Si el último trabajo de Lee Chang-dong ha sido elegido, con todo merecimiento, uno de los grandes títulos del 2018 es por plantear un desafío mayúsculo, manteniéndose fiel durante todo el metraje a su ambicioso punto de partida: lo que comienza bajo el signo de la ensoñación amorosa, marcada por las ausencias que alimentan un deseo unidireccional desembocará finalmente en un noir solipsista y paranoico, profundamente perturbador, al que se llega de modo armónico, sin estridencias ni subrayados. Poniendo en valor el principio de las aproximaciones sucesivas asistiremos al nacimiento de un monstruo a partir de la observación, exhaustiva, de todos y cada uno de los determinantes contextuales responsables de su eclosión; un modus vivendi, en suma, que con clarividente parsimonia narrativa se recrea en las contradicciones irresolubles de una sociedad enferma, que iguala a través de la unidad de estilo los lujosos apartamentos del Seúl acomodado con el desolado páramo fronterizo en el que languidecen, abandonados, esos invernaderos esperando pacientemente su oportunidad para arder…

Al igual que entrará en combustión, inexorablemente, Jongsu (Yoo An In) al verse privado de su salvoconducto para escapar de una existencia gris, condenada a la insignificancia que impone el inapelable darwinismo social. No resulta difícil identificar el eco de la escritura de Haruki Murakami en el fascinante retrato de personajes que se nos ofrece, pero lo que termina por aflorar conforme el relato se enrosca sobre sí mismo es la dimensión política del antagonismo propiciado por Ben (Yeun Steven), que encarna en su elegante figura la veleidad amoral del poderoso, aquel que mata (suponemos) por insuflar pasión a una vida regalada, carente de estímulos. Un canónico psicópata, atractivo y egocéntrico, que hará aflorar para su desgracia postrera el hálito visceral que yace bajo la falsa piel del cordero… pero antes de que todo arda, la película se recrea en el encuentro de los tres vértices del triangulo, con Haemi (Jun Jong-seo) en el foco de todas las miradas: Miles Davis sonando de fondo, vino francés sobre la mesita y el sol del crepúsculo, caprichoso, que se resiste a desaparecer… una secuencia prodigiosa, excelso momento de plenitud previo a que prenda la llama.