Todo el que haya visto Doce hombres sin piedad (12 Angry Men, Sidney Lumet, 1957), aun sin pretenderlo, irá a ver Los Justos de Jorge A. Lara y Fer Pérez con la película de Lumet en mente. Lo cierto es que las comparaciones son odiosas pero inevitables, y más si desde el principio Los Justos está señalando a su referente. La película nos habla de un jurado popular que ha de votar si un empresario millonario es culpable, o no, de corrupción. Aunque lo tienen muy claro, un soborno a todos los integrantes del grupo por parte del acusado hará que se plantee una nueva decisión. La película pondrá sobre la mesa distintas condiciones personales y familiares que representarán a la sociedad española que se retrata: el exterior cristalizado en diez personas al azar.
Pese a que la premisa tiene mucho potencial lo cierto es que se estanca en esa idea. El elenco proporciona un dinamismo bastante fuerte que cautiva al espectador, quizás sea lo mejor de todo el metraje, especialmente Carmen Machi, que destaca por encima del resto. Pero las condiciones narrativas no ayudan a que estos personajes se desarrollen lo suficiente como para entender sus decisiones sin que parezcan forzadas. Viendo la película sentía que el espacio podía estimular estas conversaciones, pero al trasladar a los personajes de un lugar a otro, se pierde una intensidad que podría haber proporcionado la idea de que no salieran de un único escenario. La puesta en escena se convierte en un quiero y no puedo.
Hay ciertos momentos irónicos que pueden resultar divertidos: la metáfora de la rata, que los votos casi siempre se den fuera de campo o en mute, o que el jurado vaya en un furgón policial y no en un autobús. Sin embargo, estos momentos terminan por ser pequeños destellos dentro de un guion bastante insuficiente que se mueve entre un dramatismo en ocasiones exagerado y una comedia introducida con calzador. Es cierto que se plantean decisiones estéticas interesantes al colocar a los personajes en puntos estratégicos para dejar ver sus opiniones o al llevar un tono minimalista, pero esto no parece suficiente.
El retrato que Los Justos hace se lee con facilidad pero peca de ser superficial, no parece interesarse demasiado en los personajes más allá de que cada uno tenga un momento de protagonismo y con ello justificar su cambio de decisión. A diferencia de Doce hombres sin piedad, aquí se pierde toda esperanza y se retrata la desdicha, y aunque eso podría dar pie a un interés más humano, termina por utilizar como justificación la precariedad sin llegar a un acercamiento.
Por su parte, el final sí que concuerda con lo que la película ofrece. No resulta inverosímil y sigue la línea que se estaba trazando sin prometer nada al espectador, dejando un buen sabor de boca pese a que el visionado no haya sido del todo satisfactorio. Los Justos termina siendo una película que, por su planteamiento, engancha y con la que puedes entretenerte, pero que no ofrece demasiado, es más, llega a ser decepcionante.







