Sidosa, de Lluís Galter y Màrius Sánchez

Me gusta ir sola al cine, especialmente cuando sospecho que una película puede tocar algo. Me gusta reír y más aún llorar, sin la coreografía social de mirar de reojo, sonreír después, restarle importancia.

Sidosa, presentada en el Festival de Málaga y estrenada en cines esta semana, me hizo reír mucho y llorar un poco, pero sobre todo me dejó esa sensación de haber desplazado un mueble interior que llevaba tiempo en el mismo sitio.

Dirigida por Màrius Sánchez y Lluís Galter, producida por Jordi Évole y centrada en Eduardo Casanova, protagonista y responsable de los fragmentos ficcionados, Sidosa es un híbrido entre documental, conversación y ensayo audiovisual, que parte de una revelación sencilla, aunque cargada de consecuencias: Casanova cuenta públicamente que vive con VIH desde los diecisiete años.

Podría haber sido un producto televisivo de titular o una pieza pedagógica. Pero elige otra cosa. Entiende que hoy el conflicto no está donde estuvo hace décadas. La medicina ha avanzado, los tratamientos no solo existen, sino que hacen posible el reiterado I=I (indetectable = intransmisible) y la vida con VIH ya no responde al imaginario de los noventa. Lo que persiste, más silencioso y quizá por eso más resistente, es la mirada social.

Hay una dimensión histórica que no conviene olvidar. El VIH se expandió en un mundo ya organizado por jerarquías sexuales, raciales y económicas, y el estigma encontró terreno abonado en cuerpos previamente señalados. Sidosa denuncia el pasado, pero busca también otra forma de enfrentarlo en el presente: entender que puede haber militancia en el humor y en la desdramatización sin banalidad. Que la ternura puede incomodar.

También el título está elegido con humor e insolencia y evoca las estrategias históricas de colectivos queer que tomaron palabras lanzadas como insulto para devolverlas convertidas en emblema. Andrea Galaxina lo analiza en Nadie miraba hacia aquí, ensayo sobre arte y VIH/SIDA, que aparece varias veces en el documental, ya aparecía en la serie Silencio y que Eduardo tiene tan lleno de marcas como lo tengo yo.

Además de bello, el libro muestra cómo, ante el abandono institucional y la representación morbosa, muchos artistas convirtieron el dolor, la rabia y la exclusión en lenguaje. Hicieron del cuerpo enfermo un cuerpo político y dejaron memoria donde solo había borrado. Eduardo parece reconocerse en esa tradición, donde el arte no sirve solo para ilustrar una experiencia, sino para volverla más habitable.

De pronto, la película me hizo releer toda su obra previa. Sus máscaras, prótesis, pieles intervenidas, criaturas excesivas, personajes escondidos y monstruos tiernos. El rosa omnipresente y la repulsión al rojo. La fascinación por quienes viven en los márgenes. Los cuerpos que buscan amor desde la rareza. Su universo deja de parecer solo una propuesta estética para adquirir otra densidad.

No se trata de convertir toda una filmografía en clave autobiográfica; sería injusto y simplista. Es algo más sutil. A veces el arte dice antes de que el sujeto pueda decir. Antes de la portada, del documental, ya existía esa sensibilidad desbordándose. Roland Barthes sugirió que hay experiencias que no llegan de frente por el lenguaje y solo pueden rodearse mediante signos, tonos, insistencias formales. Sentí que Sidosa no revelaba un secreto, apenas le ponía subtítulos a una obra entera.

Pensé entonces en esas cosas que creemos ocultas mientras ya se han derramado por todas partes. Recordé una vez que conté algo íntimo a un amigo y me respondió con extrañeza: “¿Pero no lo sabíamos todos ya?”. Le pregunté por qué nadie me había dicho nada y contestó algo aún mejor: “Pensábamos que tú también lo sabías”.

Hay verdades así: ni escondidas ni visibles del todo, que el cuerpo o las formas van diciendo antes de que una llegue a alcanzarlas.

La película también mira todo lo anterior, los años que una persona convive con algo que todavía no encuentra salida pública. De cómo durante ese tiempo el arte puede funcionar como ensayo general, como una forma de explicar sin exponerse del todo, donde se puede decir sin decirse.

Casanova lo formula de una forma hermosa cuando dice que a él la vida no se la salvaron solo los antirretrovirales, también se la salvó el cine.

Creo que salí de la sala pensando menos en lo que Eduardo Casanova acababa de contar que en el espacio que deja después de contarlo. Si durante años su cine convirtió el peso del secreto en color, monstruos y ternura, cuesta no esperar con ganas lo que vendrá ahora que por fin ha movido sus propios muebles.

Tengo la intuición de que lo mejor quizá empiece aquí.

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