombres sin rostro, no como sus víctimas con cara. Las declaraciones de los 24 son aterradoras, y lo es aún más la frialdad con la que palabras atroces sobre crímenes atroces son pronunciadas y asimiladas. La puesta en escena, sin presentarse elaborada, es capaz de aislar las palabras y aportarles aún más
densidad, resultando escalofriantes y desalentadoras.

Se plantea en la película, a partir de las declaraciones, la idea de actuar en la distancia como un eslabón y no como un mandatario, alegando que ellos no son quienes aprietan el gatillo sino quienes indican qué edificio bombardear desde su oficina. La distancia hace que la acción resulte menos agresiva y parece —erróneamente— librar de culpa, lo que conecta con la idea de mirar mientras que no te miran, que es fundamental en la historia del cine y de las imágenes. El voyeur o la cámara que manipula son formas estéticas que la película también adopta a la hora de filmar a los habitantes de Tel Aviv en sus casas, enlazando sus labores y exponiéndolos a ellos y sus rituales. Mientras que la forma fílmica explora la idea de mirar sin ser visto, el tema escala hasta proponerse como “matar sin ser visto”.

NAZA concluye con un vídeo corto filmado en Gaza donde el espectador ve la desesperación, la tragedia y el horror. Un vídeo que habríamos deslizado rápidamente de haberlo visto en cualquier red social para poder continuar con nuestra vida aquí es el epílogo. Obligadas a verlo tras escuchar las inasumibles declaraciones, concluye la película que, sin ninguna duda, es desesperanzadora, inteligente y terrorífica.

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