Con la tecnología se han ido creando orgánicamente nuevos códigos visuales y sonoros mediante internet, los móviles, transmisiones en streaming, el uso de auriculares inalámbricos… estos dispositivos y medios de comunicación implican una adaptación por parte del público a nuevas formas de contenido y distintos modos de consumirlo, pero a pesar de que todo esto forma parte de nuestro día a día, en el cine no tienen tanta presencia. Aunque hay ejemplos de películas que han explorado la incorporación de estos dispositivo al lenguaje cinematográfico, como Open Windows (Nacho Vigalondo, 2014) o Host (Rob Savage, 2020), no es algo habitual recurrir a la formas que implican, en parte debido al marcado contraste que suponen con los formatos habituales del cine. En este aspecto, la película de Eugene Kotlyarenko, Vintage Violence, destaca por abrazar plenamente las aportaciones de la tecnología e incorporarlo como parte íntegra de su dispositivo. De este modo, en la película aparecen con frecuencia las pantallas verticales de móvil que, más allá del formato, se corresponde a la exposición literal de lo que muestran dichas pantallas, con las imágenes de salvapantallas, los chats de la mensajería instantánea o aplicaciones como Google Maps. La propia premisa facilita e incluso invita al uso de estos códigos visuales, siendo el protagonista un streamer estadounidense, Carter (Cole Sprouse), quien, tras encontrar un alijo de tejanos antiguos en medio de una retransmisión en directo, una espectadora japonesa contacta con él para que este vaya a Japón y entre los dos sacar una buena tajada vendiéndolos a algún coleccionista. Varios personajes se dan encuentro en el viaje de Carter, constantemente retransmitiendo su aventura mientras en pantalla escuchamos y vemos los mensajes del chat de su streaming, dando pie al desarrollo caótico de un argumento en el que el frenesí se corresponde con una mirada consciente a la amalgama de estímulos constantes y las velocidades de la sociedad contemporánea. Un lenguaje tan contemporáneo y la narrativa tan perteneciente al presente conjuga con la mirada hacia el pasado que exhibe Vintage Violence en esos antiguos tejanos tan codiciados en el mercado nipón. Incluso en el hecho de localizar la película en Japón se integra el conflicto entre tradición y los cambios culturales inherentes al paso del tiempo, especialmente en un mundo conectado por la red cada vez más globalizado y que facilita la asimilación de otras culturas a costa de perder la identidad propia. Los excesos formales de Vintage Violence y la ecléctica narrativa se corresponden al presente más contemporáneo, abrazando la tecnología como un elemento intrínseco tanto de su argumento como de su propuesta formal, sin perder de vista el pasado del que venimos y las confrontaciones generacionales como consecuencia del cambio.






