El ángel exterminador, de Luis Buñuel

Luis Buñuel y la retrocausalidad: ¿inspiración o profecía?

Una de las posibilidades más diabólicas y difíciles de creer de la teoría cuántica (tampoco es que sea de las más extendidas pero definitivamente ahí está; ha sido planteada por científicos altamente cualificados) es la idea de la retrocausalidad. El término significa que un efecto precede a su causa, o dicho de otro modo, que un acontecimiento pueda influir de alguna manera sobre otro anterior en el tiempo. ¿Podemos pensar en, por ejemplo, el desenlace de Twin Peaks: The Return (2017) como un ejemplo de retrocausalidad, influyendo las acciones del agente Cooper sobre los acontecimientos acaecidos en la primera temporada (1990)? Sí, por supuesto. Aunque no deja de tratarse de una obra de ficción, y sospechamos (por no escribir que lo sabemos como algunos de esos variopintos vecinos de la célebre y falsa localidad “conocen” cosas) que David Lynch podría haber hecho alguna que otra trampa.

Tal día cómo hoy nació, hace 122 años, otro cineasta interesado de una manera muy particular por los retruécanos y en eso que está por encima y por debajo de la realidad, del que sin duda el director de Carretera perdida (Lost Highway, 1997), como nos tiene bien (o igual es mal) acostumbrados, ha obtenido cosas de aquí y de allá: Luis Buñuel. Una de sus obras más emblemáticas y quizá la mejor, con el permiso de Él (1953), de su etapa mexicana, ha confirmado al volverla a ver en estos tiempos, que podría ser una de las primeras obras artísticas que prueban empíricamente ese fenómeno aunque en términos científicos no se tenga verificación positiva del mismo. El ángel exterminador (1962), digámoslo ya, toma como punto de partida la pandemia mundial que ha cambiado nuestras vidas desde hace casi dos años. Esto no es como Twin Peaks, donde un elemento de ficción influye en el pasado de esa propia ficción. Es una obra de ficción, sí, del pasado, pero inspirada en hechos reales sucedidos en nuestro presente.

La película, como seguramente sabrá el lector, comienza en casa de los Nobile, un matrimonio de la alta sociedad que da una fiesta. A la hora de marcharse los invitados no son capaces de irse a sus casas (no solo eso, sino que ni siquiera serán capaces de abandonar el salón) sin encontrar una explicación, en una situación que se prolongará durante ¿días?, ¿semanas?, ¿meses? Pero aquí no estamos hablando de que los protagonistas estén encerrados sin poder salir de casa, un confinamiento que les pilla desprevenidos como nos pilló a casi todos aquél que empezó en marzo de 2020, lo que no dejaría de ser un paralelismo o una mera casualidad, con nuestro presente. La comparación inmediata más dolorosa, de la que tampoco estamos hablando, sería la falsa ilusión de un final tanto para los protagonistas como para nosotros, pues cada vez que parece que veamos la luz al final del túnel, nuevas olas, nuevas variantes, nuevas medidas aparecen, y nosotros seguimos confinados, si no de forma física, tal vez mentalmente. Y sí, los protagonistas al final de la película consiguen su objetivo, salir de la casa y de ese encierro interminable, pero ya nunca serán los mismos. En cualquier caso, como decíamos, no nos referimos a esas comparaciones que saltan a simple vista entre su situación y la nuestra. Son numerosos detalles y tantas otros aspectos en conjunto, que vamos a tratar de enumerar para que no quepa duda de que es como decimos, la pandemia inspiró a Buñuel, y nosotros desde el presente pensamos basados en esa compleja teoría que estamos ante algo perfectamente natural, aunque no dejamos de darle vueltas y también queremos creer que nos encontraríamos ante una visión profética de una mente preclara aunque estuviera repleta de una imaginería desbordante (no necesariamente de cosas agradables o bonitas)

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El servicio, encabezado por Lucas, se va de la casa antes de que comience la fiesta. Buñuel claramente equipara a la población china con mayordomos, cocineros, limpiadoras, etc. Unos y otros llevaban mucho tiempo pasándolo mal (los chinos por el virus y el servicio de los Nobile por las condiciones laborales) y son los primeros en salir; también son los que en cierto modo ocasionan la debacle. En nuestra realidad es claro que el origen del problema vino de China, y en la película los anfitriones y sus invitados se sienten incapaces cuando no tienen alguien que ejecute por ellos tareas tan sencillas como preparar la comida, tender una cama o fregar los platos, y probablemente por eso tampoco son capaces de organizar la salida.

EL ángel exterminador

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Cuando llega la hora de marcharse, parece que los invitados se hacen los remolones. El matrimonio anfitrión empieza a preguntarse por qué no se van. Claramente ellos pensarían que, como mucho, se quedarían uno o dos invitados. Es lo que dan a entender con sus miradas y gestos, aunque no lo expresen verbalmente. Una aparentemente tímida referencia a las nada visionarias palabras de gobernantes y portavoces científicos: «España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado». Buñuel nunca fue muy sutil con la metáfora y el uso de simbolismos, la verdad.

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Algunas frases sueltas cogidas al vuelo, no dejan lugar a dudas: «¡Sigue vivo el espíritu de la improvisación!», «¡Casi histérico el ambiente de alarma que se está creando!», «¡No hay que aventurar tesis alarmantes!», «¡Una situación como esta no puede durar indefinidamente!», «¡Se necesita ser cínico para dar consejos a sus víctimas!», «¡No puedo más, no puedo más!». Les suenan, ¿verdad? Lo dicho. Buñuel directo hurgando en la herida. Aquí desde luego se agradece que no intentara dar rodeos que luego nos confundimos.

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Sin embargo, el juego de espejos entre la ficción pasada y el futuro que la inspira, hoy ya pasado, le permiten al cineasta aragonés momentos brillantes, lindando como buen surrealista y de los buenos con la comedia: pronto de iniciado el confinamiento dos invitados se quitan el frac creando un puente aquí con las siempre polémicas mascarillas (no da Buñuel ni una puntada sin hilo) y no tardarán en llegar las reacciones de otros invitados («¡Esto es inconcebible!”, “¡Si no fuera por el respeto que debo a nuestros anfitriones me gustaría dar una lección a ese majadero!”), equiparables a las de algunos ciudadanos de nuestros días que pueden llegar a increpar al infractor; incluso como colofón la reacción, muy pandémica, del anfitrión que es más conciliadora («Pongámonos a su nivel, para atenuar un poco su incorrección»); si alguien se quita la mascarilla en el metro, por ejemplo, todo el mundo sabe que lo correcto es hacer lo mismo, para no dejarles en evidencia.

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El doctor, como no podría ser de otra manera, se erige en figura fundamental y termómetro del estado de las cosas. Prudente y realista con lo que controla (imposible no inquietarse con ese momento en el que esconden el cuerpo del fallecido…y el detalle posterior relativo al hedor que desprende) pero superado por la incertidumbre de unos acontecimientos que ponen a prueba incluso el pensamiento (supuestamente) más ordenado. Una proyección de lo que hemos vivido muy bien empaquetada, sin necesidad siquiera de subrayarlo como a lo mejor le hubiera gustado a un Buñuel anterior a la pandemia.

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Uno de los enfrentamientos más sonados es el cara a cara entre uno de los invitados, el mismo que ya se arrancó a quitarse el frac, con el anfitrión, asegurando que es culpa de él y poniéndose muy estupendo y rematadamente imbécil (o majadero como le espeta una de las confinadas), porque literalmente si antes había dicho digo ahora dice diego y punto. Porque está claro, ¡faltaría más!, que alguien debe tener la culpa y seguramente sea el que gobierna, ya sea una mansión o un país pongamos por caso.

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El comportamiento por imitación se acaba convirtiendo en la manera de sobrellevar una situación que pronto se intuye será indefinida. ¿Este se queda? Pues yo también, ¿que se quita el frac? Pues yo no voy a ser menos. Me iba a ir… pero como ha llegado el desayuno… Pues a mí también me apetece. Se comportan por imitación del mismo modo que unos países se copiaban de las medidas de otros para intentar frenar el avance del virus.

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Después de la primera ola (perdón, de la primera noche), los anfitriones confían en que todo terminará, sin embargo, solo será el comienzo. El desayuno tendrá que ser austero, a base de sobras, porque no llegan los proveedores. Lo peor, sin embargo (aunque tampoco se hable explícitamente sobre ello, se sobreentiende), es que seguramente no tendrán papel higiénico suficiente para todos.

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Esos breves instantes que tienen lugar en los alrededores de la mansión confinada pueden entenderse de varias maneras; ese intercambio entre clases, donde la que pena es esa burguesía alejada de cierta realidad llana en la que, como apuntamos antes, ni tan siquiera parecen aptos para las tareas más elementales… pero en el cual se deja claro que nadie estaría a salvo de una situación tan desesperante y trágica. Más allá de este planteamiento nos sorprende y nos perturba incluso, cuando retorcemos y estiramos las señales (o quizá deben llamarse retroseñales), como se llega fácil e irremediablemente a los movimientos negacionistas y antes de ellos a la ligereza de ciertas formas de encarar la pandemia misma desde un punto de vista social, económico y hasta espiritual, donde la libertad misma es puesta en juego.

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Y precisamente en los brazos de la libertad nos quedamos al final en el que todos se reúnen cual borregos (0% finura, 100% Buñuel) a rendir culto a ese Dios que intuimos tampoco es solución ni siquiera para el alma… y en el que obviamente vuelven a quedar confinados, pero ahora por lo menos tendrán sus retablos, vírgenes y patrones. ¿Y no es esto demasiado parecido al último spinoff pandémico vivido en España en el que los que no gobiernan pero quieren hacerlo se pelean a cuenta de corruptelas con mascarillas y emerge una figura salvadora cargada de libertad?