La momia de Lee Cronin, de Lee Cronin

Alejada de cualquier expectativa que pudiésemos albergar a tenor de su título, la tercera película del irlandés Lee Cronin es un batiburrillo de muchas cosas aunque, justo es decirlo, no es de esos refritos que no tienen pies ni cabeza y no hay por donde cogerlos ni tampoco de esos otros que invitan a mantenerse lo más lejos posible. Aun así, voy a empezar por señalar los que me parecen sus principales defectos y después trataré de equilibrar la balanza, o incluso desequilibrarla hacia el extremo opuesto. Porque para empezar el film no es sutil en los temas (el duelo, la descomposición de la familia, algo bastante obvio que aún así debe ser mencionado explícitamente, la amenaza foránea que tanto lleva animando el cine de terror norteamericano de los últimas décadas, con Hostel a la cabeza), y relacionado con esto, más en general, tampoco es que su guion esté escrito con demasiado mimo, cuenta con unos cuantos clichés (se lleva la palma el arqueólogo experto universitario) y varios detalles que muestran dejadez y conveniencia y que a mí particularmente me distancian de la propuesta (que el padre descubra lo de las chocolatinas que la secuestradora le lleva dando a la niña durante un tiempo justo antes de que la secuestre definitivamente, el injustificable viaje de la detective desde Egipto a EE.UU. para enseñar una cinta de vídeo, p. ej.), pero quizá todo eso no sea lo más importante a la hora de valorar una película como esta, para la que a los más entusiastas se les ha llenado la boca con expresiones como montaña rusa, festín, tren de la bruja, etc. y no seré yo quien los contradiga, porque La momia de Lee Cronin no es otra cosa que un remake espiritual de su anterior Posesión infernal: El renacer, a su vez un pantagruélico homenaje al original de Sam Raimi que hacía que nos olvidáramos (si para nuestra desgracia no lo hubiésemos hecho ya) de aquel despropósito que el normalmente interesante Fede Álvarez había perpetrado unos años atrás. Esta momia homenajea a Raimi, sí (esa abuela, que además nos recuerda al mejor Peter Jackson), y también está repleta de guiños (fáciles, no lo negaremos) a tótems del género como El resplandor o El exorcista entre muchos otros. E incluso puede remitirnos de forma más indirecta a películas recientes como los dos trabajos de los hermanos Philippou o incluso las partes más esquizo de la obra de Ari Aster, sobre todo en su forma de acercarse al trauma familiar.

Quizá el principal problema de La momia de Lee Cronin, moderadamente disfrutable como ya lo era el anterior film de su director es el desequilibrio entre su propuesta turbia y terrorífica y sus ganas de contentar a todo tipo de público, de un modo que, me temo, termina por no dejar enteramente contentos ni a unos ni a otros, aunque, todo sea dicho, los que se deleitan con el terror y la truculencia sean los que salgamos ganando en un pulso en el que aquellos que prefieran un par de sustos y un final más amable tal vez consideren la propuesta demasiado cruda por momentos (sobre todo con los personajes de mas corta edad, que pasan por un buen catálogo de tropelías a cual más cruel) y quizá les cueste aguantar hasta el premio final. Aún así, esas concesiones llegan, pero son del todo punto innecesarias desde el momento en que los personajes generan poca o ninguna empatía (un matrimonio que no se comunica especialmente, y no precisamente por la irrupción del mal en el seno de su familia, y su descendencia, que tiene sus momentos…), y restan empaque a una propuesta que merecía, quizá, otro tipo de desenlace. Como último punto negativo, no me queda otra que hablar de la interpretación de Jack Reynor (en el fondo el chiste sobre sus gesticulaciones con las manos está muy bien tirado, porque si le quitan eso sería tan inexpresivo como la momia milenaria antes de volver a la vida) daría juego para varios memes (aunque como ya existe el más famoso de Chris Pratt probablemente no sea necesario).

Y aun así, al margen de todo lo dicho, creo que La momia de Lee Cronin es una película que todo aficionado al terror debería abrazar, pues a pesar de sus imperfecciones contiene algunos momentos verdaderamente disfrutables, tanto por sus delirios sanguinolento/asquerosos, como por la gestión del espacio que hace Cronin (la set piece del velatorio que condensa tantas buenas ideas juntas, la del cortado de uñas o la de la agente egipcia allanando la casa de la familia de la secuestradora son buenos ejemplos de ambas cosas). De nuevo, algunos tics con el empleo del sonido se revelan problemáticos para aquellos que buscamos algo más de coherencia interna en la propuesta, pero quizá el exceso y la desmesura sean preferibles a la contención que habría aportado una propuesta más cercana a un terror elevado autoconsciente que tampoco es lo que nos pide el cuerpo cuando vamos a ver una película como esta. Lee Cronin, que ha puesto su nombre en el título de la película, una firma de autoría más que llamativa teniendo en cuenta que se trata de su tercer largo (y que se le puede perdonar porque hay quien dice que es para que nadie confunda su obra con la majadería de Tom Cruise de hace unos años, o con las cintas de aventuras protagonizadas por Brendan Fraser, y ni que decir tiene que con las de Karl Freund o Terence Fisher, y con las que además, con todas ellas, poco o nada tiene que ver), no deja de ser, en cualquier caso, un autor, que escribe todo lo que dirige con un estilo muy reconocible y muy personal a pesar de su breve filmografía, y aunque imperfecto, mucho más atractivo que la mayoría de lo que viene ofreciendo el cine de terror últimamente. Buen ojo, claro, el de sus productores, Jason Blum y James Wan, no en vano dos de las figuras más importantes a la hora de acercarnos al género en este primer cuarto de siglo.

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