No es sólo innegable sino también admirable la habilidad de Adrian Chiarella, en su debut en el largo, en la puesta en escena, en la construcción y el ritmo de Leviticus. La película gira en torno a una pareja de adolescentes cuya relación homosexual se trunca de modo abrupto, violento, por la represión ejercida por sus padres y por la comunidad en la que viven. Chiarella recurre con elegancia al fantástico para representar la brutalidad de esta intolerancia.
Naim ha llegado, junto a su madre, a un pueblo interior tras la desaparición del padre. Allí su madre busca confort en la iglesia local mientras él encontrará refugio en su relación con Ryan, un joven consciente de su físico y atractivo. Al poco tiempo, no obstante, habiéndose descubierto la relación homosexual de este con Hunter, el hijo del pastor, ambos son sometidos a una suerte de exorcismo con la intención de que abandonen su homosexualidad y nieguen sus instintos. Este acto a la par temible y risible parece no tener efecto pero desencadena en ambos jóvenes una reacción convulsa que se sigue de un rechazo mutuo. No obstante, Naim observará que hay algo más y que una fuerza (¿un ser?) invisible les atrae primero para atacarles violentamente a continuación.
Chiarella desarrolla la trama cuidando extremadamente de sus personajes, respetando su identidad y su intimidad y extrae un excelente resultado del cine de terror para representar la violencia homófoba. La presencia invisible irá incrementando la brutalidad de sus acciones y los protagonistas comprenderán finalmente que la maldición que han lanzado contra ellos consiste, precisamente, en inyectarles el miedo, un miedo que les arrebata su identidad, sus deseos, sus ilusiones, y que es contra esto contra lo que deben luchar.







