Jennie (Portrait of Jennie, William Dieterle, 1948)

Jennie; entre la realidad y la leyenda

Revista Griffith.- ¿Por qué le gustaba tanto Jennie?

Buñuel.- Porque es la entrada a un mundo maravilloso en el que nada se explica, por fortuna…

Reencuentro con Luis Buñuel, en el año de su muerte. Entrevista de Juan Cobos y Gonzalo S.J. de Erice. Griffith revista de cine. Madrid, octubre, 1965, nº 1, pág. 16.

David O´Selznick, uno de los grandes productores del cine norteamericano, decide, al quedar fascinado por un extraño y romántico relato publicado a principio de los años 40, por el escritor neoyorkino Robert Nathan, comprar los derechos para el cine.

Este productor todoterreno, que había sobrevivido a pruebas cinematográficas como la compleja producción de Lo que el viento se llevó (Gone the Wind, 1938. Victor Fleming) o de Duelo al sol (Duel at the Sun, 1945. King Vidor), encargará el guión al gran guionista Ben Hecht y la dirección al germano William Dieterle. Con este último había trabajado en Desde que te fuiste (1944. John Cromwell), Te volveré a ver (I’ll Be Seeing You, 1944) o Duelo al sol. Jennifer Jones también habia participado en anteriores producciones de Selznick, de hecho era por entonces su esposa.

William Dieterle (1893-1972) es sin duda alguna uno de los directores más destacados de los numerosos que salieron de la Europa de los años treinta para continuar su trabajo en América.

Con un contrato de la Warner Bros. bajo el brazo y el aval de una carrera de éxito desde los años 10 como actor de teatro (entre otros con el prestigioso director germano Max Reinhardt), director y guionista de cine, se introduce en el monstruoso engranaje de los estudios de Hollywood donde trabajó sin parar durante las siguientes décadas.

Director para el gran público, cuya carrera se amolda a las exigencias de los grandes productores con los que trabajó en la Warner, Paramount, Metro, RKO, o David O´Selznick. Sin embargo, tiene en su filmografía algunas perlas que nos dan muestra de que no sólo era un director eficaz sino también, en algunos momentos, brillante. Jennie, es quizás, la mejor prueba de ello.

La historia de Jennie trata de la recuperación de la inspiración a través del amor.

Eben Adams, un pintor pobre y en crisis creativa (Joseph Cotten) conoce un día de invierno en Central Park a una niña llamada Jennie Appleton (Jennifer Jones) que canta una extraña canción de otro tiempo. Jennie le pide que le espere mientras se da prisa por crecer y que le pinte un retrato. Mientras tanto Eben descubre que Jennie viene de una época pasada. Jennie se hace mujer y Eben termina su retrato. Ambos prometen no separarse nunca pero el destino de Jennie será otro y en un paseo en barca se desata una violenta tormenta y desaparece. Su cuadro termina expuesto en el Museo Metropolitan de Nueva York.

El tiempo y el espacio, el pasado y el presente, la vida y la muerte se entrecruzan. «Nada muere, todo cambia —dirá Jennie—. Hoy es el pasado de otro tiempo».

El personaje de Jennie es atemporal, una aparición, un fantasma de otro tiempo. ¿Está sólo en la mente de Eben?. Quizás… Todos querríamos creer que es un ser real, posible…

Jennie es una película de «atmósfera». Contribuye a ello la magnífica fotografía de Joseph H. August, que muere al final del rodaje siendo sustituido por Lee Garmes. La película tiene una de las mejores fotografías en blanco y negro, con un marcado contraste de luces y sombras y la utilización en algunas secuencias de una luz difusa que resalta la irrealidad de la historia, la atemporalidad de las localizaciones y la figura extraña y evanescente de la protagonista.

La música es también fundamental para entender esa «atmósfera» de Jennie. Las notas de Preludio a la siesta de un fauno de Claude Debussy que acompañan las apariciones del personaje de Jennie, constituye un adecuado fondo sonoro a la historia ya que refuerzan aún más la sensación de que ésta se escapa en cada minuto, de que es intangible.

La canción de Jennie, compuesta por el prolífico músico Bernard Hermmann, habitual de las películas de Alfred Hitchcock, ayuda a reforzar ese tono romántico y de misterio de la película, su letra es una de las más misteriosas y sugerentes escritas para el cine; «De donde venimos nadie lo sabe. A donde voy, todo va. El viento sopla, el mar se agita…nadie lo sabe».

La planificación de la películas se realizó tanto en interiores (casa de Eben Adams/galeria de arte/convento) como en exteriores (Central Park-Manhattan/faro/exteriores del convento). En los exteriores se producen los primeros encuentros de los dos protagonistas, en un Central Park atemporal, invernal, solitario. En un exterior (el del faro del fin del mundo) se produce la desaparición final de Jennie. El primero es un encuentro suave, delicado, casi irreal. La escena del faro es brusca, potente y violenta. En el primero los dos mundos se encuentran, se tocan por primera vez, Jennie es aún una niña, en el último, ambos se separan, Jennie ya es una mujer, es la imagen madura que Eben plasma en su cuadro. Será también el escenario en donde Jennie muere arrastrada por las olas que se estrellan contra el faro del fin del mundo.

Todo un largo desenlace, en donde Eben y Jennie son atrapados por una devastadora tormenta, que le valió al equipo de efectos especiales el Oscar en la edición de ese año.

Es destacable el maravilloso trabajo de los actores. Joseph Cotten, sobrio y siempre efectivo, tiene en Jennie una de sus más logradas interpretaciones, Jennifer Jones, actriz correcta, encarna a una Jennie tierna y misteriosa, mientras que Ethel Barrymore y Lilian Gish, dos de las grandes actrices secundarias del cine americano, vuelven a hacer de su trabajo un lujo y un placer para el espectador.

El principal elemento de la película es el cuadro de Jennie. No sólo le da título a la película, —Portrait of Jennie (Retrato de Jennie), es su título original—, a través de él se filtra la relación amorosa entre Eben (Joseph Cotten) y su musa (Jennifer Jones). Es el nexo de unión entre los dos personajes, entre el pasado de Jennie y el presente de Eben. Spinney (Ethel Barrymore) al ver los primeros dibujos de Eben le dice:«No hay un asomo de amor en estos». Sin embargo al contemplar el cuadro terminado le comenta: «Por fin encontró lo que estaba buscando»…

El que la historia gire en torno a un cuadro ha sido siempre un recurso cinematográfico de gran potencia narrativa por su alto nivel de fascinación. La mujer del cuadro (The Woman in the Window, 1944), maravillosa película de Fritz Lang, Laura (íd., 1944) la obra maestra de Otto Preminger o El retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray, 1945) de Albert Lewin adaptación de la magnífica novela de Oscar Wilde, son algunas de las que utilizan este recurso.

A pesar de que el atrayente eslogan comercial de Jennie rezaba «La más tierna y aterradora historia de amor jamás contada», la película no fue lo suficientemente atractiva para un público que no entendió esta rareza dentro de la producción americana de finales de los años 40. Fue un rotundo fracaso comercial y tampoco fue bien entendida y acogida por la crítica. Esto desencadenó una fuerte crisis en la productora de David O´Selznick tocada ya de muerte por el fracaso anterior de El proceso Paradine (The Paradine Case, 1947) de Alfred Hitchcock.

A pesar de ello, Jennie es, hoy en día, un referente para algunos cinéfilos y una pequeña joya que está aún por descubrir y reivindicar como una de las grandes películas de la historia del cine mundial.

Película extraña, misteriosa, evocadora, en donde se da esa única conjunción de magia y perfección artística que ocurre pocas veces en el cine. Quizás Vértigo (Vertigo, 1958) de Hitchcock y El fantasma y la señora Muir (The Ghost and Mrs. Muir, 1947) de Mankiewicz sean otros ejemplos de que a veces el cine trasciende el tiempo, se funde con él. Los personajes están vivos pero están muertos, son una sombra, un fantasma, una proyección de luz y el amor es lo que sirve de nexo de unión entre esas dos irreconciliables fases del tiempo.

El tiempo de la ficción se confunde con el tiempo real, los cómputos y las estructuras narrativas se fragmentan, lo que parece real, no lo es. Todo es magia, la esencia del cine…

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