Espejos nº3, de Christian Petzold

Una mujer se asoma al borde de un puente. Mira hacia el río con una mezcla de deseo suicida y fascinación por el agua. Hay algo en esa superficie —calma, opaca, insondable— que parece llamarla. Antes de que pueda decidirse, un elemento extraño irrumpe en la escena: un hombre vestido de buzo cruza el río remando sobre una tabla. Ese gesto absurdo, casi onírico, interrumpe su impulso y, sin embargo, también lo desplaza. En esta ocasión no se arroja al agua, pero en su mente se instala una idea que marca el cauce de su arco: la de cruzar al otro lado.

Así arranca Espejos Nº 3, la última película del cineasta alemán Christian Petzold, presentada en el pasado festival de Cannes, que marca su cuarta colaboración con la actriz Paula Beer. Desde que sus caminos se cruzaran en la imponente En tránsito (2018), han ido construyendo una de las duplas musa-director más estimulantes del cine europeo contemporáneo. Tanto que incluso resulta justo otorgar parte de la autoría a la propia actriz que —como antaño Nina Hoss— parece ser capaz de imprimir la misteriosa ambigüedad, la elegancia simple y la contención melodramática del universo de Petzold a la identidad de sus personajes; capturando así su naturaleza compleja a través de gestos sutiles, de miradas profundas y de cargados silencios.

Tras el ya comentado preámbulo, Laura (Beer), la mujer del río, regresa a casa, donde la espera su novio junto a unos amigos. Pronto emprenden un viaje en coche que acabará en accidente: él muere, ella sobrevive. Este punto de quiebre —tan abrupto como silencioso— abre la puerta a una segunda vida. Laura es rescatada por Betty (Barbara Auer), una mujer enigmática con la que establecerá una convivencia marcada por una necesidad mutua que nunca llega a verbalizarse. En el caso de Laura, porque necesita aplazar el regreso a su vida anterior; en el de Betty, por el ímpetu materno de cuidar de alguien que ocupe un lugar que ha quedado vacío de manera prematura.

Petzold construye su relato a partir de gestos mínimos. Laura se desprende progresivamente de sus pertenencias —esa bolsa olvidada junto al río en la primera escena— en un proceso de despojo gradual, tanto material como identitario. Como si, de algún modo, la película quisiera sugerir que sólo liberándose del pasado, podrá cruzar al otro lado.

Un «otro lado» que remite inevitablemente al críptico título. El espejo no es aquí una superficie que devuelve una imagen fiel, sino un umbral: un espacio donde lo real se duplica y se deforma. Laura se convierte en el reflejo de la hija fallecida de Betty, ocupando su lugar sin ser nunca exactamente ella. Se viste con su ropa, duerme en su cama, habita sus espacios. La relación entre ambas mujeres se construye sobre ese espejismo inquietante, donde identidad y sustitución se confunden. No es casual que Laura haya estado al borde del suicidio: su tránsito vital dialoga con el de la hija ausente, como si ambas trayectorias se reflejaran a través del espejo.

El cine de Petzold siempre ha habitado una zona ambigua entre el melodrama y la fantasía. Pero su dimensión fantástica no se expresa explícitamente mediante lo sobrenatural, sino a través de la extrañeza: de narraciones marcadas por acentuadas elipsis, de la información que llega sólo en pequeñas dosis y de personajes que parecen existir en un presente absoluto, suspendido. Y dónde el clima parece haberse establecido en un entretiempo constante, sin frío ni calor extremos. Como si los personajes transitaran un limbo marcado por un espacio-tiempo sin densidad, donde el pasado apenas se intuye y el futuro nunca termina de llegar.

En Espejos Nº 3, ese limbo se materializa en el paisaje: campos verdes, cielos grisáceos, viento constante que agita cortinas y ropas, como si el mundo estuviera siempre a punto de cambiar sin llegar a hacerlo. Para Laura, el limbo es una vida que no acaba de satisfacerla, marcada por una relación falsa y su alejamiento gradual de los elementos que conforman su identidad. Betty habita ese limbo, suponemos, desde la muerte de su hija. Su vida queda pausada. Su marido y su hijo, en cambio, tratan de escapar de él reparando coches, lavavajillas y todo tipo de objetos. Como si haciéndolo, pudieran llegar a reparar el vacío que ha quedado en sus vidas.

La película habla en última instancia del duelo como limbo, al otro lado del cual yace la posibilidad de transformación, necesaria para avanzar. Petzold trabaja con la repetición —los mismos lugares, hasta los mismos encuadres— para señalar el arco de transformación. Cuando Laura regresa a la casa, hacia el final de la película, el director repite planos casi idénticos a los del inicio. Sin embargo, algo ha cambiado. Ha cruzado el río y ahora se encuentra al otro lado. Ha recuperado su vida o, tal vez, ha encontrado otra que le posibilita, por fin, vivir. El río como frontera. Cruzarlo implica atravesar el espejo, aceptar la pérdida y, quizás, reinventarse a partir de ella.

Espejos nº 3 es un escalón más en el cine de Christian Petzold. Sus detractores apuntarán a la inverosimilitud de algunos aspectos de la trama, o tal vez criticarán la aparente levedad del relato —apuntando, erróneamente, que en ella no sucede nada—. Para los neófitos, podría ser esta una buena puerta de entrada a su universo. Quienes ya habitan su cine encontrarán aquí, una vez más, esa atmósfera extraña, de calma aparente, bajo la cual late una pesadumbre tensa que atenaza a los personajes. Pero, como casi siempre en su cine, la película concluye con una revelación que no se impone, sino que se desliza: una forma de alivio extraña, no exenta de dolor, que permite a los personajes —y quizá también al espectador— seguir habitando el mundo.

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