Durante su presentación en el Casino Prado, Sarah Arnold definió su primer largometraje como un proyecto muy querido que ha tardado ocho años en ver la luz, con un resultado que ella misma calificó de extraño. Es llamativo que la propia directora se expresara en esos términos en relación a su obra, aunque, a decir verdad, Too Many Beasts es precisamente eso: un extraño artefacto que aúna thriller y comedia, ambos manteniendo un complicado pulso donde el humor negro se inserta dentro una trama seria sin llegar a desbaratarla. Tratándose de una ópera prima, sorprende la habilidad con la que Arnold consigue introducir situaciones y personajes disparatados sin que ello menoscabe la intención última de denuncia social que persigue su historia. Con ecos de Misericordia (2024), de Alain Guiraudie, la acción se sitúa en Sérieux, un pueblo ficticio de la Francia rural donde un grupo de campesinos se encuentra en pie de guerra debido a la proliferación de jabalíes que está acabando con sus cosechas, la inacción de las autoridades y su aparente connivencia con los cazadores de la zona. El inicio de la película muestra una discusión entre vecinos, una situación que tendrá un desenlace extraordinariamente violento. La desaparición del granjero implicado en los hechos, unido a varias acciones vandálicas que tendrán lugar en los meses posteriores, derivarán en una investigación policial con objeto de esclarecer qué está ocurriendo en el pueblo. Debido a la falta de recursos de la comisaría local, un agente externo de origen corso, Fulda Orsini —interpretado por Alexis Manenti— será asignado al caso. Y aquí es donde empieza lo mejor de la película, porque el sujeto en cuestión, encargado de resolver el misterio, es un tipo sumido en una depresión, desbordado por sus emociones tras una ruptura sentimental y con una conducta tan errática y fuera de lugar que mantiene estupefactos a sus compañeros. Su contrapunto será la psicóloga Stéphane Danjir, a quien da vida Ella Rumpf, con una mentalidad más fría y cabal, que será asignada a la comisaría mediante fondos públicos para velar por la salud mental de los agentes. La desconfianza inicial de Orsini hacia la psicóloga acabará desapareciendo para dejar paso a una complicidad entre ellos pero también a una alianza estratégica que tendrá implicaciones en la investigación del caso. De hecho, el gran momento de la película correrá a cargo de ambos tras ingerir accidentalmente metanfetamina y lanzarse a la búsqueda del culpable, protagonizando un tercer acto de noche en el bosque, desenfrenado y divertidísimo. La resolución del misterio no será tan sorprendente como la interpretación de la pareja protagonista, pero, en su conjunto, es un film logrado que funciona también como una denuncia de la corrupción dentro de las instituciones. Presentada en la Quinzaine des Cinéastes (2026), el de Arnold supone un debut más que interesante.






