Si un día se tuviera que elaborar un catálogo del cine con mayor sensibilidad, El cuarto mandamiento debería ocupar un buen lugar junto a las películas de Jean Vigo.
François Truffaut
El marco en el que se gesta el segundo film de Welles es extraño, de la libertad mas ab-so-lu-ta que se le dio para realizar Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), la RKO, tras el fracaso que supuso el pase previo a la crítica amputó cuarenta y tres minutos a la cinta… otra obra maestra mutilada que pasa a formar parte de la desgraciadamente amplia colección.
Recogiendo la idea defendida por Truffaut desde los Cahiers du Cinema, El cuarto mandamiento podría verse como una prolongación del personaje de Charles Foster Kane. Si en el primer film de Welles la elipsis nos hacia ver a Kane de pequeño, para pasar a una edad adulta, el joven Amberson de El cuarto mandamiento se situaría en la etapa que nunca vimos de Kane. Pero más allá de las coincidencias digamos, temporales, es en la naturaleza de ambos personajes donde las similitudes se hacen evidentes, sobre todo en el amor que profesa cada uno a su madre, que en el caso de los Amberson, roza el complejo de Edipo.
El cuarto mandamiento es una película de dos partes, con contrastes muy significativos que vienen marcados por puros elementos cinematográficos. En una primera, donde la narración es vital y alegre, se nos introduce con una voz en off (un imponente Orson Welles) que le da un toque de cuento a la película y me recordaba directamente a la posterior El hombre tranquilo (The Quiet Man, 1950. John Ford) porque es inevitable, mientras se (ad)mira cualquiera de los dos films, esbozar una continua sonrisa debido a ese estado de absoluta felicidad que transmiten. Es quizás aquí donde se hace mas latente la sensibilidad de la que hablaba el maestro francés.
Es en esta primera parte, donde Welles opta por una puesta en escena con planos rápidos en su cadencia de montaje (de ahí la vitalidad y el ritmo «alegre», a la par con el sentimiento de sus personajes), donde encontramos la magistral secuencia de la fiesta, posiblemente la mejor rodada junto a la de Hitchcock en Encadenados (Notorious, 1945) y la boda del primer padrino de Coppola, con unos movimientos de cámara fluidísimos, y un sentido del espacio cinematográfico ejemplar en el que los personajes, tanto los secundarios como los protagonistas entran y salen de cuadro muy cerca de la cámara sin que apenas percibamos la brusquedad que implica este tipo de acciones.
En toda esta primera parte, a nivel argumental El cuarto mandamiento es un film sobre el reencuentro. La fiesta anteriormente comentada, ejerce como punto de unión entre todos los protagonistas del film. Una unión que supone encontrarse con los amores del pasado (Isabel y Eugene, George y Lucy) y hace que nos encontremos ante un guión que tiene dos tramas «principales» y paralelas entre ellas que se empiezan a plantear y desarrollar en la fiesta.
Pero todo este mundo casi idílico, se ve roto cuando estalla el verdadero conflicto del film, la lucha que mantienen Eugene y George por Isabel. De ahí el complejo de Edípo del que hablaba Truffaut. Esta segunda parte, se inicia mediante un fundido a negro con iris (me atrevería a decir, sin tener la certeza absoluta, que es el único de la filmografía de Welles) sobre todos los personajes que se verán involucrados en el fin de la magnificencia de los Amberson. De este modo, la truca del montaje se convierte en una herramienta dramática y sirve de preludio al siguiente plano, música realmente triste y con la sombra de Joseph Cotten sobre la puerta de los Amberson.
La puesta en escena es totalmente opuesta a la del inicio del film, apenas hay movimientos de cámara y Welles desarrolla las secuencias desde las multiescalas, los personajes opuestos siempre aparecen en el encuadre con escalas diferentes (por ejemplo el primer plano de Holt y el gran plano general de Cotten), y en contraste con la secuencia de la fiesta, encontramos el ya mítico plano secuencia estático que se desarrolla en la cocina en una desalentadora y tristísima penumbra…la decadencia de los Amberson se hace latente en cada uno de los encuadres.
A esa tristeza trasmitida desde la dirección, se le une la maravillosa fotografía de Stanley Cortez, que no entra en la lista hawksiana de superoperadores, pero que realiza un trabajo magnifico (su mejor trabajo junto con los que hizo para Laughton y Fuller) sabiendo transmitir luminicamente los dos grandes momentos del film.
Y los films grandes acaban de un modo grande. A pesar de que los minutos finales tienen varios «anti-clímax» o mejor dicho, secuencias «sueltas» que supongo que están debido a la amputación del film y traban la narración, El cuarto mandamiento tiene unos créditos finales muy originales (únicos diría), y más cuando desde la oscuridad que reina en el visionado, se oye «yo la escribí y la dirigí, mi nombre es Orson Welles»…simplemente, se hunde el campo.








