Una mirada desaprobadora, acompañada de un silencio incómodo, que condensa la irritante personalidad del protagonista.

Un pulgar, calloso por años y años de pincharse con finas agujas.

El dobladillo de un vestido de novia que esconde la honrosa petición del que no desea ver replicada su propia vida en las personas que más estima.

Y el primer plano del que sonríe tiernamente a su mujer, sabiendo que por fin ha encontrado quien le comprende, y tolera.

Y el primer plano de la que sonríe irónicamente a su marido, pero desde el más desesperado deseo, mientras le prepara una cena decisiva para tranquilizarle en sus pasajes vitales más impertinentes.

Y el primer plano, mirada directa a cámara, de la que se acerca impertérrita a la puerta, siempre fiel al personaje que se ha autocreado. De esa que lleva el peso del negocio, y la familia. De la que es más fuerte que su famoso hermano, pero ha decidido mantenerse siempre a su sombra.

Primeros planos… y lentos zooms. Rostros que revelan escondidos sentimientos momentáneamente. Palabras sutiles que guardan más secretos que los silencios. Objetos bañados con la iluminación precisa en cada instante y colores que destacan la personalidad del trío protagonista, y que complementan el universo de éstos que viven en su particular burbuja, fruto del autoinflingido destierro de los que se aferran al pasado, a la protección de unos ancestros que son invocados desde la más fina y elegante insistencia…

Anderson es un director del detalle. Nada escapa a su mirada, nada está fuera de lugar.  La perfección que destila El hilo invisible, igual que la de todas sus obras (maestras), es una conjunción de técnica y tempo, de interpretación y de elipsis, de definición de personajes y de preguntas atemporales sin respuestas concretas. Anderson se adentra de nuevo en las relaciones humanas, optando aquí por engañar al espectador poniendo el foco en la pareja protagonista, pero escondiendo a la vista de todos no únicamente la influencia del entorno sino también la del individuo como tal, en cuanto a sus propios intereses y, por encima de todo, temores. Un film que conjuga una mezcla de géneros exquisita, desde el thriller psicológico a la comedia costumbrista, y que nos traslada a una mitad del siglo XX que bien podría ser cualquier momento de nuestra Historia/historia.

Atemporal, sí, es este relato: un cuento de príncipes y princesas que a su vez son también brujos y brujas, como lo somos cualquiera de nosotros. Un cuento, que como tal, avanza a base de presentarnos capítulos: comenzamos por una introducción, a la luz de una simple candela, en la que el rostro de Alma toma un protagonismo clave para el desarrollo de toda la propuesta. Ella (nos) confiesa ya la devoción que siente por un modisto que aún no conocemos, nos adentra en su divertida obsesión y nos permite, juguetona e inconscientemente, no juzgar de antemano el esnobismo del que a continuación se nos va a presentar.

A partir de ahí, episodios: capítulo uno, el pasado. La rutina del modisto incluye también, por cortas alusiones introducidas en el día a día del desayuno, o durante la cena en el restaurante favorito, el desamor. En referencia a posibles parejas, y a la pérdida de la mejor compañera, su madre. Capítulo dos: la presentación de la chica, el reconocimiento del alma gemela. La escena del restaurante, de una inocente tensión insuperable, deja paso a la de la cita y a la de esa sensual toma de medidas en la que el maestro deja clara su supuesta posición con respecto a su poder en las relaciones (“mi trabajo es realzar tu pecho. Si así lo decido.”). Capítulo tres: encontrando su lugar. El personaje de Alma se enfrenta a los desaires del modisto, pero no capitula. Su continua lucha por ser tenida en cuenta (a través de pequeñas provocaciones: “—Tal vez algún día tu gusto cambie, Alma; —Tal vez no; —Tal vez no tengas gusto; —Tal vez me guste mi propio gusto”) consigue, en paralelo, desarrollar una creciente devoción hacia el hombre que ama, y la obra que realiza. Se integra en su mundo, en su particular burbuja. Y no va a salir de ahí. Capitulo cuatro: las dudas. Anderson muestra, por fin, la debilidad de un hombre hecho a sí mismo, protegido en una coraza que cree a punto de romperse si se abandona al amor. Es aquí cuando presenta una de las más bellas escenas de El hilo invisible: la fiesta de fin de año. Él temiendo por la integridad física de ella, por perderla. Ella, rebelde pero feliz de haber conseguido su atención. Y, al fondo, la alegría de los que celebran la llegada del año nuevo, que no es tan distinta a la que ellos dos mismos están experimentando, a su manera, en ese mismo instante. Capítulo seis, y último: el acuerdo.  Cada uno es como es, y se complementan a la perfección. Su amor traspasa fronteras para otros inimaginables. Su amor es eterno. Sublime. Y consentido hasta límites insospechados. Alma ha pasado de ser la que unta la tostada sin hacer ruido para no estropear el día al maestro, a poder mirarle a los ojos, con delicado desafío, y constatar que “te quiero (…). Desamparado, tierno, abierto hacia mí, con solo yo para ayudarte. Y luego te quiero fuerte otra vez. No vas a morir. Quizás desees morir, pero no lo harás. Necesitas tranquilizarte un poco”.

Así que sí. En verdad El hilo invisible es un film de rostros, como ya apuntaba Toni Junyent en su crítica. Incluso cuando nos pareciese, erróneamente, que nos gustaría “ver” el entorno de ellos dos en un momento determinado, en realidad Anderson nos está obligando a “observarlo” desde la intuición. Y las elipsis son el perfecto complemento a esta propuesta: ¿es necesario conocer la parte “salvaje” de los protagonistas manteniendo relaciones sexuales? En verdad… ¿pueden ser más salvajes que en su educado día a día?