Pasarela de Disney World
El diario viste de Prada 2 no es una película. Es una nueva atracción de Disney World para los fans de la primera. El desfile de referencias —que funciona como una maquinaria de reconocimiento emocional, como si el mero retorno de estos personajes bastara para activar el placer del recuerdo— responde a una lógica festiva que, sin embargo, choca con la imposibilidad de volver a aquel paraíso perdido que tantas personas revisitan cada año, o incluso cada mes —como recientemente comentaba Carlos Peguer en La pija y la quinqui—.
Han pasado más de veinte años, y parece que Meryl Streep hubiera bebido la pócima de Isabella Rossellini en La muerte os sienta tan bien (Death Becomes Her, Robert Zemeckis, 1992). Ella y todo el reparto, porque el tiempo parece no haber atravesado los cuerpos de Anne Hathaway, Emily Blunt o Stanley Tucci. Sus personajes regresan como recreaciones diseñadas para activar la nostalgia del público, atrapados en un bucle de dinámicas narrativas que ya vimos en la película matriz. Y, sin embargo, es por ello que resulta tan refrescante encontrar pequeñas fisuras, momentos puntuales en los que algo respira distinto. Cuando la inquebrantable Miranda Priestly (Meryl Streep) se muestra vulnerable —y hasta tierna— en la cómoda intimidad de su casa de los Hamptons. Cuando Emily (Emily Blunt) intenta recomponer su cordura a través de su rutina de autocuidado facial. O cuando se explicitan las grietas de la otrora todopoderosa revista Runway.
Quizás lo más inteligente de esta segunda parte sean sus ideas. La aceptación del deterioro de todo un universo en favor de una nueva casta de oligarcas que han perdido cualquier resto del refinamiento de sus ancestros. La posibilidad de que un tecnofascista —como se le quiera llamar a Jay Ravitz, acertadísimo B. J. Novak, ese «finance-bro» heredero de la corporación que controla Runway—, el peor vestido de la sala, sea quien dicte ahora las reglas del estilo. O la banalización de un espacio como Santa Maria delle Grazie, donde La última cena de Da Vinci observa impasible cómo el idiota de Benji Barnes (Justin Theroux), un «nuevo rico» deliberadamente cutre, encarna una sátira del arquetipo de la masculinidad reaccionaria contemporánea mientras habla de inteligencia artificial como si estuviera en la barra de cualquier bar.
Por supuesto, el presupuesto de 100 millones de dólares —que, por otra parte, ya ha multiplicado por seis sus beneficios— se deja sentir en cada exterior italiano, incluido el paseo de Miranda por la Galería Vittorio Emanuele II, en un intento algo fallido de capturar una estética «a lo Sorrentino». También en cada cameo, en cada prenda —aunque no luzcan siempre tan glamurosas como en la primera entrega, con outfits de Miranda absolutamente kitsch en más de una ocasión— y en cada intervención musical de lujo: desde Dua Lipa hasta Laufey u Olivia Dean. El tema Runway, de Lady Gaga y Doechii —cuyo videoclip excede de largo la falta de originalidad estética en la cinta de David Frankel— precede a la aparición estelar de Gaga. Su concierto en la Academia de Brera de Milán, con despliegue de presencias, iluminación y vestuario, termina diluido en un montaje paralelo tan convencional como ordinario.
Y es que, si adelantábamos lo mejor, cabe decir que las ideas se quedan como eso: ideas. Fuegos de artificio que explotan, pero no dejan poso en el recuerdo, no generan impacto cultural. Lo que termina lastrando la experiencia de esta atracción de feria es el ritmo. Las paradas de esta montaña rusa están confeccionadas con mimo, pero las subidas y bajadas no están bien engrasadas. El montaje se atasca, avanza de forma casi automática. En una película que quiere reivindicar lo artesanal del arte —llegando incluso a construir imágenes aparentemente generadas por IA a través de contratar a artistas gráficos reales—, el desarrollo narrativo acaba teniendo algo de algorítmico, de procedimiento sin pulso. O quizás de consejo de administración con una visión puramente comercial del producto.
No hay otra forma de entender la sucesión de arcos que se abren y cierran sin tensión, apenas iniciada la sesión. Tampoco la escasa gracia de unos chistes que, aun siendo ingeniosos, no encuentran el tempo necesario para que los punchlines aterricen. Ni la absurda, si bien mona, historia de amor que se le concede a Andy Sachs —la siempre comprometida Anne Hathaway— que vuelve a trabajar bajo las órdenes del alter ego de Anna Wintour y termina encontrando, desde su inicial soltería, a un hombre bastante más amable y cuidadoso que el de El diablo viste de Prada (The Devil Wears Prada, David Frankel, 2006).
Andy Sachs empieza este divertimento de Disney siendo despedida de su periódico, denunciando la necesidad de la prensa libre, y lo termina reconciliándose con los fantasmas de su pasado: Miranda, Emily y Nigel (un Stanley Tucci que sigue brillando en cada aparición: la clase personificada). Adáptate a los tiempos o quédate atrás. Y esta «no película» se queda atrás. Es una pena. Pero es igual. Seguramente llenará salones de muchas casas —el lugar para el que fue diseñada la obra—. Y las sesiones dobles de los próximos años de todos y todas aquellas que sigan viendo El diablo viste de Prada como si fuera un ritual. Andy Sachs sigue siendo la misma persona de antes, solo que esta vez con ropa un poco peor.







