Cuando la auto-destrucción se ilumina

En unos tiempos en que somos más conscientes, nos enfrentamos de otra manera y lo hacemos antes tanto a nuestro propio desenlace como al del mundo entero, las personas religiosas y las que no lo somos hemos alcanzado un sorprendente estado de armonía, por supuesto no concluyente ni desde luego vinculante, y tampoco coincidente en los caminos. Es el caso quizá de Michael y el reverendo Toller. El primero ha llegado a un punto sin retorno donde sus convicciones ideológicas ecologistas van contra la existencia misma y no entiende siquiera que él y Mary, su esposa, estén esperando un hijo para este mundo que considera enfermo terminal. Las angustiosas reflexiones de  Michael contagian al clérigo de manera progresiva seguramente porque ya esta de alguna manera infectado de esa desesperación y es más permeable a la autodestrucción que pronto se desata en el joven activista y que se diría es el verdadero y único leitmotiv de una narración tan gélida como inquietante. Incluso en ese momento, de tanto calado cristiano, en la cual Mary busca el consuelo en el reverendo como antes lo hacía con su marido, y ambos se nos aparecen levitando y volando (o algo similar) por encima de paisajes representativos de la fertilidad y la abundancia, emerge de manera insidiosa el sentido del final, de lo que ya no tiene vida pero una vez la tuvo, de lo muerto: esas imágenes de lo maravilloso se tornan, en la mirada del hombre, en un reflejo contaminado también de manera literal de la realidad del aquí y ahora. Es entonces cuando reverbera la retórica del hastiado Michael que ahora es la de Toller: ¿nos perdonará Dios lo que hemos hecho al planeta? Es entonces cuando el camino se despeja falsamente hacia una violenta catarsis destructiva, donde se habrá de desencadenar toda la ira y desolación acumulada…  y de repente, un giro inesperado, azar y demiurgo mediante, depara una conclusión aun más impactante y verdaderamente mágica donde, cerrando el círculo, se encuentra lo espiritual y lo material. Paul Schrader, que firma también el guion (cabe recordar que no siempre, por distintas razones, dirige libretos escritos por él mismo), construye un film partiendo del rigor aprendido de sus maestros (de Dreyer a Bresson) pero que al contrario de lo que pueda parecer en una primera toma de contacto está muy vinculado a la situación social que se vive hoy día (con especial énfasis en la dualidad entre la conciencia ecologista y el capitalismo exacerbado) y que conecta, de una manera creo que nada casual, con cineastas y propuestas de total actualidad, aun siendo bastante dispares entre sí, caso de El bosque (The Village; M. Night Shyamalan, 2004) o The Leftovers (Damon Lindelof & Tom Perrota, 2014-2017).