La arquitectura de lo espontáneo
Somos enormes identidades en pedazos, estirados desde la persona que somos hasta la que dejamos y éramos en otro lugar.”
Luis Carlos Barragán, El gusano
Erupcja se expande más allá de la habitual esfera del cine indie estadounidense gracias al protagonismo de Charli XCX. Sin embargo, lo que podría verse como una decisión deliberada de Pete Ohs para acercar su cine a nuevos públicos resulta, en realidad, en una evolución consciente de su propio método colaborativo de realización. Esta vez, llevado a una simbiosis tan evidente que la película termina convirtiéndose en un espacio de contaminación mutua, en el que dos miradas estrictamente definidas intentan unificarse sin lograrlo completamente.
Esto resulta evidente desde el elemento más elocuente y, al mismo tiempo, más fácil de ignorar: La imagen. Aunque Ohs vuelve a ocupar el lugar de director de fotografía, Erupcja va en contravía de su imagen contemplativa, de planos amplios, equilibrados, casi pictóricos y estáticos. Esta vez, es errática, movediza, desprevenida, incluso “fea”. Una estética casi documental, en la que la accidentalidad y la espontaneidad están cuidadosamente calculadas. Es allí donde la presencia de Charli cobra relevancia como co-creadora. En Brat, y de manera todavía más evidente en The Moment, Charli ha construido una identidad artística alrededor de una contradicción: hacer que un producto altamente elaborado parezca accidental, imperfecto y vivo. Lo que parece improvisación es, en realidad, una forma muy precisa de control. Emergiendo desde esta interrelación de miradas que surge una película como Erupcja, que quiere parecer menos construida precisamente porque está muy consciente de que fingir espontaneidad transmite realidad.
En esta misma dirección, la relación de los personajes respecto al encuadre también es reveladora. Los cuerpos se mueven, hablan e interrumpen de una manera menos teatral. A diferencia de muchas películas de Ohs en las que existe la tendencia a guiar sus movimientos para encajar en un encuadre perfecto, verbalizar aquello que estamos viendo y ocupar los espacios con una constancia propia del teatro. En Erupcja sucede todo lo contrario, el espacio está vivo, la cámara no siempre sabe exactamente dónde debe estar y los personajes no esperan ni calculan, sino que habitan cada escena con una naturalidad propia de la visión artística de Charli.
Pero la contaminación entre ambos no ocurre únicamente en la forma, también aparece en la manera en que la película mira a sus protagonistas. Esto es evidente debido a la consistencia con la que Ohs construye a sus personajes masculinos. Siempre son hombres cuya identidad está profundamente atravesada por la necesidad de conexión, afecto o reciprocidad femenina, donde el amor suele funcionar para ellos como una fuerza que les otorga dirección, que los transforma o define. En cambio, sus personajes femeninos son más independientes y autosuficientes, aunque los hombres puedan afectarlas, su función jamás es buscarlos, encontrarlos o complacerlos.
Erupcja toma esa perspectiva y la lleva a un tono más radical. En ella los hombres son ignorados, empequeñecidos y hasta objetos de burla. Rob, el hombre que compra flores y Claude, están construidos para que observemos sus necesidades y demostraciones de afecto con incomodidad y vergüenza ajena. Por eso, cuando Claude dice no entender el chiste de Bethany y Nel porque “los volcanes matan personas” hay una ruptura en el tono que subraya la imposibilidad de entender la emoción con la lógica. Ese cambio produce una energía particularmente fresca, ya que, por momentos, es esa brecha la que logra expresar lo femenino desde la crueldad y el egoísmo, sin dejar de parecernos magnético e incluso deseable.
Este magnetismo se soporta en Bethany, quien aunque Ohs ha explicado que el personaje fue construido buscando que fuera lo contrario de Charli XCX. Lo que vemos es a Charli convertida en una persona común: alguien egoísta, cruel, hipnótica, caprichosa y absolutamente convencida de su propia importancia, pero sin el escenario, el público ni la estructura de la industria musical que la transforman en artista, sino, está vez, convertida en fantasía romántica. En ese sentido, la película se beneficia incluso de los rasgos del público de Charli, aquellos que Pete Ohs tampoco había explorado en películas anteriores, como la relación pasional entre dos mujeres, la fiesta y las drogas. Incluso en el diseño de créditos y transiciones en tonos estridentes y estroboscópicos, que se escapa del blanco y corte directo tradicionales del director.
Pero precisamente por eso, es que Erupcja empieza a perder fuerza cuando Bethany desaparece. No porque Charli deje de estar físicamente en pantalla, sino porque se disipa la tensión que hacía a la película interesante. Cuando el relato queda en manos de los otros personajes, el mundo que hasta entonces había sido extraño, impredecible y ligeramente absurdo empieza a volverse mucho más convencional. La película se aferra a una frase que hasta ese momento había funcionado como un chiste “los volcanes matan personas” para reorganizarse alrededor de ella. Lo que empezó como una historia sobre egoísmo, deseo y la posibilidad de encontrar significado en el caos termina acercándose a una moraleja sobre seguridad y madurez. Mientras esto sucede, Bethany, que era el centro gravitacional de la película, se mantiene ausente hasta que su resolución llega con una imagen breve y una voz en off que nos informa que pidió perdón y volvió con sus padres. El final puede resultar coherente con una preocupación recurrente del cine de Ohs: personajes que, después de haber actuado desde el egoísmo o el deseo, deben reconocer el daño causado. Sin embargo, ese regreso a una lógica moral más reconocible confirma que la colaboración entre ambos va mucho más allá del casting de una estrella pop. Charli lleva consigo una forma particular de construir la realidad a través de su apariencia de espontaneidad, y es precisamente en el encuentro entre esa mirada y la de Ohs donde Erupcja encuentra su mayor singularidad: en el lugar donde ambos dejan de poder distinguirse. Cuando esa conversación termina, también se extingue su magnetismo.








