Sorry, Baby, de Eva Victor

Tropecé hace meses con una escena donde una mujer come un bocadillo, sentada en el suelo, junto a alguien que se intuye como un desconocido. Uno de esos extraños que a veces se cruzan en tu camino y que, por ser las apuestas bajas y la presencia transitoria, pueden ofrecer un lugar seguro.

Ella admite que le pasó algo “bastante malo”, cuya gravedad reconoce en la mirada de los demás cuando lo cuenta. Confiesa también la culpa paralizante que siente cuando deja de pensar en ello. La obligación de mantener el recuerdo vivo como una forma de validar su propia experiencia. El desconcierto de no sufrir como se debería, de no estar devastada todo el rato.

Me impactó la honestidad del relato, la validación de alguien que no se asusta al escucharlo, la distorsión del tiempo en los procesos de curación, los mecanismos de supervivencia que el cuerpo encuentra: “¿Te encuentras segura ahora en tu casa? Sí, tengo un gato”. Esperé el estreno convencida de que ese fragmento habría tocado a más gente.

Mi sorpresa fue que la película solo se proyectaba en los Cines Maldà en Barcelona. Sorpresa también con la que me miraron cuando pregunté en la puerta una hora antes si se esperaba mucha cola. No había más de veinte personas en la sala.

Sorry, Baby sigue a Agnes, estudiante de posgrado y profesora de literatura, en el antes y el después de una agresión sexual cometida por su director de tesis. Es una película íntima, escrita, dirigida y protagonizada por Eva Victor. No es anecdótico, Eva ha explicado que la escritura fue una forma de procesar su propia experiencia. Esa posibilidad que nos da el arte de hablar desde lo vivido sin tener que entregarlo entero, protegidas por la distancia de la ficción.

La agresión no se muestra. Ocurre de puertas adentro, como suele pasar en la vida real, y solo accedemos a ella a través del cuerpo y la palabra de Agnes. La historia avanza a saltos, como si estuviéramos dentro de su cabeza intentando ordenar algo que no termina de asentarse. Hay momentos en los que el tiempo se mueve de forma errática, a veces lento, a veces rápido.

Aparece como presagio Al faro de Virginia Woolf. Es el profesor quien le ofrece a Agnes una primera edición de la novela. El libro se ambienta en un lugar donde la vida se transforma mientras la percepción permanece detenida. Un espejo de lo que le ocurre a la protagonista. El tiempo del trauma rara vez coincide con el cronológico.

La corporalidad y los movimientos del personaje me fascinaron desde el primer momento. Sé que es uno de esos seres, que si tuviera cerca me pasaría horas mirando embelesada. La altura aparece mencionada varias veces.

Agnes es alta, visible, esa “huella” amplia, casi animal, ocupa espacio y sin embargo, ella parece intentar reducirlo constantemente, como si estuviera siempre calibrando cuánto invade. Agnes es queer, no tengo duda de eso. El look, la manera de estar, el uso puntual de los pronombres la sitúan fuera del binarismo convencional. Adoro que la película permite esa ambigüedad sin subrayarla. La indefinición atraviesa también la relación con su vecino Gavin, interpretado por Lucas Hedges. Un vínculo extraño que no encaja dentro de una narrativa romántica clásica, pero donde hay química y se comparte torpeza.

La excentricidad, la incomodidad inexpresiva parecen formar parte de la identidad de Agnes, pero vemos un cambio en su expresión corporal. Antes de la agresión su forma de moverse es ligeramente desacompasada, fuera de eje. Después aparece otra cosa, el cuerpo avanza, pero totalmente desconectado, como si su mente hubiera dejado de estar presente. Y un detalle mínimo me llamó la atención, alguien que comenta que lleva los cordones desatados. El cuerpo sabe lo que ha pasado, pero el mundo continúa y el único rastro visible es ese desajuste casi imperceptible, un cordón desatado, un vestido puesto del revés.

Ver la reacción del agresor también resulta inquietante. La evitación. La vergüenza. Sabes que él sabe y esa conciencia compartida deja entre ambos un espacio irrespirable. Pero lo que aún es peor: si hay conciencia, hay elección. Y esa confirmación hace el daño más nítido porque ya no puedes pensar que fue un malentendido.

Algo muy incómodo activó la película en mí. Entendía cada emoción de Agnes, pero en algún lugar del fondo de mi cabeza surgía una voz: “quizás estás exagerando. Esto nos ha pasado a todas”. Y esa frase me dolió, no porque le quite peso al daño, sino porque revela hasta qué punto hemos normalizado ciertas experiencias para seguir funcionando. Si nos ha pasado a todas, el problema es estructural, pero la supervivencia cotidiana nos empuja a reducirlo, a archivarlo como algo que simplemente ocurre, como si el cuerpo no llevara la cuenta.

Sarah Ahmed ha escrito sobre esos momentos en que el marco se quiebra, cuando algo que parecía tolerable deja de serlo porque cambia la forma en que lo entendemos. Sorry, Baby quizá hace eso, reconoce una experiencia que muchas sabemos y que no siempre nos atrevemos a mirar de frente. No la convierte en excepcional ni espectáculo, pero tampoco la minimiza.

También aparece la respuesta institucional. El médico que aplica protocolos con distancia mecánica. La universidad que calcula riesgos antes que responsabilidades. No hay maldad explícita, hay personas cumpliendo su función por encima de cualquier otra cosa. Lo que percibimos es una maquinaria que continúa, mientras Agnes intenta entender qué hacer con lo que le ha ocurrido.

Y sin embargo, la historia no se queda en la tragedia. El humor atraviesa muchas escenas y “golpea hacia arriba”, ridiculiza la frialdad institucional, permite respirar, sin trivializar lo que está en juego. Esto no sería posible sin Lydie (Naomi Ackie), amiga y compañera de piso de Agnes. La relación entre ambas es una de las formas de amor más sólidas que he visto en el cine reciente. Escucha sin drama, apoyo sin condiciones, presencia sostenida incluso cuando su vida avanza mientras que la de Agnes parece congelada. Lydie cambia por completo el tono de la película, la convierte en algo que, pese a todo, resulta reconfortante.

Hacia el final, el faro vuelve a aparecer, como eco de aquella referencia a Woolf que había quedado suspendida. Sirve de recordatorio de que el tiempo, de alguna forma, se reordena. Como en la novela, lo ocurrido no desaparece, pero sí puede cambiar la posición desde la que lo miramos. Situarnos frente a ello sin quedarnos inmovilizadas.

Quizá el movimiento aquí no tenga que ver con llegar a ningún lugar, sino con quedarse. Con sostener a otros del mismo modo en que una fue sostenida. Agnes parece avanzar apenas un centímetro, pero ese centímetro es real y suficiente para abrir una fisura hacia el futuro. Al salir del Maldà entendí que la película no va de reparación del daño ni justicia ejemplar, pero nos da algo más difícil: la posibilidad de seguir estando, para una misma y para los otros.

Recibe nuestra newsletter

Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.