Together

Together, de Michael Skanks

No me dejes solo frente a ti,
no me liberes a la desnuda noche,
a la luna filosa de las encrucijadas,
a no ser más que estos labios que te beben.
Quiero ir a ti desde ti misma
con ese movimiento que fustiga tu cuerpo,
lo tiende bajo el viento como un velamen negro.
Quiero llegar a ti desde ti misma,
mirándote desde tus ojos,
besándote con tu boca que me besa.
No puede ser que seamos dos, no puede ser
que seamos
dos.

Julio Cortazar, No me dejes solo frente a ti

Del “para siempre” al “por ahora”

La ópera prima de Michael Shanks, y cuarta colaboración entre Alison Brie y Dave Franco en sus trece años de relación, llega como una mirada fresca e hilarante al cine de terror. Muchos la emparentan con La sustancia por su componente de body horror, aunque Together pertenece más bien al linaje del horror romántico, aquel que dio origen a figuras como Drácula o Frankenstein. Pero desde su vertiente más moderna, en la que el subgénero —como sus criaturas— ha mutado: el amor ya no se mide en tragedias compartidas que se enfrentan a la sociedad, sino en ansiedades individuales que se enfrentan a sí mismas, en cuerpos que se desdoblan entre el deseo y la autodefensa.

Películas como Spring (Justin Benson, Aaron Moorehead, 2014), My Animal (Jacqueline Castel, 2023) o Your Monster (Caroline Lindy, 2024) anticiparon esta deriva hacia lo individual, desplazando la mirada de lo colectivo al “yo”. Siendo allí, en ese terreno cuasi individualista, donde Together encuentra su fuerza, al lograr ser accesible y pop sin renunciar a lo simbólico, en una comedia romántica de terror que se atreve a revelar lo que hay de monstruoso en el amor contemporáneo.

Esta aberración amorosa va mucho más allá de la obviedad del relato, porque no surge de las respuestas simples o directas que ofrece la película, sino de la respuesta a qué es lo monstruoso en Together y qué es lo que realmente asusta a sus personajes. En una lectura inmediata, lo que parecen temer es quedar atrapados en una relación que los estanca, que les impide avanzar hacia un lugar mejor y los condena a la codependencia. Pero, a medida que lo monstruoso se vuelve tangible, emerge un miedo más profundo: perder la individualidad en nombre del amor y del deseo.

Sin embargo, el subtítulo con el que se ha comercializado la película: “juntos hasta la muerte”, sugiere que el miedo no radica únicamente en perder la individualidad, sino que proviene de algo mucho menos explorado en el cine de terror: el miedo a conformarse. Dado que en un sentido casi económico, hoy comprometerse, con un trabajo, una relación o cualquier forma de estabilidad, equivale a renunciar a la vida idílica que se publicita en la de las redes sociales; una vida siempre abierta hacia lo nuevo, hacia lo mejor.

En ese contexto, el amor estable se vuelve un gesto contracultural, un pacto que amenaza con excluirnos de la promesa infinita del deseo contemporáneo. Aquello que antes era un ideal de vida se transforma en un epitafio, en una sentencia de muerte, que dicta subliminalmente: “en cuanto te comprometes definitivamente con algo, muere una parte de ti y de tu vida”.

Por ello, la resistencia entre Millie y Tim a aceptar su compromiso definitivamente, a pesar de que ya llevan diez años juntos, conviven y comparten una vida con altibajos, pero también con una armonía evidentemente amorosa, resulta tan risible como absurda. A lo largo de la película, y especialmente cuando el terror irrumpe, el amor y el deseo son precisamente aquello que los lleva a temer de sí mismos y del otro. Pero lo monstruoso e incontenible que emerge no es sino la afirmación de todo lo que han construido, creído y deseado durante una década. Es decir, que extrañamente el terror no surge de algo oscuro o indeseable, sino del hecho insólito de que las cosas les hayan salido bien, al menos, en términos románticos.

Lo que emerge de esta aproximación es una confesión tan moderna como incómoda: sin importar el tiempo, el sentimiento o la felicidad que algo pueda brindarnos, aunque sea durante años, persiste en cada uno un monstruo que nos ata a pensar y desear que todo es siempre por ahora, y nunca para siempre. Tal como le sucede a Tim y, progresivamente, a Millie. Por ello, no resulta casual que el género con el que se hibrida este horror romántico sea la comedia, porque es precisamente en nuestro miedo moderno a elegir, a aceptar que ya hemos elegido y, más aún, que somos felices con esa elección, es donde se entrecruzan la ironía cómica, el drama y el terror del amor contemporáneo.

¿En qué punto de deterioro humano y social llegamos a convertir el amor correspondido en algo aterrador? Together parece preguntarlo con humor y desespero a la vez. Es como si nos hubieran castrado de la posibilidad de ser felices, condenándonos a pensar que siempre habrá una opción mejor, una que encaje perfectamente en un ideal inexistente. Así, permanecer y construir con otro se vuelve una forma de extinción, el fin simbólico de lo que queda de nosotros.

Con ello en mente, un símbolo aparentemente casual cobra en la película un significado exacerbado: el cofre con el anillo de bodas invisible con el que Millie le propone matrimonio a Tim al inicio, y con el que él se lo propone a ella al final, se convierte en la representación de cómo un antiguo ritual ha desaparecido del imaginario contemporáneo para reaparecer como un fantasma que trastorna la normalidad, dado que el horror no está en el fracaso del amor, sino en su permanencia.

Es precisamente en esa dualidad donde la película, a pesar de su lenguaje directo, ha generado en el público dos lecturas opuestas: para algunos, una afirmación de la soltería; para otros, una confirmación de la unión. En esa ambivalencia se revela la esencia del film: la constatación de que un “para siempre” no solo resulta terrorífico en la actualidad, sino que es, esencialmente, una aberración.

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