Licorice Pizza

Licorice Pizza (2021)

Tal como éramos


La orla. O lo que es lo mismo, anuarios americanos. Final de curso. Inicio de vacaciones, tiempo con amigos, amores veraniegos. Ya Richard Linklater cambió la idea nostálgica de filmar la última noche del verano de la icónica American Graffiti al trasladar su historia al primer día de vacaciones en Dazed and Confused, con todo el verano por delante. Paul Thomas Anderson rememora el espíritu linklateriano comenzando Licorice Pizza con un plano secuencia del primer flechazo el día del anuario. ¡Y qué plano! Toda una declaración de intenciones, tanto para el cineasta como para los protagonistas.

En principio es una historia manida y mil veces llevada a la pantalla. No nos descubren nada nuevo las socorridas comedias rosas de adolescentes en vacaciones en las que “chico se enamora de chica” al instante y la intenta conquistar, con el clásico momento de desunión de los personajes para reconciliarse después. Y, de hecho, como todo buen comienzo, aquí se cumple la regla no escrita de contar ya en los primeros cinco minutos cómo son sus personajes principales y la relación entre ellos. Así, la cámara comienza con ese juego de cazador-presa donde se intercalan los roles asociados a sus edades. Se aprecia en su primer plano un adolescente engreído que juega a ser adulto (“deberías montar un negocio” dice él, respondiendo al clásico sueño americano) y a Alana (interpretada por Alana Haim), una adulta aparentemente perdida (a la que su hermana dice “deja de discutir con todo el mundo”) a la que veremos evolucionar a medida que avanza la historia. Presentados los personajes y el entorno, el valle de San Fernando en la década de los 70, muy querido por el director, comienza el desarrollo de la historia que, intuimos, será la de ese inolvidable primer amor veraniego. Esta oda al amor a primera vista y a la amistad está llena de frases grandilocuentes: “He conocido a la chica con la que me casaré», así sentencia el personaje interpretado por el hijo del fallecido Philip Seymour Hoffman, Cooper Hoffman a su amigo; «y tú serás el padrino” y “no voy a olvidarte. Igual que tú a mí tampoco”, que son verdad, pura verdad, en el momento exacto en el que se dicen, claro está, aunque no duren mucho la mayoría de las veces. Pero no nos olvidemos de quien está detrás de la cámara y lo que eso significa. Me explicaré, y es que la autoría de este director impregna en general sus películas de un halo de tristeza, pesimismo y violencia inherente al ser humano por cuanto sus temas son la soledad, las difíciles relaciones familiares y la locura posmoderna que provoca el capitalismo, que aquí solo aparecen de soslayo. Así, tiene como centro en Magnolia (1999) los problemas familiares, la religión en The Master (2012), el amor tóxico en El hilo invisible (Phantom Thread, 2017), los problemas de la ambición desmedida en Pozos de Ambición (There Will be Blood, 2007) o el amor alocado de Adam Sandler, Embriagado de amor (Punch-Drunk Love, 2002), esta última inspiradora de Licorice Pizza.

Seguimos con los planos secuencias narrativos y descriptivos relacionales entre ambos, ya que a continuación la cámara sigue a los personajes en sus diálogos como si de un Linklater en su trilogía Antes de… se tratara. Si bien el principio es a lucimiento de Gary, a medida que avanza la historia vamos presenciando el despertar de ella, empieza a encontrarse a sí misma. Con un humor muy paulthomasandersoniano, como en Embriagado de amor, se escuchan momentos como el de un divorciado irónico que se autodefine como “divorciado, pero adelgazando, o sea que bien”, en una suerte de escenas entre realidad y ficción al estilo Tarantino, emulsionados con las presencias de personajes secundarios llenos de dolor como la del solitario Sean Penn (como Jack Holden) que intenta impresionar a Alana recitando diálogos de películas, en una suerte de amalgamas de fotogramas que se suceden entre la vigilia y el sueño. O el Tom Waits de Jarmusch o Bradley Cooper, que interpreta a un personaje histriónico en un momento de dramedia que resuena a Boogie Nights (1997) y su idea de que el mundo del espectáculo está lleno de gente con problemas familiares. Incluso remite a Woody Allen —la música jazz vibrante— cuando el invitado de Alana dice que no puede creer que exista Dios con el sufrimiento que hay en el mundo —“la vida me ha llevado al ateísmo”—. Otro apéndice, otra microhistoria dentro de la trama es cuando hace un homenaje a Taxi Driver a través del alcalde interpretado por Ben Safdie (la subtrama más larga) donde presenciamos a una Alana idealista, comprometida con el mundo, más adulta que la aparente adultez de él y su ambición capitalista. Pero algunas escenas donde vemos explayarse a estos personajes egocéntricos, snobs, encantados de escucharse a sí mismos, que corren, corren para encontrarse, son prescindibles llegando incluso Gary a decir en tono irónico “qué giro más interesante en la trama”.

La vida pasa deprisa, demasiado deprisa, como ya decía Saura. Los personajes principales vuelven a correr también montados en un camión como en El salario del miedo en esa escena maravillosa de una mujer camionera lideresa por fin ante tanta omnipresencia de cameo masculina. Correr es vivir con pasión y vivir es correr apasionadamente al son de Let me Roll it, de Paul McCartney o de David Bowie y su Life on Mars enla escena final. Licorice, que significa el dulce de regaliz, asemeja los discos de vinilo. Así, esa música y sus incesantes carreras simbolizan la circularidad de una pizza y el continuo devenir y correr de la vida. Licorice Pizza es, por tanto, una feel good movie que se alejaría de su cine pesimista haciendo un homenaje a la infancia y a sus directores preferidos, pero con una mirada de adulto donde une su pasión por la música (Jonny Greenwood, con un precioso tema central) con un texto (que ganó el BAFTA a mejor guion original en el año 2021) que ensalza la dulzura de vivir ya que sus protagonistas cuadran juntos, mejor dicho, circulan. Y, para redondear el círculo, se imbuye este coming of age sensacional también del idealismo vs pragmatismo de la melancólica Tal como éramos (The Way We Were, Sydney Pollack, 1973). “Tendrás que madurar” se comenta en un momento de la película en la que resume la historia, pero ¿qué es exactamente madurar, ¿qué es el éxito en la vida?

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