Il Cinema Ritrovato celebraba su cuadragésimo aniversario bajo un intenso y persistente calor, sufrido en todas y cada una de las jornadas, de la primera a la última. El aire acondicionado de las salas ayudaba, pero no podía paliar todos sus efectos. Y acaba resultando un poco desolador que la temperatura te quite las ganas de estar en las calles de una ciudad con tantos alicientes como Bolonia, casi a cualquier hora del día. Más allá de estos inconvenientes, que lamentablemente se irán haciendo más frecuentes en ediciones futuras, las novedades propuestas por el festival fueron mínimas, siguiendo una política continuista de probada solvencia.
Por ejemplo, una de las secciones recurrentes desde hace unos años, Piccolo Grande Passo, viene dedicada a los formatos más pequeños como el Super8 o los 16mm, donde ha encontrado hueco y natural acomodo el cine experimental. En esta edición ocupaban este foco Éric Duvivier y la realizadora sueca Gunvor Nelson, quien si bien frecuentaba mayormente el formato corto, nos dejó hipnotizados con Red Shift (1984), un obra de casi una hora de duración un poco más narrativa y guionizada que otros trabajos suyos vistos aquí, aunque tampoco en exceso. Siempre construyendo desde lo fragmentario, Nelson habla de las relaciones maternofiliales tanto desde el punto de vista de madre como desde la óptica de una hija, el cambio de perspectiva al que seguramente hace referencia su título. Fugaces interacciones entre personajes, interpretados en presente por la misma directora y por sus propias madre e hija, así como diferentes tareas asociadas tradicionalmente a los roles femeninos, componen el grueso de un film que viene punteado por fragmentos del diario que Calamity James le escribió a su hija, precisamente una mujer alejada del estereotipo femenino y que no pudo ejercer su rol de madre. Sus imágenes buscan con mucha frecuencia el plano detalle, lo epidérmico, y cuando se abren al plano general evitan la frontalidad, se esconden tras el vano de puertas y ventanas, resultan huidizas, apenas siendo capaces de capturar a los personajes, figuras nunca estables y permanentes. Es como si nos sugiriera una incomodidad continuada, entre la fricción y lo evasivo, como si los roles femeninos estuvieran abocados a un sentimiento de frustración.
La de Nelson venía a ser una mirada muy moderna comparada con las representaciones de género que nos suele ofrecer el cine clásico, tan lógicamente frecuente en este festival. Como Lady in the Dark (1944), obra de un Mitchell Leisen que era el cineasta hollywoodiense homenajeado en esta ocasión, y que contenía bajo el manto de la comedia musical psicoanalista algunos de los cortes más explícitamente machistas que quepa imaginar. El problema psicológico de su protagonista, directora de una revista, se resolvía cuando hacía caso a la recomendación de su terapeuta dejando que fueran los hombres los que tomaran el mando, mientras que ella debía dedicarse (ejem) a ser una mujer. Es una lástima porque la película tiene su gracia, está muy bien dirigida aprovechando un notable trabajo escenográfico y la idea de transformar los sueños que ella le cuenta a su psicoanalista en números musicales me parece un hallazgo.
Afortunadamente, había más valiosas miradas femeninas presentes en el festival, y además necesitadas de ser rescatadas de un relativo anonimato. Paula Delsol pasa por ser una de las escasísimas mujeres asociadas a la Nouvelle Vague en roles de dirección, y su opera prima La Dérive (1964) es otra indagación en el rol femenino dentro de la sociedad de su tiempo. En ella nos cuenta las aventuras y desventuras de una joven «a la deriva». Nos la encontramos en compañía de un pintor de quien pudiera estar enamorada y que la deja tirada en un tren. Dado que no considera seriamente la posibilidad de ganarse la vida por sí misma, las opciones que se plantea son seguir buscando hombres de los que depender o regresar a un hogar materno que la ahoga por completo. Delsol formula una crítica a una sociedad de la cual forma parte, en cierta forma connivente, su propia protagonista, quien acaba cayendo en la trampa de la cosificación y la sexualización, facilitándola en ocasiones. Viene a ser el producto lógico de un caldo de cultivo social y su supuesta rebeldía acaba siendo así más aparente que real. Ella puede desafiar los roles femeninos más convencionales, pero no hay una verdadera emancipación. Delsol consigue un retrato muy vívido de su heroína y de las criaturas que se mueven a su alrededor. Es una obra con una estética muy típica de la Nouvelle Vague, con tantas secuencias de exteriores en escenarios naturales y una perceptible sensación de libertad estilística favorecida por su excelente montaje. Su narración, de estructura circular, tiene mucho ritmo y avanza de manera casi casual, un poco evocando la propia actitud de la chica ante las relaciones que se le ponen por delante, en una constante huida hacia ninguna parte. Es curioso que uno de los últimos planos parezca un remedo u homenaje del famosísimo final de Los cuatrocientos golpes (1959), otra obra sobre otra deriva. Pero Delsol no cierra ahí el metraje, todavía quiere mostrarnos un momento posterior que le quita mucho peso dramático a sus imágenes. Quizás esta operación pueda ser un guiño con la intención de marcar las diferencias con Truffaut en la manera de aproximarse a sus personajes.
Un caballo ganador de la programación de este año era la retrospectiva dedicada a Ritwik Ghatak, autor de una breve pero intensa filmografía, oportunidad excelente para saldar la cuenta pendiente que representaba Komal Gandhar (1961). Y lo cierto es que no decepcionó en absoluto, convirtiéndose en uno de mis títulos favoritos vistos estos días. Aunque la primera capa de este film ambientado en el mundo del teatro tenga más que ver con los amores entre personajes y su lucha para salir adelante en su profesión, el contexto social, geopolítico e histórico no es un mero trasfondo que se haga más o menos ruidoso según avanza la narración. Tiene de hecho una importancia meridiana en la confección mental de sus protagonistas e incluso las relaciones personales que se desarrollan entre los diferentes caracteres se pueden leer de manera metafórica al respecto del devenir político. La unión de dos grupos de teatro, sus fricciones y su posterior separación podría evocar la dolorosa Partición, mentada a lo largo del metraje como trauma social en numerosos sectores de la población bengalí. Igual que la relación a distancia de la protagonista con su futuro marido, que vive en Francia desde hace años, nos puede recordar a la situación de Pakistán y la futura Bangladesh antes de la independencia de ésta. También la lucha de los personajes por dar viabilidad a su proyecto teatral es un acto político en sí mismo, análogo en cierto sentido a la historia de amor de los protagonistas que debe superar múltiples barreras. Porque en el fragoroso contexto que dispone Ghatak, con esa polifonía a veces un poco confusa en la que a menudo no está demasiado claro para dónde tiran y empujan los personajes, el acto de encuentro es fundamental, la razón de ser de sus imágenes. Y en este juego de pulsiones, su planificación visual proyecta un campo de fuerzas a base de profundidad de campo o de angulaciones para componer a los personajes en el encuadre. Es curioso que en un cine de notable fuerza volcánica como el suyo, también suscite en ocasiones una intensa sensación de trance, que aquí parecen sufrir por momentos sus dos protagonistas, y que «sufrimos» los espectadores yo creo que en buena medida por la banda sonora, que nos deja suspendidos en otra dimensión musical. De hecho, el propio título hace referencia a una nota de la escala musical.
Otro nombre que no necesita presentación es el de Raoul Walsh. Que ya era un enorme director en la etapa muda había quedado más que demostrado en The Thief of Bagdad (1924). Pero no se acaban ahí sus credenciales. En la estupenda What Price Glory? (1926) compone un film bélico que funciona como una comedia sexual donde el terrible trasfondo acaba emergiendo en todo su horror. Dos oficiales rivalizan a lo largo de los años por las mujeres que se encuentran en sus destinos, incluyendo a la guapa francesa que conocen durante la Primera Guerra Mundial. Son caracteres un tanto fanfarrones y sutilmente contrastados, uno más burdo y amante de su oficio, el otro más trilero. Ninguno pasa por ser un modelo ejemplar, les acaba dominando el cinismo y se nota que la guerra les pasa factura. Sin embargo la película apuesta por esa faceta cómica que refuerza una vena un tanto vitalista, para luego confrontarla con la muerte y la destrucción, en un discurso rabiosamente antibelicista. El brío narrativo de Walsh no decae en las dos horas de metraje, llenando el encuadre de acción en las escenas más grupales, mientras que en petit comité sabe explotar el carisma de sus intérpretes y también se muestra imaginativo con algunas soluciones visuales.
El cine japonés sigue teniendo su merecido espacio privilegiado en Il Cinema Ritrovato, siendo quizás la cinematografía que todavía puede ofrecer más sorpresas y satisfacciones al explorar su historia. La retrospectiva de este año estaba consagrada a Daisuke Itô, cineasta también importante desde su etapa silente. En esta ocasión pudimos además asistir a proyecciones muy especiales de algunas de las piezas que sobreviven de ese periodo, ya bien fueran fragmentos de películas o versiones condensadas en otros casos. Fue un lujo poder verlas en similares condiciones a las que disfrutaron los espectadores de la época, con música japonesa interpretada en directo con biwa y narimono, así como el muy expresivo recitado de un benshi que ejerce de narrador y pone voz a los personajes. Todo ello añade más color al energético tratamiento del jidai-geki por parte de Itô, entregado al cine de acción a base de un trabajo interpretativo muy físico que propugna el movimiento dentro del plano, pero también con un esfuerzo intensivo de montaje para ofrecer una narración trepidante que en ocasiones consigue verdaderos hallazgos plásticos, como ese brillante montaje de elementos giratorios sobre el moribundo protagonista de An Unforgettable Grudge (1925), el uso de la geometría de los toneles de sake en uno de los pasajes de la notable A Diary of Chuji’s Travels (1927) o los tan socorridos faroles de la policía emergiendo en la negrura de la noche de Jorikichi the Rat (1931).
Sin embargo, me gustaron todavía más varias de sus obras sonoras que integraron este ciclo, que demostraban madurez en la construcción de personajes con una puesta en escena discretamente elegante que, sin violentar apenas el clasicismo, se muestra tan bien punteada gramaticalmente por el montaje. The Servant’s Neck (1955) era un ejemplo de ello. La cuestión del honor y la obediencia es un tema mayor del cine japonés de época, a menudo transitando una fina línea entre la crítica y la romantización. Pero no es éste el caso. El conflicto se desata en esta película por una tontería, una partida de go entre dos contendientes que no parecen muy propensos a respetar las reglas del juego, y que depara en fuera de campo la muerte de uno de ellos, el señor de un dominio. El honor obliga a buscar venganza, y a ello se aplican su heredero y uno de sus vasallos, sin conocer la identidad del homicida, sabiendo únicamente de algunos llamativos rasgos físicos. Ese honor funciona como un multiplicador, las consecuencias que depararía la observancia del mismo siempre exceden generosamente la naturaleza de las ofensas. Itô se preocupa por hacer un ejercicio de patetismo y ridiculización del proceso. No hay épica alguna en las escenas de acción, sólo personajes arrastrándose por su supervivencia, un vivo contraste con el cine de preguerra de un especialista en el género como era él. Lo que sí transmiten las imágenes es un cierto espíritu de aventura narrativa. La acción cambia de tiempo y de lugar, nos introduce numerosos personajes y el foco de tensión dramática va mudando sin que el interés decaiga en ningún momento, más bien al contrario.
Pero la obra que más me gustó de Itô, otra de las cumbres de esta edición del festival, fue An Heir’s Place (1953). No es casualidad que sea la más ritualizada de todo el ciclo, ya que su historia está ambientada en el mundo del teatro nō, durante la preparación de un festival muy especial en el género, que se celebra una vez por generación con la presencia del mismísimo shôgun como espectador y testigo de la continuidad de la tradición en una familia de intérpretes. El hijo designado como heredero de esta saga trabaja con disciplina espartana bajo la implacable dirección de su padre y, más aún, de su madre. Es un niño a quien no se le permite serlo, y ahí radica el principal conflicto de la película, que se pone de particular manifiesto cada vez que hay tormenta, ya que le tiene un miedo terrible a los truenos. La construcción formal de la película me parece excelente. Su ceremoniosa puesta en escena concentra la energía de la narración y ésta se libera parcialmente en algunos pequeños estallidos que tienen lugar durante el metraje, para acabar culminando en un espectacular clímax musical/teatral que da sentido a todo lo que hemos visto, a todo lo sufrido. Eso sí, es un sentido más que discutible bajo nuestros parámetros contemporáneos, rayando la apología del sacrificio y el maltrato infantil. Aunque nos suenen muy familiares situaciones análogas, bastante parecidas de hecho, que tienen lugar entre nosotros en nuestros días, no deja de ser el reflejo de una mentalidad gestada en otro lugar y en otro tiempo. Son en definitiva otros mundos a los que podemos acceder en condiciones privilegiadas gracias a Il Cinema Ritrovato.










