Si pudiera te daría una patada, de Mary Bronstein

Sí, la maternidad te puede volver loca

Podría haber elegido unos cuantos títulos más sesudos, presentables y probablemente mucho más analíticos para introducir este artículo. La experiencia maternal es tan diversa como la de cada una de las madres sobre la faz de la tierra. Sin embargo, considero que sí existe un fenómeno generalizado, lo que podríamos considerar casi un común denominador en una u otra etapa del proceso. Y es la saturación mental y física, acompañada de la culpa inclemente, que una mayoría de madres sobrelleva, en gran medida por la falta de igualdad de participación en la crianza.

En Si pudiera te daría una patada, la directora Mary Bronstein, a la que recordamos por Yeast (2008), ha optado por arrastrar hasta situaciones especialmente tensionadas la vivencia personal de su rutilante protagonista Rose Byrne. El rostro de la actriz australiana se queda tatuado en la mirada de la audiencia por la vía de la sobrecarga. La cámara de Bronstein lo enfoca permanentemente, hasta un nivel rayano en lo claustrofóbico. Observamos sus muecas de irritación, sus sonrisas nerviosas, su progresivo agotamiento, muy cerca de ella, observando cómo una mujer inteligente, madura, irónica, a la que no le faltan recursos ni entereza, se va desmoronando, víctima del estrés y las frustraciones. Desde luego, Byrne, premiada en la Berlinale y en los recientes Globos de oro, entrega una interpretación descomunal, impecable e implacable, que nunca desciende al sentimentalismo fácil o a la exageración caricaturesca.

En el primerísimo plano, del semblante de Byrne, por supuesto, las palabras que escuchamos pronunciar en una sesión de terapia a la que pronto sabremos que es su hija, ya nos sugieren ciertas premisas de partida, “Mamá es elástica. Papá es de otra manera. Mamá es como de plastilina”. La mujer en cuestión es Linda, una psicóloga que trata de lidiar con la extraña enfermedad de su única hija. La niña, cuya presencia en el film reside en el fuera de campo, y de la que tan solo aparecen su voz y sus pequeños pies en la escena de apertura —una contraposición absoluta y significativa con la sobreexposición de su progenitora—, se niega a comer y en consecuencia se debe alimentar con una sonda gástrica.

Su marido (Christian Slater, que solo dará al cara muy al final), el padre ausente, está muy lejos por trabajo, y la llama constantemente para importunarla con sus críticas sobre cómo no está haciendo lo suficiente para resolver la problemática situación —otra vez, por cierto, una voz sin presencia visual en pantalla—; su terapeuta, interpretado por un muy sorprendente Conan O’Brien, escucha con frialdad sus inquietudes sin ofrecerle apenas ayuda; la doctora que trata a su hija, en la piel de la propia Bronstein, la amenaza con oscuras consecuencias si no consigue que suba de peso rápidamente; además Linda atiende a una paciente especialmente complicada, precisamente una madre primeriza, Caroline (Danielle MacDonald), paralizada por el miedo a hacer daño a su bebé recién nacido, y que se erige en una suerte de doble fantasmagórica de la propia Linda. Caroline le relata sus constantes pesadillas, angustiantes presagios de una catástrofe indeterminada que cada vez parece más próxima. Y, para más inri, su vivienda sufre una repentina inundación, que culmina con la violenta caída del techo sobre el lecho matrimonial y un gran agujero negro.

Así, mientras un albañil más bien esquivo se ocupa de la reparación, Linda ha de mudarse con su hija a un motel de mala muerte. Allí se encontrará con el único personaje genuinamente empático con sus dificultades, uno de los vecinos, James, un excelente A$AP Rocky —un nuevo hito en la tradición de estrellas del rap que saltan con éxito a la gran pantalla—, aunque no deje de ser un chaval buscavidas en busca de la colaboración financiera de su nueva vecina para comprar drogas en la red profunda.

Desde el punto de vista del tono expositivo, el film se inscribe en un hiperrealismo cargado de tal intensidad que se vuelve alucinatorio, e incluso terrorífico por momentos, consiguiendo una meritoria distorsión en la percepción de su entorno por parte de la protagonista —y de la audiencia con ella—. Los montajes acelerados, la tensión narrativa in crescendo en la que los personajes se presentan a punto de quebrarse debido a unas circunstancias cada vez más tremebundas, una cierta dosis del humor más negro, y un persistente acompañamiento de música electrónica, acentúan el ritmo perturbador del relato —en este sentido, algunos críticos emparejan el film con el cine de los hermanos Safdie, en películas como
Good Time o Diamantes en bruto; de hecho, el marido de la directora, Ronald Bronstein, es un colaborador habitual de estos—. Tampoco podemos dejar de destacar la presencia en la producción de A24 o Neon, que tal vez en el futuro se estudien como representantes de una nueva ola de cine indie norteamericano destinada a la generación TikTok.

Por supuesto, todo este conjunto acumulativo y alterno de recursos es capaz de funcionar merced al sólido guion firmado por la propia Bronstein, así como al tratamiento de cámara y puesta en escena impecables impulsados por el director de fotografía Christopher Messina, que nos pega a la protagonista en todo momento, comprimiéndola en el espacio a través de la profundidad de campo y los encuadres claustrofóbicos para que sintamos a flor de piel su angustia.

En cualquier caso, la película de Bronstein es lo suficientemente personal, visceral e incómoda como para distinguirse de otras autorías cercanas y erigirse como una de las primeras buenas películas que se asoman a la cartelera de este incierto 2026.

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