La filmografía de Kelly Reichardt muestra una enorme sensibilidad que la capacita para subrayar lo invisible, de plasmar en pantalla lo inasible, de enmarcar lo insondable en narrativas minimalistas y, en apariencia, vacuas. Old Joy, el segundo de sus largometrajes, es un magnifico ejemplo de esto. El filme se basa en el relato corto de Jonathan Raymond, escritor y frecuente colaborador de la directora, que también coescribe junto a ella el guion para esta adaptación en la que explica el reencuentro de dos amigos, Mark (Daniel London) y Kurt (Will Oldham), sin demasiadas pretensiones argumentales. El primero está a punto de ser padre, pero cuando recibe una llamada de su viejo amigo Kurt, Mark no puede resistir aceptar una escapadita que lo aleje de las responsabilidades del día a día.
Este punto de partida no es que dé pie a grandes acontecimientos narrativos o giros emocionales chocantes. Mark y Kurt hablan, conducen, se pierden, desayunan, siguen hablando, duermen y se relajan en medio de la naturaleza, tan simple como suena. El viaje en coche, valga la redundancia, no conduce a nada. Ahora bien, es aquí donde reside la fuerza de Reichardt, donde encontramos ese trasfondo sobre el que flota la nada del viaje y que deja el poso que permanecerá en el recuerdo largo tiempo tras el visionado. El viaje se tiñe de una dolorosa melancolía que apenas deja verse en momentos puntuales y la presencia de una nostalgia por un pasado irrecuperable es una constante en el metraje. Las interacciones inocuas de estos dos amigos que se ponen al día y descubren el camino que han tomado cada uno de ellos les separa tanto como los une, y la imagen transita por estas distancias como los protagonistas lo hacen por sus sentimientos ante el entendimiento de su nueva situación.
Al atender una llamada de su esposa, Mark sale del coche y se aleja, empequeñeciéndose en la pantalla, mientras la cámara se queda con Kurt dentro del coche observando a través del parabrisas. Estos detalles permean y asoman en las conversaciones, dibujan la pena presente en las palabras de Kurt y anclan la conciencia de Mark. Sin discusiones ni enfrentamientos, sin gritos o malas palabras, la amistad de ambos protagonista goza de lo que probablemente pueda ser un último suspiro antes de abandonar ese pequeño paraíso de aguas termales que los refugia del mundo contemporáneo. La resolución del viaje subscribe la sensación de vacío, cerrando de modo circular con los personajes en la misma situación que al inicio. El breve escape de la sociedad cede ante las voces de la radio que dan sus opiniones sobre la situación sociopolítica mientras Mark conduce de vuelta a casa en soledad y Kurt deambula por las calles en busca de un pasado que no volverá. En la naturaleza, Kurt dice una hermosa frase: “Sorrow’s nothing but a worn out joy”.
Y es que la melancolía que tiñe el filme proviene de una amistad del pasado, fuera de las cotas temporales de la película, y arraiga en las ruinas de esa relación que Reichardt expone con tanto cariño sin edulcorantes cinematográficos de ningún tipo. El viaje sucede en el ahora pero refleja el antes, y los efectos inevitables del transcurso del tiempo quedan bellamente representados en Old Joy.








