La saga de videojuegos Mortal Kombat es longeva y, ante todo, un icono del entretenimiento audiovisual interactivo. Tal es su estatus que ya contó con dos adaptaciones en los 90, la primera de ellas dirigida por el inigualable Paul W.S. Anderson, e incluso hay películas de animación basadas en el universo de la marca. Por su parte, los videojuegos, caracterizados en su momento por el ambicioso look fotorrealista y el excesivo gore, han evolucionado hacia una dirección que ya es de por sí muy cinematográfica.
Desde hace varias entregas, cada Mortal Kombat cuenta con un modo campaña para un jugador que consiste en una serie de cinemáticas cuya progresión depende de que el jugador supere los combates. Estos modos campaña son argumentalmente simples debido a su condición de videojuego, donde se prioriza el avance ágil entre combates para que el jugador pueda jugar sin la sensación de haber sido relegado a ser un mero espectador. A su vez, la ausencia de un límite temporal, a diferencia de una película, permite a estos modos campaña prolongar sus historias y conseguir tramas y enfrentamientos épicos entre los personajes que le sumen un añadido a los combates, mucho más suculentos con una narrativa detrás.
En ese aspecto, las adaptaciones de Simón McQuoid (la primera en 2021 y su secuela actual, motivo de este texto) se asemejan a esas campañas, desenfadadas y de estímulo inmediato, cuyo propósito principal es proporcionar la excusa para saltar de una coreografía a otra. Al mundo de Mortal Kombat no le falta lore del que se pueda nutrir un guion. El mundo propio que plantea y la multitud de personajes son material más que suficiente para proponer un universo completo e interesante. Mortal Kombat II opta por centrar el peso de su argumento en Johnny Cage (Karl Urban), el actor de artes marciales inspirado en Jean-Claude Van Damme, y Kitanna (Adeline Rudolph), una ninja que finge trabajar para el tirano Shao Khan (Martyn Ford), clásico villano de los videojuegos. Parte de la amalgama de personajes que pertenecen al resto del roster del videojuego se suman en un reparto coral quedando relegados al trasfondo argumental, contando, eso sí, con su momento de gloria en una pelea.
La ecléctica diversidad de los personajes y del universo da la oportunidad al filme de teñirse puntualmente de ciertas estéticas concretas, aunque sea de un modo superficial, como podrían ser los wu xias en esos bosques donde Kitanna y Jade (Tati Grabielle) entrenan para luchar, o la parodia de los héroes de acción noventeros. La decadencia de Johnny Cage se integra en perfecta sintonía con una película que abraza ciertas ideas obsoletas abrazando su condición de ser y lo da todo con un objetivo claro: buscar un punto de encuentro con el fan, apelando a aquellos detalles que pueda identificar.
Las peleas, que son al fin y al cabo el foco de la película, quedan resultonas al incorporar en las coreografías la magia heredada de las características de cada personaje en los videojuegos. Además de ser una excusa perfecta para combates imposibles, McQuoid aprovecha aquí para lanzar guiños para gusto de los aficionados, como podría ser, por ejemplo, el puñetazo directo a la entrepierna de Johnny Cage, o frases icónicas como el famoso “Finish him!” al terminar un combate o el “Get over here!” de Scorpio. En esencia, Mortal Kombat II acepta su condición referencial, incluso incluyendo un cameo de Ed Boon, uno de los principales responsables de la saga de videojuegos, y se construye bajo esos términos, desvergonzada en busca de asimilar los códigos visuales de esta. Muchas peleas, mucha sangre, y muy poca profundidad argumental, no hace falta mucho más para una sesión palomitera de puro entretenimiento.








