Ted Lasso, de Bill Lawrence, Joe Kelly

Comprender al otro exige reconocer su historia; narrarlo exige no traicionar aquello en lo que esa historia lo ha convertido.

Epígrafe original inspirado en la fenomenología de la empatía de Edith Stein y la identidad narrativa de Paul Ricoeur.

Ted Lasso logró, desde su primera temporada, conectar con la audiencia de una manera tan profunda que sus espectadores nunca se limitaron al nicho de los aficionados al fútbol. Aunque este deporte constituye el centro de su universo narrativo, la serie encontró una audiencia mucho más amplia y heterogénea porque aquello de lo que realmente hablaba, y la manera en que lo hacía, trascendía cualquier deporte o profesión. En el fondo, Ted Lasso era una historia sobre los estereotipos: sobre nuestra necesidad de clasificar a los demás, sobre la facilidad con la que confundimos las apariencias con la identidad y sobre la posibilidad de descubrir algo más en las personas, únicamente creyendo en ellas.

En su primer episodio, los personajes son presentados a través de categorías reconocibles, casi caricaturescas, que los reducen a un estereotipo. Sin embargo, a lo largo de las tres primeras temporadas, Ted no solo enseña a quienes lo rodean a cuestionar esas clasificaciones, sino que la propia serie hace lo mismo con sus personajes. Su estructura narrativa reproduce la filosofía de su protagonista: mirar más allá de lo evidente, reconocer las contradicciones de cada individuo y concederle la posibilidad de transformarse.

Esto sucede con personajes como Keeley, quien pasa de ser una mujer cosificada a reivindicarse como una empresaria. Pero también ocurre en las relaciones más incómodas y moralmente ambiguas de la serie: en la evolución de Nathan o incluso en la relación del Coach Beard con Jane. Ted Lasso se permite resolver estas situaciones con finales no previsibles, al decidir que una relación tóxica no necesariamente termina con una ruptura sino en matrimonio o que alguien obsesionado con la fama y el poder puede ser perdonado y amado por aquellos a quienes traicionó. Esto permite que los personajes no estén condenados a ser reducidos por su peor decisión o por el papel que aparentemente estaban destinados a desempeñar. Logrando predicar la empatía, a través de una estructura narrativa dispuesta a practicar la filosofía de su protagonista.

Sin embargo, la cuarta temporada reinicia la historia con una aparente inconsiencia de este enfoque y estructura. Su planteamiento introduce nuevos personajes, nuevos desafíos y un nuevo equipo, conservando un universo familiar que intenta reconstruir la estructura de la primera temporada, pero cuando antes partia de personajes arquetipicos para revelar su complejidad, esta vez la temporada recorre el camino inverso: Toma personajes y situaciones que ya habían adquirido profundidad y los devuelve al estereotipo. Como la elección de un entrenador masculino para un equipo femenino, que termina resolviendose con que una mujer sea la entrenadora.

Algo similar sucede con el Coach Beard. Durante las temporadas anteriores, su extrañeza, silencio y comportamiento imprevisible constituían una parte esencial de su identidad. Era un personaje que parecía esconder un universo entero detrás, pero en esta temporada, su construcción se reduce a la preocupación por envejecer que únicamente se explora a través de lentes de contacto, cambios de ropa y aretes.

Esto genera una sensación de que quienes están más interesados en continuar la historia son quienes más se benefician de ocupar su centro: Jason Sudeikis, Brendan Hunt y Brett Goldstein, cocreadores de la serie y figuras fundamentales de su elenco. Lo cual se confirma en la extraña decisión narrativa de que a pesar de que Ted regresa al Richmond y trabaje en sus instalaciones, durante toda la temporada sólo se encuentre con Roy y Beard, sin que exista un acercamiento con los otros jugadores con los que las temporadas anteriores nos habían enseñado que había una conexión que permanecería.

La aparición episódica de Jamie Tartt refuerza esa impresión. Su caracterización vuelve a apoyarse en rasgos tan estereotípicos como los de sus primeras apariciones, como si la evolución que experimentó a lo largo de las temporadas anteriores hubiera sido olvidada. Lo mismo ocurre con los demás jugadores, reducidos a una aparición fugaz en las gradas, o con Nathan, cuya presencia se limita a reactivar durante unos minutos la dinámica de los Diamond Dogs. Son personajes que regresan para protagonizar una despedida acelerada para dejarlos definitivamente en el olvido. Incluso, otros como el Dr. Jacob quedan deliberadamente fuera, confirmando que la historia no continúa en realidad sino que desecha todo aquello que cree ya no necesita, sin tener en cuenta la memoria emocional del espectador, pero contradictoriamente depositando toda la confianza en su nostalgia.

Esto también tiene consecuencias en el tono y ritmo. En las tres primeras temporadas, la ternura convivía con la tristeza, la incomodidad, la rabia, la incertidumbre y el fracaso. La positividad de Ted no eliminaba el dolor de los demás ni garantizaba que las cosas terminaran bien. A veces, su optimismo era insuficiente; otras, incluso resultaba contraproducente. Esa tensión permitía que los momentos luminosos tuvieran un peso emocional real. Pero en la cuarta temporada, todos los capítulos cierran con gestos de unión, reconciliación y optimismo, como si la serie ya no estuviera dispuesta a permanecer demasiado tiempo en el conflicto.

Es precisamente esa pérdida de rigor la que debilita otro de los grandes logros de las primeras temporadas: nuestra implicación en el fútbol como experiencia dramática. Aunque el espectador no conociera las reglas del juego o no tuviera particular interés en el deporte, la serie conseguía transmitir la importancia de cada partido. Sabíamos qué significaba para el equipo cambiar de estrategia, qué implicaciones tenía que Ted se sintiera perdido o por qué una victoria representaba algo más que un resultado en el marcador. El fútbol no era un mero escenario; era el mecanismo mediante el cual los conflictos personales adquirían consecuencias concretas. Pero la nueva temporada, en cambio, parece conformarse con señalar superficialmente las dificultades económicas de una liga femenina de segunda división y las precariedades de sus jugadoras. Todas parecen enfrentarse a problemas financieros, pero esos conflictos no siempre se traducen en detalles coherentes, como sucede con la portera que se viste con prendas tan costosas y cuidadosamente elegidas como las de Keeley, pero después descubrimos que tiene un automóvil viejo y deteriorado.

Es como si la serie conservara las herramientas emocionales de su protagonista, pero se hubiera olvidado del trabajo narrativo necesario para que esas herramientas produzcan resultados creíbles. Al final, lo que queda son los momentos sensibles, motivacionales y tiernos que convirtieron a Ted Lasso en una serie tan querida. Pero esos momentos, despojados de las contradicciones y las consecuencias que antes les daban significado, terminan funcionando como ecos de una emoción pasada. La nostalgia ocupa el lugar de la transformación y la empatía, que en su comienzo fue una práctica narrativa exigente, para convertirse en una promesa de reconciliación casi automática.

Quizá la mayor contradicción de esta cuarta temporada sea esa: una serie que nos enseñó a desconfiar de las primeras impresiones parece confiar demasiado en la imagen que ha construido de sí misma. Ted Lasso nos convenció de que siempre había algo más detrás de cada personaje, de que las personas podían sorprendernos y de que la bondad solo adquiría sentido cuando estaba dispuesta a enfrentarse a la complejidad del mundo. Pero ahora, la serie que nos enseñó a desechar los estereotipos, se convierte en uno. Cuando los personajes dejan de transformarse, los conflictos se resuelven antes de adquirir verdadero peso y la ternura se convierte en una respuesta universal, lo que alguna vez era una historia sobre la posibilidad de cambiar corre el riesgo de quedarse estancada.

Recibe nuestra newsletter

Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.