La misteriosa mirada del flamenco, de Diego Céspedes

¿No ves que estoy arrodillado ante tus ojos tristes? Yo sé que tienes un secreto que quieres contarme: en el ocaso me prefieres siempre a mí.

Gaucho de Alex Anwandter (2024)

Entre los posibles paisajes donde localizar, aproximarse y reformular el western como canalizador de nuevas sensibilidades y narrativas, aquel que vemos en La misteriosa mirada del flamenco (2025) es, en virtud de su perspectiva de género, uno de los más sugestivos de los últimos años. Sin embargo, reducir el riesgo de su propuesta a un ejercicio de mera (aunque pertinente) representación también sería un error, pues el corazón de la ópera prima de Diego Céspedes —premiada en Un certain regard durante el último Festival de Cannes— consigue evocar un feliz y demoledor coming-of-age que va más allá de lo pronosticable, donde la estima y el estigma marcan el porvenir de una comunidad queer situada en una población minera al norte de Chile de principios de los ochenta. En lo insólito de descubrir dicho marco de acción —situado durante la dictadura militar de Pinochet—, la apropiación de unos códigos presumibles elevan el film al conseguir subvertir los mismos; subsanando un trabajo de venganza estereotipado desde la visión colectiva de unos personajes profundamente sentidos y reveladores.

El conflicto central reside al atestiguar la intolerancia generalizada frente a lo desconocido, mostrando los prejuicios y suposiciones que hablan de algo llamado «la peste» —analogía, evidente, del VIH—. A pesar de serpentear el término —especialmente sujeto a la sospecha y preguntas de Lidia, la niña protagonista (Tamara Cortés)—, el hecho de no ser denominado así en ningún momento dignifica, de alguna forma, la intimidad de quienes lo padecen. En su manera de ser resignificado dentro de la ficción, este es entendido por los habitantes del pueblo como un tipo de maldición que puede ser transmitida por los ojos, y en su ocurrencia para mostrarlo y evidenciar la ignorancia al respecto, el director consigue concretar una idea mucho más precisa con la que señala el odio y el absurdo ante a la diferencia —haciendo que los pueblerinos se tapen los ojos—; algo que, como mencionaba al principio, resulta imperativo volver a condenar.

La mirada que destaca el propio título adquiere ese valor transversal que, como si se tratase de Medusa, contiene un poder sobrenatural y mitológico. Esto es percibido en una de las secuencias más arriesgadas y originales del film, cuando Lidia imagina cómo se produce la transmisión, en una ensoñación de carácter mítico y teatral, donde su figura materna, Flamenco (Matías Catalán), expulsa por los ojos una especie de esperma flotante que entra por la boca de su amante, como si fuese un tipo de abducción alienígena. En la potencia imaginativa de estas imágenes recae gran parte de la fuerza de la película, y es mediante la relectura de este exceso donde logra calar la emoción sincera de la estima latente que salvaguarda a sus personajes; en cómo se miran y se cuidan, sobre todo a lo que refiere a Lidia y Flamenco.

Otra de sus virtudes repercute en la disrupción de la normatividad dentro del esquema familiar tradicional, muy pocas veces representado de esta forma. Sin subrayados que caigan en lugares comunes o líneas narrativas que se lamenten en un drama más funcional o discursivo, el film de Céspedes opta por celebrar y mostrar la diversidad y la alegre transparencia de dichas comunidades, convirtiéndo su segunda mitad en un bellísimo ejercicio de conciliación y victoria. En esta parte, el peso primordial de la acción queda relegado sobre el desarrollo de Lidia, en un proceso de maduración vital donde profundiza en la pérdida y su consiguiente intervención. Es decir, ¿cómo una adolescente que ha sido consciente de la injusticia a su alrededor puede seguir con su vida?

Aparte del exceso de las imágenes antes mencionadas, la marca diferencial de la película reside en pensar en ellas mediante un cierto esoterismo que vira, por momentos, hacía un ejercicio más hondo y poético. Sin entrar en detalles que destripen la trama, hay algo contradictorio y brutal en la idea de lavar el cuerpo de un asesino; en desvincular la venganza presumible de su fantasía para sanar a quien antes atentó, de alguna manera, contra ti o contra quien quieres. En unos términos cercanos a los delirios psicomágicos de Alejandro Jodorowsky —tan cuestionables como alegóricamente estimulantes—, esta decisión repercute en la contundencia con la que quiere hacer llegar su discurso, que culmina en unos últimos minutos sumamente emotivos, con uno de los abrazos más dolorosos del cine reciente.

La misteriosa mirada del flamenco supone un relato arrebatador que conjuga una mezcla de géneros donde termina revelando un alegato a favor de la estima entendida como una fuerza mayor. Para ello, Diego Céspedes propone abrir nuevos caminos y buscar una nueva sinceridad, revirtiendo los modelos de narración instaurados en virtud del riesgo y la dignidad que compete su necesaria relectura. Este debut, con los matices y licencias pronosticables de cualquier comienzo, invita a celebrar un cine que vaticina, por lo menos, una voz con vocación de estilo, donde arremete con fuerza para devolver una mirada frontal a estos tiempos de intolerancia.

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