Estambul (Journey into Fear, Orson Welles, 1942)

El león en invierno

Afrontemos la cuestión sin ambages: ¿es Estambul una película mediocre? Todo en esta vida es relativo, pero si tenemos en cuenta que su creador había firmado hasta la fecha dos «peliculitas» tituladas Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) y El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942) quizás podamos llegar a alguna conclusión errónea. Y es que las comparaciones son siempre odiosas.

Viendo como iba el ritmo de rodaje de El cuarto mandamiento la RKO no estaba muy contenta que digamos con su director estrella. Los excesivos costes de ésta —acompañada de su posterior mutilación traumática— conducirían a Welles a tener que satisfacer una maquiavélica «cadena de favores» donde su talento no haría más que agostarse, en espera de algún proyecto que estuviese realmente a la altura de sus ambiciones —incluyo tanto la película que nos ocupa como la posterior El extraño (The Stranger, 1946)—. Pero ese no es el tema de estas líneas.

Orson lo quería todo y lo quería ya. Tras haber tocado el cielo, irrumpiendo como un elefante en una cacharrería con su citizen Hearst, su voracidad no conocería límites (y la gula, después de todo, no deja de ser un pecado capital). Si a eso le sumamos que renunciaba a regañadientes a su actividad teatral y que continuaba emitiendo cada domingo su programa radiofónico, el resultado había de ser… tener que delegar en otros. Adquiriendo guiones por doquier, rebosante de ideas, con la inequívoca soberbia de los genios, mandaba a sus hombres a localizar exteriores de películas que jamás llegarían a realizarse (y la RKO seguía mirando de reojo).

En esta misma línea, cuando le encargan Estambul (que no era mas que un policíaco de esa mal llamada serie B a la que Welles sería adicto) no le queda más remedio que echar mano de Norman Foster (no, no confundir con el arquitecto británico felizmente casado con la doctora Ochoa), que a su vez… ¡ya estaba dirigiendo otra película por expreso deseo de Él!

Total, que aquí tenemos al bueno de Welles dirigiendo por las mañanas El cuarto mandamiento e interpretando por las noches su coronel turco de opereta en Estambul. ¿Quién dijo miedo?

¿Hasta qué punto es atribuible Estambul a Orson Welles? —Recuérdese que la misma sombra de duda se cernió durante mucho tiempo sobre el soberbio Carol Reed de El tercer hombre (The Third Man, 1949)—. Habla el propio interesado: «durante las cinco primeras secuencias estaba en el plató, decidía los ángulos de las tomas. Luego indicaba dónde se había de colocar el encuadre, hacía una prueba de luz y decidía que en tal frase del diálogo la cámara estaría en tal lugar, etc. De alguna forma, pues, he «diseñado» el film, pero propiamente hablando no lo he dirigido.» (Orson Welles a André Bazin, Charles Bitsch y Jean Domarchi, Cahiers du Cinéma nº 87, París, 1958.).

Pero Welles era un gran farsante, no lo olvidemos. A caballo pasado, es más que factible que prefiriese desligarse de los resultados artísticos de Estambul, una película tan neutra y escasamente radical, comparada con el grueso de su magna obra.

En Estambul se oficia una vez más la ceremonia de los disimulos, como ese personaje (¿perverso?, ¿sanguinario?, ¿calculador?) al que da vida Welles. Un guión escrito mano a mano con… ¡¿Joseph Cotten?! Claro, claro. Más bromas privadas. ¿Quién es quién en este rompecabezas? Welles parece reírse nuevamente de todos nosotros, cómodamente parapetado tras su mesa de montador, esperando que alguien grite… ¡¡fake!!

Una intriga bastante convencional con espías nazis de por medio (sí, ese era coto privado de caza de Hitchcock) y un magnífico clímax en la cornisa de un hotel bajo una persistente lluvia —la fotografía corría a cargo de Karl Struss, que 15 años antes había ilustrado el portentoso Amanecer (Sunrise, 1927) de Murnau— permite a Welles volver a interpretar su personaje favorito… Welles. Ambigüedad moral, socarronería, distancia. ¿Verdad o mentira?

Ni que decir tiene que el montaje original fue alterado, vuelto a reconstruir y… en fin, permitiendo que el por aquel entonces no tan orondo director cogiese el testigo de otros marginados con pedigrí como Stroheim.

¿Después? Lo que viene después es historia, así que tiene menos interés. Un tal Nelson Rockefeller —coordinador de Asuntos Interamericanos, por aquel entonces— le encomendó conducir una expedición cinematográfica a América del Sur con el propósito de contrarrestar la influencia nazi en la zona.(Pasaje extraído de Orson Welles: el espectáculo sin límites de Esteve Riambau. [Capítulo 6: el esplendor y el ocaso] Colección: «Dirigido por…»)

Total, que Welles —para quien el proyecto más interesante era siempre el último que le propusiesen— se embarcó en su nueva aventura, dejando para otros la sencilla labor de montar (¿destrozar?) su Cuarto mandamiento y Estambul.

Desde luego que Estambul no pasará a la posteridad. Pero recordemos lo que opinaba Orson Welles sobre el tributo que le debemos a lo venidero: «no pienso en que alguien se acuerde de mí algún día, encuentro tan vulgar trabajar para la posteridad como trabajar por dinero».(José María Caparrós Lera, «100 grandes directores de cine». Alianza editorial.)

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