Comunidad
Llegando a Barcelona desde el Norte, o tratando de huir de ella, el conductor atraviesa un paso entre montes dónde se ve envuelto por un sinfín de carreteras, desvíos, puentes y túneles, scalextric, rutas alternativas y vías de ferrocarril. A un lado, una aislada ciudad dormitorio. En el fondo del valle, resistiendo tráfico y construcciones viarias, y subiendo hacia la loma opuesta, se sitúa un barrio que es mayormente ignorado por los viajeros y olvidado por el resto de ciudadanos de la gran urbe. Jose Luís Guerín se ha sumergido en esta remota ciudadela durante más de dos años para recoger, para retratar, la esencia de su singular comunidad.
Vallbona era una zona agrícola que prosperó durante siglos gracias a un acuífero propio, en la proximidad del rio Besos hasta que se planteó su urbanización a primeros del siglo XX, con la intención de favorecer un asentamiento familiar. El proyecto, truncado por la guerra civil, se mutó con la llegada espontánea de emigrantes del sur en los años cincuenta que empezaron a instalar barracas y construir casitas con esfuerzo individual y colectivo. A semejanza de tantos barrios nacidos de la emigración y la precariedad, Vallbona fue estabilizándose en torno a un grupo humano que reivindicó sus derechos (agua, luz, primero; accesos y transportes, más adelante) del mismo modo que tantos otros y, muy especialmente, del próximo barrio de Torre Baró, como se retratara en El 47 (Marcel Barrena, 2024). A medida que transcurrían las décadas, la comunidad ha ido perviviendo, con la integración de nuevos emigrantes de más allá de las fronteras.
A diferencia de Barrena, Guerín no se plantea una reconstrucción del pasado, sino que lo capta mediante las declaraciones de algunos supervivientes y lo enfrenta a una realidad en la que éstos conviven con recién llegados de otras áreas, de otros países. De este modo, escucha y retrata a ancianos que llegaron en los inicios del barrio y que representan la memoria de un tiempo pasado, con Antonio el Carbonero a la cabeza, y los contrapone a las cuitas de la actualidad (el temor a que las vías arrasen los pequeños huertos, la necesidad de integración social, la dificultad para alcanzar la escuela, situada al otro lado de la autopista…), contadas mayormente por jóvenes o familias emigrantes de media edad. Significativamente, se establece un distanciamiento entre la melancolía que los diversos personajes parecen expresar y sus relatos. Todos ellos añoran más su juventud, sus amores y las ilusiones de antaño (realizadas o perdidas) pero cuentan historias de pobreza y lucha. A diferencia de la glosa que Barrena hiciera de un grupo social, Guerín se interesa más por la antropología de este grupo y por su evolución a caballo de dos siglos. Hay en esa suerte de comité de desayunos de cuchillo y tenedor que interviene diversas ocasiones, como un interludio a la vez lúdico e ilustrativo, unos perspicaces cronistas de la evolución, no sólo de Vallbona, sinó de toda Barcelona, de su crecimiento, de la riqueza aportada, con el sudor de sus frentes, por los cientos de miles de inmigrantes de allá y de más allá y, finalmente, de una amenazante gentrificación llegada de la mano de un urbanismo especulativo. Mezclados con ellos, tenemos los comentarios de familias marginales y marginadas, los gitanos que cantan y ríen, durante permisos carcelarios; la pareja anciana que se ama y se discute, luchando con un cerebro en fuga; la madre e hija africanas que reconocen en el Rec, el canal que cruza la barriada, la reverberación del recuerdo de su poblado natal; los latinos que insertan su música y sus bailes; la familia india que cultiva hierbas aromáticas; la viuda gallega que, aun tambaleándose con su muleta, arranca un árbol del espacio que será invadido por el tren y lo carga cuesta arriba para replantarlo en su jardín, en lo alto de la loma…
Ciertamente Historias del buen valle tiene mucho de En construcción (José Luis Guerín, 2001), siendo un brillante apéndice a aquella, observando la persistencia de esta zona urbana integrada en la naturaleza, más allá de la caída del Raval en manos de la especulación. Sin embargo, hay cierta variación tonal. Si allí se referenciaba a Howard Hawks y a sus equipos profesionales, ahora el referente son John Ford y sus comunidades de pioneros. Son los desheredados de aquí y allá, del siglo XX o del siglo XXI, que no sólo recalan esta peculiar Arcadia, sino que la crean con sus propias manos. Tan significante como emotiva es la secuencia del funeral dónde la comunidad, ancianos y jóvenes, honran a uno de los fundadores cantando Red River Valley, la canción que culminaba, dolorosamente, Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, John Ford, 1940), aquella epopeya de pobres emigrantes en el corazón de los Estados Unidos.
Se podría argumentar también que esta última propuesta de Guerín nos acerca a Innisfree (José Luis Guerín, 1990) o, tal vez, más al lugar mítico que a la propia película que él realizara sobre el espacio dónde se rodara El hombre tranquilo (The Quiet Man, John Ford, 1952) y sobre cómo la comunidad real descubría un pasado de leyenda. Vallbona, en los reflejos del arroyo, en los árboles difuminados en la bruma, en la imprecisión geográfica de una puesta en escena que evita que veamos el conjunto, huye de la fisicidad real para acercarnos a una fisicidad mitológica. Vallbona es tanto el espacio geográfico como su comunidad y, sin ésta, Vallbona dejará de existir. Y, tal vez, Guerín va más allá de Ford, de El hombre tranquilo y de la irlandesa Innisfree para adentrarse en el misterio escocés de Brigadoon, un lugar mágico, un refugio, que sólo algunos afortunados pueden contemplar.








