Allá por 1946 y a pesar de haber rodado ya films hoy en día indiscutibles como Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) o El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942), Orson Welles era menospreciado en Hollywood. Entonces, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, le encargaron El extraño, que aprovechaba el tema como telón de fondo, y Welles aceptó. Quería demostrar que si hacía falta era capaz de adaptarse al mundo de Hollywood ciñéndose a un presupuesto y un límite de tiempo. Además le habían prometido un contrato por cuatro películas con la International Pictures si la cosa marchaba bien. La película se rodó en poco más de un mes, una semana antes de lo que le habían impuesto, y tuvo un buen funcionamiento en taquilla, pero ese contrato no llegó a firmarse.
El extraño (extranjero) del que habla el título es Franz Kindler (el propio Welles), uno de los mayores criminales de guerra nazis que tras la guerra se ha trasladado a Harper, un tranquilo pueblo estadounidense, viviendo ahora seguro bajo una falsa identidad: Charles Rankin, profesor, que además está a punto de casarse con Mary, la hija del juez, interpretada por Loretta Young. El siempre genial Edward G.Robinson es Wilson, un agente de la Comisión Aliada contra Crímenes de Guerra que decide dejar escapar a Konrad Meinike, condenado por la comisión, con la esperanza de que les conduzca hasta Kindler, un bocado mucho más apetitoso. Welles había pensado en Agnes Moorehead, su actriz fetiche, para el papel de Wilson, pero le fue impuesto Edward G. Robinson, que tampoco era moco de pavo, pero era un indicativo más de lo que Welles ya sabía: estaba realizando una película por encargo y de momento no iba a poder hacer la película que quería ni como quería. Según el propio Welles no había nada suyo en esa mala película, y sin lugar a dudas la consideraba su peor film. Incluso se desentendió del guión, que aunque en los créditos aparece a cargo de Victor Trivas, finalmente se encargó de él John Houston, por lo menos según Welles.
Por esta misma razón, toda la película está rodada con una sobriedad completamente inusual en el director, nada de planos oblicuos ni extraños ángulos de cámara, lo más discreto posible, y ni siquiera se encargó del montaje. En definitiva, nada que denotase un estilo. También tuvo que ver como le recortaban veinte minutos rodados en Sudamérica, que el consideraba como lo mejor de la película. Pero así y todo, también podemos encontrar cosas muy buenas en El extraño, y es que debe ser muy difícil esconder la genialidad. Empezando por la magnífica fotografía de Russell Metty, que empleando al máximo las sombras, cubre enigmáticamente el rostro de Rankin en muchas ocasiones, remarcando el hecho de que oculta algo; creo que junto con el enorme e inolvidable Hank Quinlan de Sed de mal (Touch of Evil, 1958), ésta es una de las mejores contribuciones de Orson Welles como actor. Desprendiendo el encanto necesario para con sus convecinos, que nada sospechan, y lo que es más importante, su ya esposa Mary, que completamente enamorada de él (la ceguera del amor), ignora que convive con un asesino de masas, y lo que es peor, convencido de que el nazismo resurgirá, tras una nueva guerra aún por venir. Y por este otro lado la interpretación de Welles es aún mejor, consigue parecer realmente malvado; esto ya lo podemos comprobar desde el principio del film, en su encuentro con el cebo, Meinike, reconvertido al catolicismo, que le trata de convencer para que se enderece, y acaba estrangulado en medio del bosque, bajo la cruel mirada de Rankin.
Una escena ésta, con cierto suspense, pues sus alumnos jugaban cerca de la escena del crimen y tanto el espectador como Rankin estaban al tanto del detalle. El suspense, otro elemento importante en algunas películas de Welles, es quizá en El extraño donde se hace más patente, no ya tanto por la escena mencionada o alguna más como en la que saca a pasear al perro y a punto está éste de desenterrar el cadáver, como por la incertidumbre sobre el cómo y el cuándo Mary se dará cuenta de la verdad y cómo actuará en consecuencia. Y aquí es donde la película se adentra en el drama, con la lucha de Mary tratando de convencerse de que no es posible, y poco a poco, dándose cuenta de que se equivoca. Excelente la escena en la que Wilson le hace un breve interrogatorio y en definitiva le pone al corriente de la verdad, aunque en ese momento ella aún lo niegue. Después, con la sangre fría que le caracteriza, Wilson le expone al juez, padre de Mary, que su hija servirá como cebo.
El mayor defecto que puede tener El extraño son quizá algunas cosas poco creíbles en el controvertido guión; por ejemplo, cuando Meinike golpea a Wilson en el gimnasio, se va creyéndole muerto, pero sin comprobarlo realmente. O cuando al final, Rankin/Kindler se ve descubierto, en lugar de tratar de huir, se encierra en la torre del reloj, y lo que es peor, los perseguidores dicen algo como «vayamos a la torre del reloj. Seguro que estará allí».
Esta torre del reloj, un escenario muy importante en la historia, fue construida especialmente para el film. Con sus 35 metros de altura y unas figuras que dan vueltas alrededor de la esfera es un escenario más que apropiado para el tiroteo final, aunque la forma de llegar allí, como ya digo, sea muy traída por los pelos. Más tarde, en películas que Welles sí consideraba como suyas, como La dama de Shangai (The Lady from Shanghai, 1948) o Sed de mal, consiguió unos finales igualmente espectaculares, y por otra parte mucho más logrados.
¿Una obra menor? Sin duda, pero tampoco una mala película como apuntaba su director.








