Phillip Philadelphia

Phillip Philadephia, de Adam C. Briggs

Uno se acerca a los festivales con una vocación expeditiva; apostando al por mayor, como un miserable don nadie que un día entra borracho y loco en el gran casino de la cinefilia con la intención de descubrir al sucesor espiritual de Orson Welles. Con los riesgos que comporta entregarse a este juego de ensayo y error, puedo corroborar que el año anterior, en este mismo certamen, di con una de estas excepciones (o, por lo menos, lo fue para mí).

En una de esas sesiones apartadas a las tantas de la noche, el director Adam C. Briggs, presentaba, apesadumbrado y en voz baja, la insólita, somnolienta e inconmensurable A Grand Mockery (2024). Este era un título que se acomodaba a la fritura radial y febril de la madrugada, en un retrato depresivo y desorientado sobre un tipo realmente jodido que deambula por las miserias de un mundo que parece dejarle de lado. La película empataba las soledades —la del protagonista y las de las almas en pena que pululábamos por el Escorxador— en un ejercicio profundamente sentido de maravillosa y dolorosa honestidad.

En esta ocasión, este lunático regresa con Phillip Philadelphia (2026), donde vuelve a abrazar la decadencia en una revisión (libre) de la Muerte en Venecia (1971) de Luchino Visconti. Localizada en un motel a orillas del mar, en un futuro cercano, el tipo que da nombre a la película (Geoffrey Vagg) es un guionista en horas bajas que pasa sus dias drogándose y manteniendo relaciones sexuales con un aspirante a actor más joven que él. En este devenir hastiado que parece inspirado por la música de Alex Cameron, el film convida al espectador —predispuesto a sus bajezas— a asistir y ser parte del delirio colectivo, presentando una serie de secuencias desprendidas donde poco o nada importa demasiado. Como un epílogo insosegable y alargado, la película vuelve a hacernos partícipes de estos perfiles abandonados a su suerte, a lo que eran antes y lo que son ahora. Phillip Philadelphia vuelve a ser una excepción y una rara avis total que, pese a no conmoverme igual que la anterior, suscribe el interés por un tipo (un tipejo más bien) con voz propia.

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