Un poeta, de Simón Mesa Soto

Versos libres

Lejos de los biopics sobre poetas malditos, Jim Jarmusch nos presentó hace un tiempo la cotidianeidad de un poeta, conductor de autobús, que emulaba en su estilo la obra de William Carlos Williams, recogiendo en versos sus sentimientos del día a día. Como el conjunto de la obra de Jarmusch, Paterson (2016) era reposada e irónica, mirando a la par con cariño y distancia a su peculiar protagonista, un personaje calmado que adaptaba su obra a su vida. Lejos también del malditismo épico que puede verse en algunas cintas sobre artistas famosos, pero en un tono distinto al del autor de Flores rotas (2005), Simón Mesa Soto sigue las tribulaciones de Óscar Restrepo, antaño joven promesa y actual fracaso humano.

Óscar, interpretado de modo cautivador por Ubeimar Rios, es un infeliz, vago y alcohólico, empeñado en reivindicarse a sí mismo pese a la nula producción actual y a un poeta suicida del siglo XIX, Jose Asunción Silva. Lo conoceremos in media res, abandonado todo intento de ejercer la paternidad con su hija distanciada o cualquier actividad laboral, apalancado de día en el sofá (en la casa materna), tirado borracho en la calle de noche. Es un personaje obtuso, maltrecho y malhecho, física y emocionalmente, al que su hermana forzará, finalmente, a un trabajo como profesor de filosofía en un instituto. Simón Mesa lo sacude emocionalmente, forzando al personaje a un salto al vacío mediante el guion (la primera clase, bebido y embebido de sí mismo, voz en grito reivindicando la poesía es un espectáculo para los alumnos alucinados), pero también sacude al espectador con un montaje agitado, con cortes bruscos que separan planos medios de primeros planos, rápidos movimientos de cámara de un a otro interlocutor o con súbitos carteles anunciando nuevo capítulo en la trama, acompañado de canciones burlonas a todo trapo.

Como Kennedy Toole con el inefable Ignatius O’Reilly, Simón Mesa no tiene reparo aparente en maltratar al poeta. Sin embargo, a medida que avanza la historia, lo grotesco y el feísmo se apoderan de todas las secuencias, situando al inocente Óscar en el centro de una sociedad llena de monstruos. Tal vez él ha perdido la gracia que tuviera en su juventud. Sin embargo, la extraordinaria interpretación (el uso de un cuerpo decadente, de una mirada perdida, de un discurso demasiado torpe para la declamación) y la progresión del drama hacia el esperpento nos permiten entender que Óscar Restrepo no está aún perdido del todo, que mantiene la ilusión de modo sincero, de modo opuesto a todos los que le rodean. Así es en su tozuda defensa de Silva (que aparece en los billetes colombianos de menor valor, frente a la omnipresencia de García Márquez, quien, según Restrepo, solo buscaba notoriedad). Pero también hay ilusión en su reivindicación del talento de Yurlady, una alumna que escribe textos poéticos y a la que trata de promover hacia una inesperada (e indeseada) carrera literaria. Es a partir de este punto cuando el drama adquiere tonos absurdos, de comedia negra. Progresivamente, el protagonista y las dos jóvenes más inocentes (una en pos de carrera universitaria, otra de unas uñas esmaltadas con brillantes) quedan atrapados por una maraña de intereses ajenos. El director les presenta (ahí resuenan Buñuel, Berlanga o Ferreri) como un elenco de auténticos buitres, desde la siniestra caterva familiar de Yurlady (con todos los estigmas de la miseria: indolencia, suciedad, avaricia, abandono o abuso…) a los directivos del Centro Cultural por la Poesía, interesados en su éxito particular a costa de jóvenes autoras de quienes sacar todo tipo de provecho. La delirante secuencia en que unos y otros se enfrentan buscando solución a un conflicto (resultado de la torpeza infinita de Óscar, en su intento de arreglar la situación previa), presentada por Simón Mesa con una cámara cercana y agitada, pone en evidencia el patetismo de todos ellos frente a la dignidad de Óscar Restrepo. Viviendo en el caos de modo habitual, Óscar es quien sabe salirse de modo más elegante, con la palabra “perdón” en la boca, el gesto más honesto y sincero de todo lo manifestado en la casa de Yurlady, un gesto que el director recoge y reivindica en imagen, dejando de lado el humor absurdo y negro de las secuencias previas para reconocer la nobleza de quien parece un patán.

Tal vez Yurlady no sea la poeta de éxito que Óscar y sus colegas (y la embajada holandesa) buscan para premiar. Pero es una poeta cotidiana a la que Óscar identifica como una de las suyas. El, por su parte, tampoco podrá acceder al éxito, pero la honestidad y la inspiración que perviven tras su rostro tosco y sus modales abandonados puede permitirle volver a su identidad de auténtico poeta y Mesa, dejando de lado la comedia, lo reconoce en un tranquilo cierre.

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