A pesar de la infantilización o maniqueísmo (o ambas cosas) de buena parte del cine comercial, numerosos espectadores (y, desafortundamente también, representantes de los medios de comunicación) no tienen reparos en aceptarlo tal como es. No obstante, por estas mismas razones ignoran o menosprecian a gran parte del cine de animación. Cualquiera que siga de modo regular las propuestas, en largo o cortometraje, que llegan a festivales es plenamente consciente que el cine de animación no está por debajo del cine “con actores reales” en cuanto a tramas o creación de personajes. Al contrario, las técnicas de animación permiten expresar con mayor precisión ideaciones abstractas, sentimientos, preocupaciones, temores o ilusiones de cualquier personaje (más allá de hacerles volar o hablar con los animales, según la idea preconcebida de lo que contiene una película de animación… que no es poco).
El esfuerzo de décadas, los grandes presupuestos y los acuerdos con distribuidoras han permitido que Disney y Pixar sean considerados de modo especial y consigan atraer a las salas (y a las plataformas) a un público que va más allá del infantil y de los progenitores correspondientes. Deja de ser la misma situación en el caso del anime, a pesar de que su fama en Occidente se disparase con los premios recibidos por El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, Hayao Miyazaki, 2001) limitándose su expectativa comercial a una franja de público que no basta para satisfacer las ansias del mercado de la exhibición. Es semejante la situación de las productoras más pequeñas (en relación a las referidas Disney o Pixar) como Aardman o Laika, las cuales, a pesar de sus repetidos éxitos de animación en 2D, deben esforzarse mucho, a nivel artístico y comercial, por alcanzar al gran público.
Tanto por este motivo como por su excelente calidad debemos felicitarnos de que Studio Laika estrene Wildwood, premio del público en el reciente festival de Sitges. Wildwood es una auténtica apuesta del estudio que nos trajo Los mundos de Coraline (Coraline, Henry Selick, 2025), El alucinante mundo de Norman (Paranorman, Chris Butler, 2009) o Kubo y las dos cuerdas mágicas (Kubo and the Two Strings, Travis Knight, 2016). Wildwood sigue las aventuras de la joven Prue y su amigo Curtis cuando se adentran en un bosque mágico e impenetrable en pos de Mac, el pequeño secuestrado por una banda de cuervos. Con más de dos horas de duración, Wildwood resulta un alarde de animación stop motion(con 136 decorados y 231 marionetas) que capta la atención del espectador no sólo por su ritmo frenético y la combinación genérica de comedia y aventuras sino por un extraordinario esfuerzo artesanal. La animación recoge impecablemente los movimientos y gestualidad de los personajes (y provocan la simpatía o el rechazo del espectador hacia cada uno de ellos) a la par que ilustra con precisión el mundo, los mundos, por los que transitan. No sólo hay un claro desarrollo de los protagonistas, como ya sucedía en obras anteriores del estudio, sino que en esta ocasión los personajes centrales son muchos y más variados. Los movimientos corporales y faciales de los muñecos permiten definir con acierto la expresividad de la inocencia de Prue y Curtis, las posturas apacibles de los hippies o el rostro enloquecido de Alexandra, evolucionando de una falsa suavidad a una crueldad implacable. Pero, más allá de los humanos, el equipo de animación consigue reflejar el miedo o la rabia en buena parte de los animales, pájaros (la nobleza del búho o el arrojo del águila), osos y perros o, especialmente, de los coyotes (en los que los autores se permiten reflejar furia o temor, según el personaje). Completando la imagen en primer plano, los fondos no se limitan a bellos escenarios estáticos sino que son atravesados frecuentemente por diversos personajes que aportan vida y toques de humor a la historia. Por otro lado, la captación del movimiento de personas u objetos es tan acertada y brillante, que imprime naturalidad, realidad, a la historia, sean los saltos de la bicicleta o del camión postal, la actitud de tensión de los coyotes antes del ataque, el vuelo rasante del águila sobre el agua o el súbito, mortífero, crecimiento de la hiedra.
Travis Knight, copropietario del estudio y animador, se luce en su papel de director, dando a Wildwood una identidad propia. Aunque la trama (basada en el libro infantil Las crónicas de Wildwood de 2011 de Colin Meloy, ilustrado por Carson Ellis y con guion de Chris Butler, que fuera director de Paranorman) de dos adolescentes que se enfrenten a un peligro desconocido en un mundo fantástico tiene evidentes connotaciones con los relatos de Narnia (muy especialmente en el tramo final), el director de Kubo y las dos cuerdas mágicas otorga a su nueva obra una identidad única. Ciertamente, veremos referencias a Frankenstein u otras historias clásicas de terror o, directamente, a Los pájaros (The Birds, Alfred Hitchcock, 1963), entre muchas otras. Pero, ciertamente, el resultado es único y posiblemente la cinta en su conjunto y determinadas secuencias (la vertiginosa persecución en bicicleta tras la bandada de cuervos, el lento movimiento de la burocracia en la casa del gobernador, el vuelo del águila, la fuga de las jaulas o la batalla multitudinaria) pasen a ser referentes cuando se hable de animación o, directamente, animación o no, de cine de aventuras. Cine stop motion y cine en mayúsculas.






