Buena suerte, pásalo bien, no mueras, de Gore Verbinski

Son casi diez años los que ha tardado el magnífico realizador Gore Verbinski en presentar una nueva película. Una década que recae en las expectativas y la incertidumbre de un título tan sugerente como Buena suerte, pásalo bien, no mueras (2025), sobre el que ya es posible adelantar su extraña naturaleza como una de las piezas más anómalas sujetas al circuito de distribución comercial. En perspectiva, este tiempo de espera ha servido para confirmar el interés y la definición sobre su autoría; destacándose, por encima de todo, a través de la inconmensurable La cura del bienestar (2016), una de las más altas cumbres del terror contemporáneo, donde el director apuntaba el gusto por unos referentes determinados —de Alfred Hitchcock hasta los grandes exponentes del terror gótico— y se reafirmaba mediante una maestría rotunda alrededor de una precisa y poderosa puesta en escena.

En unos parámetros visuales reconocibles, Buena suerte, pásalo bien, no mueras funciona como una excepción a la regla: una rara avis que se articula en contra de las convenciones para dar paso a un pertinente alegato sobre un futuro fatal despersonalizado por la alienación de las sociedades y la inteligencia artificial. En este cometido, la aproximación hacia una crítica alarmista —ligeramente trivial— queda ligada a la autoconsciencia del exceso y la caricatura, atravesando una serie de lugares comunes que resultan felizmente bienvenidos. No es así, para el resto de personajes, la llegada de su protagonista (Sam Rockwell): una especie de sintecho espacial cubierto de harapos y cables que entra en un local para alterar el orden público con el único objetivo de advertir a los presentes sobre el peligro inminente. En la predicación de su propósito, como si de un loco se tratase, el tipo selecciona a dedo a un grupo variopinto que deberán convertirse en las piezas clave para detener la catástrofe; constatando, al haberlos reconocido previamente, que ya ha intentado esto muchas otras veces. Es decir, teniendo en cuenta las variables posibles, la elección de los sujetos indicados determinará un destino u otro, considerando así los matices y aristas de un descerebrado efecto mariposa.

Como si de un videojuego de niveles se tratase, siguiendo una narrativa cercana a las mecánicas del beat ‘em up, la historia tendrá como objetivo principal llegar hasta un boss final: un misterioso niño prodigio que programa la IA que colapsará todo. Hasta ese momento, la acción troncal queda dividida en varios flashbacks donde se presenta el pasado de los distintos miembros del equipo. Estas divisiones, entendidas desde sus propias normas y directrices, también sirven como parte de un retrato episódico donde se ahonda en diferentes cuestiones vinculadas al mensaje central de la película. Con más o menos gracia, la inventiva de cada una varía según la ocasión, dando lugar a un desarrollo irregular que se ve lastrado por la ambición de abordar todos los frentes posibles. En esta misma apreciación, es imperativo mencionar su mutación casi festiva sobre los géneros y sus tropos, haciendo de su recorrido un viaje divertido e imprevisible que se desprende de la fórmula de la que el mismo filme, en su convicción política y liberadora, pretende renegar.

Sin establecer comparaciones entre una y otra, resulta llamativo ver cómo dialoga la película de Gore Verbinski con la reciente Sin piedad (2026) de Timur Bekmambetov. Dentro del intento por asimilar la posibilidad de una ética fiable sobre la IA, el segundo título se queda en la superficie al poner en jaque su juicio y veracidad, sin desestimar su uso y dejando en consideración un margen de mejora. Sin embargo, la mirada del primero es mucho más incisiva y frontal, decretando su postura creativa contra la misma en una llamada de resistencia que aboga por combatir las nuevas tecnologías sujetas a la tiranía de una única línea de pensamiento o una sola estética. Por ende, cuando llega el anunciado y memorable final —sin duda, la secuencia más sugestiva y delirante— el director verbaliza la urgencia de dicho peligro, trasladando el conflicto sobre el propio drama contemporáneo y cómo las sociedades modernas están dispuestas a admitir su indiferencia frente al dominio progresivo de doctrinas y herramientas tecnofascistas.

En ese sentido, Buenas noches, pásalo bien, no mueras es una muestra de cine de gran presupuesto que apuesta por la contundencia de su discurso y se retrata en el devenir terrible de nuestro presente circunstancial. Una obra imperfecta que, paradójicamente, celebra su condición como tal; reconociéndose en sus flaquezas para dar paso a una honestidad crítica y una ambición que propone deshacerse de moldes y esquemas. En perspectiva, y considerando su trabajo previo, podría verse como un regreso ligeramente inferior a lo pronosticable que, a su vez, supone un nuevo movimiento en la filmografía impredecible de un director siempre interesante.

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