Una mala campaña publicitaria puede arruinar una película. Un tráiler que promete mucho más de lo que la película ofrece o, como en el caso de La bruja: Una leyenda de Nueva Inglaterra (The VVitch: A New-England Folktale; Robert Eggers, 2016), que promete lo que no es, provoca un malestar mayor que una mala película. No hay que subestimar el poder de la predisposición. La predisposición es autosugestión al fin y al cabo, y el debut en el largo de Robert Eggers, o mejor dicho, su manera de venderse, nos prepara para una de esas “sensaciones” terroríficas del año. Nada que ver. Quien espere un festival de sobresaltos o terminar con las manos doloridas de tanto agarrarse al reposabrazos —o al compañero más cercano— puede y debe dar media vuelta. La bruja NO es una película de terror. Punto. Quizá a Eggers se lo parezca, quizá también a los productores, y desde luego es lo que parece desde su teaser, tan efectista, tan histérico. Pero el teaser tiene trampa; encierra en minuto y medio los únicos elementos que conectan el film con el cine de horror. La experiencia de La bruja hubiera sido muy diferente no esperando nada de ella, o esperando lo que su subtítulo original propone, A New-England Folktale (“Un cuento popular de Nueva Inglaterra”).

la bruja

Eggers, cuyo primer trabajo fue una adaptación, en clave de corto expresionista, muda y en blanco y negro, de Hansel y Gretel (íd.; Robert Eggers, 2007), da muestras de su pasión por el folklore americano y centroeuropeo, conoce el terreno, tiene la capacidad de convertir el objetivo de la cámara en una fascinante máquina del tiempo. Otros acentos, otros lugares, inglés del siglo XVII para el drama de una familia caída en desgracia y expatriada en el corazón de un bosque tenebroso donde moran el olvido, las brujas y todas las leyendas y los mitos que acongojaban a los temerosos de Dios. El retrato antropológico es soberbio. No hay localizaciones mejores que las que Eggers ha elegido, no hay actores más adecuados para los personajes que ha imaginado. Rostros ajados por el hambre y la autoflagelación, niños-viejos cantando rimas que se pierden en la noche de los tiempos. Porque en La bruja siempre es de noche, aunque sea de día. La bruma lo rodea todo, es opresiva, angustiante. Los personajes viven rodeados de lo que ellos mismos llevan dentro; oscuridad al final del túnel, amargura, indefensión ante los severos designios del Señor.

Eso es La bruja, el material del que está hecho el fanatismo religioso. El mismo que impregnaba Réquiem (Requiem; Hans-Christian Schmid, 2006), la dramatización de la historia de Anneliese Michel, que un año antes había sido retorcida por Hollywood para El exorcismo de Emily Rose (The Exorcism of Emily Rose; Scott Derrickson, 2005). Pero nadie vendió Réquiem como la nueva El exorcista; nadie hizo pasar su carácter realista y austero por una sucesión de vómitos verdes y apariciones demoníacas. Y nadie se evadió de lo importante por mantenerse alerta, a la espera del giro horripilante. A su manera, lo que se contaba en la cinta de Schmid, lo que se cuenta en la de Eggers, ya es lo suficientemente horripilante. Tanto como el afán de ciertos señores por hacer taquilla, caiga quien caiga. Los que han conseguido que La bruja pase a la historia como “aquella de terror” que no tenía ritmo, ni intensidad, ni desde luego “terror”, en vez de una pequeña rareza de culto que nos llevó durante 80 minutos a 1630, al núcleo de la histeria evangélica en un “Nuevo Mundo” demasiado viciado por los usos y costumbres del viejo.