El viejo ritual

Antes que nada, un aviso para navegantes: esta columna no es del todo apta para personas nacidas más allá de 1996, y estoy siendo generoso. Hoy me voy a poner viejuno y melancólico, nostálgico de tiempos pretéritos y romantizador de ayeres que no volverán. Pero tranquis, porque sigo hablando de cómo vemos las pelis o, en este caso, de cómo veíamos las pelis.

El orden de los hechos no era baladí, porque el ritual comenzaba posiblemente en tu cabeza, y posiblemente lo hiciera un jueves, 24 horas antes de comenzar el protocolo. Aquí las costumbres variarán un poco porque algunos tiraban del pantalón del padre, otras de la mano de su pareja y otros tantos de sus propias ansias, voluntad y deseo. Por el camino ya se iba barruntando la jugada, se deslizaban títulos, géneros, descripciones un tanto perdidas. Se alegaba a la recomendación que te había hecho fulanito o a las ganas que tenías de hablarlo con sutanita. Y esa parte ya era proceso, ya era ritual, ya era tradición. Aunque el camino no solía ser muy largo, porque por suerte tu destino estaba en tu barrio y probablemente lo lideraba una persona a la que conocías muy bien. Ya está, ya hemos llegado. Al otro lado de la acera se ve en grande VIDEOCLUB [aquí es cuando tú lo acompañas con el sobrenombre que tuviera el tuyo: Video Club Avenida, Video Club Toti —muy de barrio—, Video Club MundoVideo y un largo etcétera según zonas y costumbres]. Era viernes y siempre pensaba que llegaba un poco más tarde de lo que debería porque mi forma agorera de ver las cosas se ponía en lo peor y alguien se habría adelantado y ya yo no podría alquilar Terminator 2, Dos tontos muy tontos o Cariño he encogido a los niños [esta parte es bonita en el relato porque tú estarás poniendo las pelis que tú querías y eso te pone también en una época concreta de tu vida, te pone en una ciudad, en una calle o incluso con una compañía distinta]. Pero no, porque Sevi —ese era mi videoclusero— siempre tenía más de una copia de los estrenos y, además, yo no había llegado tan tarde como esperaba. Si pillabas dos tenías descuento, así que se pillaban dos pelis, sin discusión, pero cada una de un género, pa tener variedad. Si una era de ‘gracia’, la otra podría ser de ‘peleas’ de ‘vaqueros’ de ‘amoríos’…otra vez según gustos y compañía. Es verdad que siempre no teníamos clara la elección y, al menos quien suscribe, se pasaba buenos ratos paseando entre carátulas, leyendo sinopsis y poniendo el oído en el resto de conversaciones que pululaban en la sala, entre parejas, familias y cinéfilos solitarios o en grupo. Cuando la bombilla no se te encendía o tus amigos del instituto, colegio, futbito, clases particulares, baile, inglés, facultad o lo que sea no te habían dado el norte adecuado, ibas al oráculo. Y mi oráculo era “Er Sevi”, que ya antes he mencionado, pero ahora le añado el artículo dialectalizado para que sepáis más o menos de dónde ubicamos la acción. Pues ‘Er Sevi’ se las sabías toas [aunque con el tiempo y los años, pienso que lo que sabía era vender el tío, era imposible que se hubiera visto cada película que le preguntabas] Respondía preguntas de todo tipo.

Cliente: ¿Has visto esta? Sevi: Sí, está muy bien. Llévatela. Cliente: Sevi, estoy buscando una de un tío al que se le olvidan las cosas. Sevi: Memento. En aquella estantería. Es buenísima, llévatela.

Esto es solo un ejemplo porque tenía respuesta para todo y, a decir verdad, cuando tú ibas y no había gente alquilando, él estaba viendo pelis todo el tiempo. Algo controlaría el chaval. (Ahora que lo pienso, no sé si quiero que Sevi lea esto. ¿Se lo tomará bien o se lo tomará mal?).

El ritual continuaba en el camino de vuelta, donde había varias opciones. Podías pasar por alguna tienda de chucherías y cargarte de azúcar para la sesión de cine en casa, o podías pasar por una buena cena gocha, de pizza o de hamburguesas, para el mismo fin. Incluso podías hacer las dos cosas pero sobre todo lo importante era decidir cuál de las dos pelis se vería esa misma noche en casa. La de pelea o la de amoríos.

Quizá porque yo nunca fui un solitario y quizá porque sigo sin serlo, lo que más añoro y valoro de todo este ritual es las compañías (hablo en plural porque aquí me acuerdo de las distintas compañías y de las variantes del ritual que se dieron con el paso de los años. Todas buenas y todas inolvidables). Ahora el ritual es otro, que también lo hay, y que daría para otra columna, pero como ya lo escribí con mis compañeros de chirigota en el 2019 pues pa’qué.

Aquí os dejo el link por si os apetece.

Seguiremos con esos rituales bonitos de ver y de compartir pelis. Salud!

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