El arte de la contención, el sigiloso torbellino

Muy al inicio de Carol se nos presenta la cotidiana, aburrida y, ya intuimos, quizá incluso antes que ella misma, poco autorealizada vida de nuestra joven protagonista, Therese. En concreto me refiero a una escena en la que, ya dentro del flashback que es casi todo el filme tras conocer a quien la va a sacudir, aunque parezca incongruente, como un sigiloso torbellino, la vemos acompañada de unos amigos, disfrutando de una película desde la cabina de proyección. En la escena, uno de ellos se mofa de otro de los presentes: ha visto la película… ¡seis veces! Ese otro se explica: quiere estudiar la diferencia entre las imágenes y los diálogos del guión, porque “lo que se dice no es lo que piensa”. Aparentemente intrascendente y ubicada exclusivamente para presentar a una Therese arrastrada por su entorno, esta escena es, en verdad, la base de la obra de Haynes.

Porque Carol se construye a base de miradas, de gestos. De sinuosos y provocativos andares. Nada más… Y nada menos.

Carol de Todd Haynes

Una señora, una dama con bagaje, con estilo, sofisticación y altanería, que ya ha hecho el dificilísimo trabajo de descubrirse y aceptarse a sí misma, aunque sus actos vayan en contra de unas normas sociales que la consideren “de moral cuestionable”. Una dama que toma decisiones sabiendo sus consecuencias. Y que reconoce sus errores pero, lejos de arrepentirse, hace todo lo posible por enmendarlos. Una dama, en definitiva, con la experiencia del que sabe lo que quiere cuando lo ve.

¿En contraposición? Una chica aún inocente, sin personalidad definida, que se deja llevar, quizá no tanto por no saber qué quiere sino por no sentir el ímpetu de ahondar en la curiosidad innata que desprenden sus emociones. Quizá es pereza, quizá es miedo al fracaso. Quizá es falta de guía. En cualquier caso, Therese no se permite saber lo que quiere cuando lo ve. Por muy evidente que sea. Por muy sutilmente que se nos presente.

Dos mujeres que se encuentran, que se atraen, que se desean. Dos personas que se complementan.

Carol se desarrolla al más puro y clásico estilo melodramático: miradas que expresan amor, miedo, desesperación o ternura. Silencios. Y conversaciones que dejamos de oír o, mejor dicho, que traducimos de manera instantánea al ver los primeros y primerísimos planos de sus dos protagonistas. Eso cuando se permiten esos primeros planos, y centrados, en el encuadre. Porque Haynes jugará desde el inicio de su Carol precisamente con esos encuadres y posición de cámara. Es esta estudiada mirada la que faculta al director para exprimir las páginas de la otrora censurada novela de Patricia Highsmith. Encuentra en el juego de la sutilidad, reflejado incluso en los movimientos de Carol, y en la complicidad de sus dos actrices protagonistas, el tono del filme. Un tono que nos lleva a rememorar esa gran película que ya fue Lejos del cielo (Far from Heaven, 2002), en la que Haynes exploraba también la sexualidad de la mujer, centrándose en los prejuicios sociales, y racistas, en unos años cincuenta en los que la presión social era capaz de acallar cualquier deseo o insatisfacción por miedo a represalias. En Carol vuelve a los años cincuenta, vuelve a los prejuicios y a destacar la libertad sexual de la mujer, pero, aun con igual perfección clasicista, el director busca una reacción muy distinta en el espectador. Porque si en Lejos del cielo tanteaba hacer reaccionar al espectador contra la injusticia de ser dominado por los demás, aquí, sin embargo, quiere que nos olvidemos, directamente, de que se describe explícitamente el amor entre dos mujeres. Quiere que la historia fluya, que comprendamos lo que hace un marido enamorado por recuperar a su esposa, no un marido desairado o rabioso por lo que su mujer está haciendo con otra mujer. Quiere, y lo consigue, con un filme mucho menos azucarado emocionalmente… Es por esto que las escenas más explicativas en torno al tema de la homosexualidad (cuando Therese pregunta a su novio si alguna vez se ha sentido atraído por un hombre, por ejemplo), más que aportar a la historia nos sacan de ella. Y aunque no pueden obviarse porque son precisamente esas preguntas las que llevarán a Therese a madurar, encontrase a sí misma y a valorar como propios sus deseos, son tan evidentes que desmerecen lo conseguido por Haynes a nivel visual para hacernos llegar al gran público la novela de Highsmith.

Carol de Todd Haynes

Porque hablaba de encuadres. Y es muy curioso observar cómo ellas no son el centro del plano cuando están haciendo o diciendo cosas que no se corresponden con su yo, con sus necesidades y anhelos, con sus verdaderos pasiones. En cambio, cuando pueden expresarse como ellas quieren y no como el entorno (o sus miedos en el caso de Therese), Haynes opta por acercarse a sus protagonistas de forma directa, mostrando la importancia de sus deseos, y de sus acciones para conseguirlos: situándolas en el centro de la pantalla. Estos planos más directos evolucionarán a lo largo del filme, porque al inicio pocas veces se plantea a las dos mujeres, juntas o por separado, como centro del encuadre. Más adelante, con el colofón del plano de la fachada de una cafetería en la que Therese se apoya a leer una carta de Carol, todos los planos serán ya de este estilo: no hay que esconderse, podemos visualizar no únicamente toda la escena sin marcos de puertas o ventanas que nos impidan ver un tercio de la pantalla. No se duda. Saben, las dos, lo que quieren, y lo demuestran. No como Therese en la escena de su primer encuentro.

Carol de Todd Haynes

Una escena tan tensa como bella, en la que Haynes opta, como decíamos inicialmente, por mostrar la naturalidad del encuentro. Una escena que a muchos nos lleva a pensar en otra escena de encuentros, y en concreto en la más famosa de la criticada por su excesivo estilismo, Un hombre soltero (A Single Man, Tom Ford, 2010), película muy similar a esta tanto en la historia como en la importancia de una banda sonora que se combina con las imágenes como si de otro personaje se tratara. Para la presentación, el choque, entre el maduro profesor protagonista y el apuesto joven Carlos en una gasolinera de Un hombre soltero, Ford optaba por mostrar a base de montaje de primeros planos de los labios del joven los pensamientos del hombre maduro, evitando así la sutilidad del momento que sí busca Haynes, que prefiere mantener la distancia con respecto a sus protagonistas, para que el espectador deba fijarse en ellas y sus expresiones, con un resultado, por el juego que conlleva, mucho más intenso que el conseguido por Ford. Pero la comparativa entre los dos filmes no se limita a esta escena: en uno la mujer madura es la que atrae a la joven dependienta. En el otro, es el joven el que intenta captar la atención del perdido protagonista. A su manera, invertidos los sexos, invertidas las edades, los dos filmes nos hablan de lo mismo: cómo sus protagonistas se encuentran a sí mismos cuando se dejan ayudar por otras personas, cuando confían en otros y empiezan a cuestionar su miedo por el qué dirán.

Más allá de las interpretaciones, la perfección conseguida por Haynes en su puesta en escena, retrato milimétrico del momento social de la América de los cincuenta que nos lleva a pensar en casi cualquier retrato de Edward Hopper, se muestra también y claramente en la presentación de la personalidad de las dos mujeres a través de su imagen, que se hace evolucionar hasta llegar a ese magnífico plano en el que los labios de Therese, pintados de rojo, hablan por ella misma. Un rojo constante en Carol, que no varía su llamativo pero elegante vestuario, reflejo de una personalidad marcadísima por la que el espectador, hombre o mujer, se ve tan abrumado como atraído. Y, como ya decíamos al inicio, esa es la invencible baza de Haynes, que consigue que Carol siga creciendo en el interior del espectador tras su visionado.