Quiero comerme tu páncreas, de Shin’ichirô Ushijima

Canibalismo emocional

Seas aficionado o neófito, intuyes que manga y anime vienen ligados intrínsecamente a la mirada adolescente. Y más concretamente a la mirada del adolescente nipón; aquí es donde veremos dibujadas sus aspiraciones, sus frustraciones, algún que otro secreto inconfesable y demasiados amoríos cuasi platónicos.

Aunque sólo cuando uno se sumerge en este atribulado mundo de series, géneros y subgéneros descubre el bosque oculto tras las ramas. A pesar de la  tendencia machacona a estrenar / promocionar lo más potencialmente vendible (ligado en su mayoría al tópico anteriormente expuesto), lo cierto es que el mercado japonés oferta enfoques infantiles, juveniles o adultos sobre cualquier temática ficcionable que se os pueda llegar a ocurrir. Basta con tener claros los propios intereses y buscar su equivalente animado (sin excesivo ahínco: el manganime de tu vida acudirá a ti cuál imperativo categórico impuesto por algoritmo premonitorio).

Hecha esta salvedad, no os voy a engañar: Quiero comerme tu páncreas se inscribe en esta tendencia canónica del megadrama trascendente made in Japan, un desborde catártico que busca la rendición incondicional de una audiencia teen fácilmente impresionable a base, en este caso, de tremendismo hospitalario. No os revelo ningún secreto: desde el minuto cinco de película sabemos que la infeliz Sakura Yamauchi va a morir y que nada de lo que haga o diga su nuevo e inopinado amigo (el lector eremita dueño de la primera persona) cambiará esta circunstancia.

El héroe solitario del anime —una “soledad” que deviene el lugar común por antonomasia— parece querer ser siempre un remedo apocado e introvertido de su público potencial. Y es que la educación secundaria es una de las etapas más traumáticas para el japonés medio, caracterizada por un esfuerzo continuado y mayúsculo, encadenando el instituto con clases de refuerzo y negación sostenuta de pasión alguna —en eso el budismo ayuda—, en pos siempre de la nota imposible de la universidad más prestigiosa posible. El resultado acaba siendo un niño sobrecargado de responsabilidades que ejerce de prototipo de papá atribulado sin sueldo… pero con los anhelos intactos del pubescente que sigue siendo.

Centrémonos en este Boku tristón y asocial. Refugiado en sus libros y en sus tareas (un trabajo a tiempo parcial en la biblioteca, como no) ha tendido a su alrededor un potente escudo protector que le asegura pasar desapercibido y estar “centrado” (o quizás ausente, una auténtica especialidad de los japoneses).

Este muerto en vida —por exigencias de la sociedad, no lo olvidemos— trabará contacto en la sala de espera de un hospital con una enferma terminal dispuesta a dejar testimonio escrito de sus últimas jornadas sobre la faz de la tierra. Ella tiene su misma edad y viene a ser todo a lo que puede llegar a aspirar un imberbe nipón: vital, informal y —¡oh, maravilla!— incluso espontánea.

Como podemos ver, La fiera de mi niña (Bringing Up Baby, Howard Hawks, 1938) sigue teniendo reescrituras hoy en día: el intelectual sin dotes sociales enfrentado al vendaval que pondrá patas arriba su reducido y normativo universo. Sacado de sus libros-pantalla, Boku tendrá que hacer frente a su adolescencia en diferido: la camaradería, el compromiso emocional y —último y definitivo tabú— el contacto físico con ese Otro que aseguramos (sólo de boquilla) nos importa.

Tras su estudiada apatía autoprotectora, dos catalizadores que superan su condición de mero pasatiempo: acción y verdad. Ser capaz de hacer cosas por los demás y de sincerarse, el Everest en una sociedad emperrada en el autodominio y el escamoteo en público de las emociones.

No cuesta mucho encontrar semejanzas con otros tantos animes protagonizados por chavales introvertidos con necesidad imperiosa de musas (fatales, mórbidas, vivarachas, inalcanzables). El alelado héroe de la saga Evangelion parecía nacido para quedar aterrorizado entre las exigencias paternas y la precocidad sexual de sus compañeras de mechas. En El jardín de las palabras (Makoto Shinkai, 2013), la confidente era una profesora a las puertas de la depresión. Y en la reciente A Silent Voice (Naoko Yamada, 2016), un caso de bullying acababa revelando las terribles carencias afectivas del acosador, así como una tardía necesidad de redención.

La animación de Quiero comerme tu páncreas resulta esmerada aunque no excesivamente detallista, con pocas ocasiones para lucirse con los fondos y sin fugas fantásticas de ningún tipo. Destacar el tramo que transcurre durante la escapada de fin de semana y las escenas en la habitación del hotel, empezando en el shinkansen y terminando con ese erotismo soft que todo blockbuster romanticón nipón debe tener (recordemos que  estamos ante la adaptación de todo un best-seller literario por aquellas latitudes).

La apuesta quizás sorprenda viniendo de un realizador avalado por su trabajo como director de varios episodios de la descacharrante One Punch Man (su esperadísima segunda temporada recién acaba de arrancar en Netflix), un auténtico despiporre a costa de las andanzas de un superhéroe a su pesar. Aunque bien es cierto que ambos protagonistas comparten una introversión patológica, sin excusa intelectual alguna en el caso de Saitama, matagigantes poseedor del gancho más demoledor del Extremo Oriente (y parte del extranjero).

En definitiva: otra parábola sobre la ansiada liberación emocional de los japoneses, apelando de nuevo a la socorrida transitoriedad. Cine para sufrientes entregados, sí, pero con una curiosa recompensa: cierto optimismo en la desesperanza, el mismo que permite cerrar la historia con un crimen sin resolver… y que no nos importe.

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