Flores para Antonio

Flores para Antonio, de Elena Molina e Isaki Lacuesta

Siempre existe un interrogante inaugural cuando una obra se presenta envuelta en tanto cuidado: ¿cómo empezar a escribir sobre aquello que derrama tanta ternura? Desde su primera proyección en San Sebastián, Flores para Antonio —dirigida y escrita por Elena Molina e Isaki Lacuesta— ha ido dejando tras de sí un rastro afectivo que se adhiere al cuerpo, un afecto indeleble de cariño que a mí me parece convocar al propio Antonio, como si regresara de nuevo para tocar las cuerdas de su guitarra y abriese un pasadizo para que Alba pueda reencontrarse con la voz de su infancia, esa que quedó atrapada en viejas cintas de VHS.

El documental se construye como un autorretrato concebido desde la búsqueda: Alba recuerda lo que no recuerda y ese recordar desde la ausencia reclama un acto consciente; por eso inicia un viaje que es, en el sentido más hondo, una pesquisa etimológica del verbo “recordar”, volver a pasar por el corazón. Lo que quedó anudado en la garganta cuando su padre se marchó necesita ser dicho. Así, entre archivos íntimos y no-recuerdos, emergen los dibujos impresos de flores que la niña de ocho años coloreaba para su padre cuando la vida de Antonio se agotó y, con ella, la tinta de la impresión.

¿Quién fue Antonio Flores?

Un poeta. Un rockero. Un músico legendario que heredó la misma combustión que ardía en la sangre de los Flores. Un pedazo de Lola Flores, un reflejo de su fuerza. Un hombre más de esa familia a contraluz. Fue, también, otro más mordido por la serpiente. Y, dentro de ese mapa de claroscuros, fue el hombre más feliz al sostener a su hija recién nacida, el que celebró ese parto como si en él se destilara la voluntad misma de la vida. ¿Quién fue, entonces? ¿Quién sigue siendo?

Molina y Lacuesta —fieles a su propio sello y a la sensibilidad que los define— hilan esta búsqueda con una textura gráfica y onírica que opera con una brillante sencillez. Las viñetas que aparecen suspendidas en el relato funcionan como vasos de agua repartidos con intención para que el espectador, desde su butaca, pueda refrescarse el paladar emocional y seguir mirando sin deshidratarse, seguir aguantándole la mirada a los dos cometas negros que Alba Flores tiene por ojos.

Devolverle a Antonio la complejidad que la vida pública a veces le escatimó. Devolverle a Antonio la posibilidad de enmendar errores. Devolverle a Antonio la imagen del hombre en cuyas manos la posesión ardía, de alguien que entendía el amor como desprendimiento, y que por eso no tendría reparo en regalar el collar que su hija le había hecho si alguien le agasajaba con un “qué bonito”. Esa, para mí, era su manera de estar en el mundo. Así es como el documental rescata al músico de la abstracción mítica y lo devuelve al terreno de los hombres. Al de aquellos que tuvieron que hacer la mili, parar su vida por ella; y, en su caso, su ferviente frenesí.

La catarsis llega como un suspiro que se cuela donde quiere, entre las costillas, y se acomoda en el pecho. El pecho de un hijo que perdió a su madre antes de tiempo, de una hija que vio irse a su padre por la misma ventana abierta. Llega como una flor que se abre entre silencios, historias que parecen nada, caras conocidas —Lolita, Rosario, Ana, Silvia, y hasta Sabina— hasta que, sin avisar, es flor. Flores. Para él, Antonio. Escuchar a los que lo quisieron, sus canciones, las preguntas que Alba nunca hizo. Todo esto sin perder el rigor, sin dejar de mirar la fragilidad con cuidado.

Flores para Antonio es un ejercicio de amor. Uno que mira hacia atrás para poder seguir adelante. Uno que duda, pero que, si pudiera, no dudaría. “No dudaría”. Como esa canción que he —hemos— escuchado crecer a la par que nuestro propio número de pie, esa que mi madre siempre pedía cantar, esa que Antonio escribió para su hermana. Nos queda un ruego. Que se queden siempre con nosotros los que buscan, los que prometen ver la alegría y escarmentar de la experiencia; que Alba sepa quién fue su padre, quién es; que nosotros lo sepamos también, que la raíz de la flor que Antonio siempre quiso en su jardín nos siga conectando con la tierra, con la vida, así como lo ha hecho este regalo de Alba Flores en 2025.

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