Hay películas que se disfrutan, otras que se degustan y algunas de las que, lamentablemente, nos arrepentimos de haber visto. Algunas nos impactan, nos arrebatan, nos entusiasman y salimos del cine con la imperiosa necesidad de proclamar a los cuatro vientos su grandeza, reivindicándola y apostolizando su visionado. Otras funcionan como cargas de profundidad y dejan un “retrogusto” que nos va impregnando la corteza cerebral a medida que pasan los días. Hay, no obstante, otro grupo. Aquellas obras a las que nos enfrentamos. Películas que no sabemos si tomarnos en serio o en broma. Obras que son demasiado complejas como para etiquetarlas, a la ligera, de malas o insuficientes y que nos ofenden por producirnos sensación de inferioridad. Obras que se esfuerzan en agredir al espectador, a violentarle, a desafiarle. Obras deliberadamente simbólicas o herméticas que retan nuestra capacidad de comprensión. Obras que parecen obcecarse en alejarse del espectador… Son algunas de las películas de directores como Terry Gilliam, Guy Maddin, Gaspar Noe, Carlos Reygadas… o Darren Aronofsky.

Aronofsky, quien deslumbrara en su debut con Pi o con Requiem por un sueño, acercó el mainstream a la locura mediante Cisne Negro, donde la esquizofrenia se modulaba al estilo Hollywood. Tras el interludio bíblico de Noé (y su apocalíptico diluvio), Aronofsky deja todos los asideros posibles y se lanza al vórtice de un torbellino emocional y, por supuesto, cinematográfico. Y es aquí dónde nos pone las cosas difíciles porque… ¿cómo definir Madre!? ¿Cómo explicarla a alguien que no la haya visto? ¿Podemos dejar de recomendarla o debemos evitarlo? Madre! es una sacudida visual y emocional, es un zarandeo al intelecto, es un reto, es un salto sin red del que Aronofsky cae de pie. La “historia” de Madre! es la de Javier Bardem, un escritor en crisis en un hogar aislado junto a su mujer, Jennifer Lawrence, quien sufre diversas visiones y agitaciones en su estado de ánimo. Aronofsky nos da pistas, pero, simultáneamente, nos sitúa en un laberinto. Podemos sospechar que están en una casa embrujada o que la mujer está tan alterada como la protagonista de Cisne negro. Sin embargo, puede que sea Bardem quien de pie, con su comportamiento brusco, a las sensaciones de ella. El director rueda toda la obra desde el punto de vista de la joven, situando la cámara junto a ella. Entenderemos su desconcierto, su malestar, y compartiremos sus temores. La irrupción del siempre sospechoso Ed Harris nos hace temer un ataque pese a su aparente fragilidad. La llegada de una desbordante, agresiva, Michelle Pfeiffer, supurando bilis, y trasegando alcohol, reduce a Lawrence casi a un papel secundario en su propio hogar. Pero Aronofsky riza el rizo y tras trazar un drama personal, luego de pareja y finalmente familiar, deja estallar el guion en un inesperado giro con la invasión de numerosos personajes.

Hay unaluchaunasesinatounapérdidaunfuneralvisitantesinvasoresrupturaDISRUPCION de la narración…. Y una breve pausa y un fértil interludio y luego…ÉxitotriunfopasiónvisitantesdevociónAUTORAUTORnecesidadidentificacióntriunfoCREACIONCREACIONCREACIONCREACIONCREACION… Y la historia se desborda, crece como si misma, como aquella ciudad de Synecdoche, New York que crecía sobre sí misma, desde la imaginación de su autor, desde un teatro, para engullirlo todo… Es la creación viva, es la Revuelta, es la Revolución.

El director neoyorquino nos hace patente que no estamos ante una cinta de terror o, mucho menos, frente a un melodrama. Nada de lo que vemos tiene la certeza de la realidad. Madre! nos hace visibles las imágenes del frenesí de los protagonistas. El apocalipsis mental estalla en una auténtica explosión de hilos argumentales que se encadenan, se solapan, se contradicen en un marco espacial limitado y una capacidad de desarrollo ilimitada. Madre!, sin acabar de explicar su razón de ser, su causa, avanza como una fuente inagotable de ideas, como un maremágnum vital que representa perfectamente la voluntad de narrar, en una suerte de ciclo cósmico que sería propio de la diosa Kali. Darren nos llevará de la mano, sin que seamos conscientes de ello, hasta un final en el que podemos decidir insultarle, reír o caer de espaldas, entre sorprendidos, maravillados o aturdidos. No será hasta unos minutos, tal vez unas horas más tarde, cuando el tumulto (más vivido que contemplado) se apacigüe en nuestra mente, cuando podremos atar algunos cabos, crearnos una red de seguridad, entender el complejo entramado que hemos visto, los motivos de Bardem y Lawrence y, sobre todo, los objetivos, harto conseguidos, por el director. Habrá que repensarlos y degustarlos a posteriori; pero es lo que tiene una montaña rusa, un desafío, como el de Madre!.

Adaptado de la publicación en Culturaca