Entrevista Lorcan Finnegan

Entrevistamos a Lorcan Finnegan durante el festival de Sitges 2019, dónde pudimos ver Vivarium (2019), su segundo largometraje. La original propuesta de Finnegan resulta inquietante y, a pesar de algún desequilibrio narrativo, desarrolla una obra muy trabajada estética y conceptualmente.

No deja de ser estremecedor que su estreno deba ser online debido a un confinamiento masivo, en una situación de características agobiantes para muchos, que nos acerca a la estremecedora vivencia de los protagonistas de Vivarium. Merecerá la pena saber si el público reacciona a favor de tan interesante obra o se siente repelido por esta fábula amarga. En cualquier caso, ofrecemos ahora la entrevista.

—¿Dónde se origina una propuesta como Vivarium?

—Es muy difícil decir en qué punto se inicia una idea o una película. La idea de Vivarium tiene diversos orígenes que fueron confluyendo. Tenemos, por una parte, la idea de urbanizaciones, construcciones, fuera de la ciudad. Son estructuras nacidas del boom inmobiliario que ofrecen a sus futuros habitantes la opción de estar en una ciudad, pero fuera de la ciudad. A menudo se construyen buscando el máximo provecho para el constructor, sin ningún respeto por el medio ambiente, arrasando bosques o campos (así ha sucedido en diversas ocasiones en Irlanda) y sin ningún criterio arquitectónico o urbanístico. La gente vive en ellas aisladamente, sin crear comunidad. Algunas de ellas han propiciado la quiebra de la constructora durante la crisis y había utilizado uno de estos escenarios abandonados para un corto que hice anteriormente, Foxes. Hay, en paralelo, una necesidad de vivienda a precios asequibles, especialmente para parejas jóvenes… exagerando un poco podemos plantear que, si Godzilla representaba el terror nuclear en el Japón post bélico, Vivarium y este tipo de “suburbia” constituyen una representación de los sueños de parte de la población por tener un hogar y la subsiguiente angustia para poder pagar la hipoteca que acaba con el ansiado sueño de felicidad. Pero, por otro lado, mientras dábamos vueltas al proyecto, topamos con un documental que hablaba de los cucos. Son pájaros parásitos, cuyos huevos imitan a los de otras especies y son depositados en nidos ajenos. A menudo los cucos nacen antes que los otros polluelos, echando huevos o animales fuera del nido y siendo criados por los padres de las víctimas. Un producto de la Naturaleza, terrible y cotidiano a la vez, que decidimos aprovechar para la trama de Vivarium.

—A lo largo de la película, van sucediendo algunos hechos que pueden dar lugar a interpretaciones contrapuestas por parte del espectador, concretamente la representación de roles de género que se da en la pareja…

—Exacto, del mismo modo que planteamos la vida en estos núcleos como desprovista de relaciones humanas entre vecinos, quisimos poner en relieve los estereotipos que perviven en hombre y mujer. Mientras ellos trabajan de sol a sol, tal vez para pagar la hipoteca, ellas son relegadas a un papel de madre, siendo manipuladas por y para ello, algo que aquí potencia el “hijo”.

—Un niño que resulta un personaje antológicamente desagradable…

—En el guion lo describíamos como una mezcla de mormón y niño de las juventudes hitlerianas. Es la representación del cuco infiltrado a quien unos padres ajenos deben criar. Necesitábamos un aspecto y una actitud muy difíciles de recrear. No es un niño que aprende sino es un niño que imita, como hacen los pájaros con sus trinos. La voz no es la propia de los niños, sino la de Jonathan Aris (quién interpreta al también desasosegante Martin, el vendedor inmobiliario). El explotará la vertiente maternal de Gemma quien, por su profesión en un parvulario, cederá a sus exigencias.

—Aris compone un personaje inquietante, pese a su breve aparición.

—Necesitábamos intérpretes lo suficientemente famosos para poder disponer de presupuesto, pero no tanto como para que su caché comprometiera todo. Imogen Poots se incorporó y propuso a Jesse Eisenberg, quien estuvo encantado de participar. Ambos desarrollan sus personajes de modo completo. En cuanto al personaje de Martin, resultaba muy difícil de llevar a la pantalla y hubo que hacer repetidos casting. Tuvimos suerte de dar con Jonathan Aris que encajó muy bien en un papel que era a la par ridículo y amenazador.

—Ha trabajado previamente en animación. ¿No se planteó que Vivarium fuera una película de animación?

—Creo que la animación no habría permitido dotar a la película del dramatismo requerido como lo hace una con actores reales. Ciertamente, en algún momento del rodaje con complejidad técnica, me desesperé por no haberlo hecho de ese modo. El rodaje se hizo en países diferentes. Para los exteriores de la urbanización dispusimos de la construcción de sólo tres inmuebles, que podíamos replicar con efectos visuales. Fue engorroso para los contraplanos en la calle, dónde para representar las casas de la acera de enfrente nos veíamos obligados a invertir la situación de personajes y objetos. Lo más complejo fue todo el desplazamiento en vehículo por las calles de Yonder, inexistentes, y que obligaron a un esfuerzo técnico que habría podido desarrollarse más fácilmente en animación.

—¿Puedes comentarnos algo de la opción estética, de esas nubes de Magritte….?

—Buscábamos que la irrealidad de la situación no pareciera excesivamente falsa. Cielo, nubes y sol tenían texturas de dibujo a la par que resultaban familiares en nuestro día a día. Las casas estaban representadas, en interior y exterior, de modo simple, pero verosímil.

—¿Plantearon otras opciones argumentales en trama o conclusión con mayor humor u optimismo?

—Nos lo sugirieron, algo de esperanza. Pero no lo creí adecuado. Quería una película que representarse el ciclo de la vida, tal como es. Con calidad de ensueño tal vez y con cierto humor negro, pero sin ablandar la historia.

—Finalmente, los protagonistas habitan la casa número 9. ¿un número vinculado específicamente a algo?

—En algunas culturas tiene un significado especial (es el número de la verdad para los hebreos, pero además el número 9 puede ser visto como un círculo en el que se entra sin poder salir del mismo.

—Gracias y mucha suerte con Vivarium.