Historia del último crisantemo

Historia del último crisantemo, también conocida por los títulos españoles de Historia de un crisantemo e Historia de los crisantemos tardíos, es una extraordinaria película e, históricamente hablando, una de las primeras obras de plenitud de Kenji Mizoguchi. Primera entrega de una trilogía de films sobre el mundo del teatro japonés —cuyos siguientes eslabones, Naniwa onna [La mujer de Naniwa, 1940] y Geido ichidai otoko [La vida de un actor, 1941], se encuentran por desgracia dentro del importante cupo de obras desaparecidas de su autor—, Historia del último crisantemo se centra en los esfuerzos por conseguir el éxito de un joven actor de finales del siglo XIX, Kikunosuke (Shotaro Hanaya gi) adoptado por una familia de prestigiosos intérpretes del Kabuki, los cuales le repudian porque le consideran un mediocre, y cómo al final logra ganarse la estima de aquéllos y del público gracias al apoyo emocional de su esposa, Otoku (Kakuko Mori).

Como en muchos de los grandes títulos de su realizador (Vida de Oharu, mujer galante [Saikaku ichidai onna, 1952], Cuentos de la luna pálida de agosto [Ugetsu monogatari, 1953], El intendente Sansho [Sanshô dayû, 1954], La emperatriz Yang Kwei Fe [Yôkihi, 1955]), la película es el retrato desgarrado del sacrificio de una mujer que brinda incondicionalmente su amor para salvar al hombre que ama. Maslo relevante reside en su bellísima descripción de las dramáticas vicisitudes de la pareja protagonista, que tienen que luchar contra la incomprensión, la miseria, el rechazo y la soledad más absolutos en el contexto de un mundo que es presentado, asimismo, como un gigantesco escenario teatral en el cual se representa la más dolorosa de las tragedias. El sentido estético de Mizoguchi brilla aquí en todo su esplendor, convirtiendo cada secuencia, casi cada plano, en una refinadísima conjunción de elementos dramáticos y belleza visual, que transforman la narración en un caudal de inagotables sugerencias. Resulta imposible explicar en tan poco espacio cuánto hay de maravilloso en esta grandiosa película, pero vale la pena retener la maestría de los movimientos de cámara —las panorámicas y grúas por el decorado del teatro, el largo travelling que acompaña el primer paseo nocturno de Kikunosuke y Otoku— y una memorable secuencia final, arrebatadora y exuberante, en la que la fiel Otoku agoniza y Kikunosuke, consagrado por fin como gran actor en olor de multitudes, preside un suntuoso desfile de actores del Kabuki que baja por el río en enormes piraguas, mientras la verdadera responsable de su triunfo muere escuchando el clamor en torno a su enamorado.


© Tomás Fernádnez Valentí. Publicado originalmente en Dirigido por… nº 240, diciembre 2004.