Carlos

Chacales

Hacen falta muchas películas para explicar el trayecto que sigue una revolución desde la fase expansiva, virulenta, panfletaria que Godard reflejaba en La chinoise (J. L. Godard, 1967) y en su época Vertov a la fase de desesperanza o melancolía que revisan Les amants reguliers (P. Garrel, 2005)  o Soñadores (The Dreamers, 2005 B.  Bertolucci). Hay demasiadas sombras, demasiados vacíos, en la revisitación cinematográfica de la revuelta (que no revolución), de los roaring seventies. Una revisión inaceptablemente olvidada por los cineastas europeos de este siglo salvo excepciones —Buenos días, noche, (Buongiorno notte, M. Bellocchio, 2003)—, muy honrosas excepciones —El abogado del terror, (L’avocat de la terreur, B. Schroeder, 2007).

Se trata de hecho de una revuelta nunca concluida que, en los tiempos que co