James Wan abrió un mundo nuevo al cine de terror con Silencio desde el mal. Después vinieron Insidious y su secuela y Expediente Warren: The Conjuring, título que siempre me recuerda a esta canción, de letra también un tanto terrorífica. Con cada nueva película parece que no podrá aportar mucho más al género, y sin embargo no nos queda otra que rendirnos ante su capacidad de innovar y sorprender. En la segunda parte de las aventuras paranormales del matrimonio Warren podemos disfrutar otra vez de sus espléndidos movimientos de cámara: por ejemplo el plano secuencia que arranca desde la calle y entra por la ventana de la casa y se da una vuelta por las habitaciones que no por ya visto cien veces deja de ser espectacular; también los planos cenitales que se repiten cada vez que los personajes se acercan al sótano, de forma cada vez más dramática. No sorprende, pero sigue cautivando, su empleo de la profundidad de campo y el fuera de foco, destacando el hipnótico plano fijo de Ed Warren interrogando al espíritu que mora en Janet. No faltan los sustos, si no elegantes, lo suficientemente trabajados como para poder criticar ciertos efectismos puntuales, ni la creación de iconos terroríficos, como el demonio encarnado en la figura de una monja con cara de pocos amigos. También repite la construcción de algunos momentos dignos de puro terror, como la sombra del demonio que aparece caminando repentinamente en la pared para transmutarse en el interior de la habitación y que remite a la figura que paseaba por la terraza con idéntico resultado en Insidious. Es más llamativa la destrucción de ciertos clichés (aquí todo el mundo ve los fenómenos paranormales, los entes malignos —la hija de Ed y Lorraine ve al demonio, y cuando pensamos que al mirar Lorraine habrá desaparecido, por supuesto, sigue allí; la madre de Janet ve moverse el mueble del cuarto cuando parecía que no iba a creer a sus hijas visiblemente aterrorizadas), que crea una sensación de desubicación, dejándonos indefensos, fuera de territorio conocido y en esa incertidumbre, por tanto más expuestos a la sorpresa, o lo que es equivalente en una película de terror, a sentir miedo: a lo desconocido. También es innovadora la inclusión de ciertos componentes melodrámaticos (brillante la secuencia donde Ed canta por Elvis con la guitarra en el salón, con un montaje paralelo intermedio que también tiene su aquél; también el simétrico plano-contraplano cercano al final en que el matrimonio protagonista se separa, que derrocha maestría con una sencillez que apabulla) que dimensionan a los personajes de forma que mientras en otras películas terminaban siendo meros vehículos para el solaz del espectador mediante la liberación del terror, ahora resultan tener también sus propios sentimientos y encauzan la historia por otros derroteros de modo que, por una vez, el terror no tiene tanta importancia en la ecuación. Y eso también da miedo. Casi tanto como que Wan vaya a dirigir Aquaman.