The Fence

73 Festival de San Sebastián. Volumen 4

Un año más Miradas de Cine asistió al Festival de Cine de San Sebastián que recientemente clausuraba su edición número 73, penúltima bajo la batuta de José Luis Rebordinos. Vislumbrando un fin de ciclo en el horizonte comprobamos como el certamen continúa felizmente acomodado en una Sección Oficial que sigue impulsando el cine patrio por encima del resto de nacionalidades, siendo éste el tercer año consecutivo en que una película española se alza con la Concha de Oro. Como dato positivo encontramos la voluntad de poner en valor la calidad del cine español con la presentación de obras destacables por algún motivo u otro como han sido Historias del Buen Valle de José Luis Guerín —Premio Especial del Jurado—, Los tigres de Alberto Rodríguez —Mejor Fotografía—, Maspalomas del colectivo Moriarti —Mejor Interpretación Protagonista— o la propia ganadora, Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa. Por contra, resulta más cuestionable la presencia limitada de producciones internacionales de gran envergadura que opten al principal galardón, incluyéndose en cambio algunas obras menores de cineastas reconocidos. El hecho de que una sección paralela como Perlak —que reúne títulos premiados en festivales de referencia como Berlín, Cannes o Venecia— despierte, en ocasiones, mayor interés que la propia Sección Oficial, plantea un reto para el certamen, donde sería interesante lograr un mejor equilibrio entre la apuesta por la cosecha local y el refuerzo de la proyección internacional dentro de su categoría más emblemática. De lo contrario, Zinemaldia corre el riesgo de enquistarse en una imagen localista que, al margen de la calidad de las películas españolas presentadas, lo desconectará de las tendencias de los grandes festivales así como del prestigio —y el glamour— que los acompañan.

Una edición heterogénea

En un año donde resulta difícil identificar grandes ejes temáticos que permitan interconectar las obras proyectadas, salvo quizá por un ramillete de títulos que inciden en la situación política contemporánea y en sus conflictos derivados, estas fueron algunas de las películas que tuvimos oportunidad de disfrutar, dispuestas de forma libre, en los días que duró el Festival.

Una deriva mística

Varias son las señales que últimamente remiten hacia un renovado, e inesperado, interés por los credos y su iconografía entre las nuevas generaciones. Probablemente la pandemia del Covid tenga algo que ver ya que, entre otras muchas cosas, detuvo temporalmente la maquinaria capitalista, propiciando un espacio para la reflexión. Desde entonces, muchas personas comenzaron a reconectar con su dimensión espiritual —no necesariamente religiosa— aunque ambas se enfoquen en dar respuestas a los grandes interrogantes de la existencia. Recientemente un icono de nuestro tiempo como es Rosalía, —segundo es chingarte, lo primero es Dios, decían los versos de su tema Hentai—, presentaba su nuevo disco Lux, en cuya portada aparece vestida con un hábito de monja. El premio Princesa de Asturias recaía este año en el surcoreano Byung-Chul Han, cuyo último ensayo se titula Sobre Dios. Y en cuanto a lo cinematográfico, Alauda Ruiz de Azúa ganaba la Concha de Oro por Los domingos, que narra el despertar de la vocación religiosa de una joven. Paradójicamente, en una época que presume de modernidad, volver la mirada hacia Dios, o abrazar la espiritualidad, ya no resulta un motivo de vergüenza, sino un intento de recuperar aquellos valores que el mundo parece haber extraviado.

La rebeldía adolescente, vinculada con el deseo de libertad y la resistencia a las normas, normalmente se expresa en contextos de ocio y desenfreno. Sin embargo, en el caso de Ainara (Blanca Soroa), el conflicto interior adopta una forma distinta: una búsqueda de sentido y de certeza. Su dilema radica en discernir si el fervor religioso que siente constituye una auténtica llamada divina o bien una expresión más de la crisis identitaria propia de su edad. En medio de esta disyuntiva, su familia, sorprendida ante los sentimientos que expresa la joven, procurará ayudarla a partir de lo que ellos consideran que sería lo mejor para ella. Mientras que su padre, Iñaki (Miguel Garcés), parece acatar con resignación la posibilidad de que ésta pueda acabar recluida por voluntad propia en un convento de clausura, su tía Maite (Patricia López Arnaiz), luchará por todos los medios para quitarle esa idea de la cabeza. Ruiz de Azúa juega hábilmente con una historia de claroscuros, presentando a su protagonista no como una fanática religiosa ni como un ser aislado, sino más bien al contrario, como una adolescente que actúa de manera esperable para alguien de su edad. De nuevo la directora vasca utiliza el núcleo familiar para desarrollar un tema incómodo que despierta el conflicto entre sus miembros. La película destaca especialmente por la dirección de actores ya que es en sus diálogos e interpretaciones, especialmente notable en el caso de López Arnaiz y de Nagore Aranburu (como la Madre Priora), donde recaen sus principales fortalezas. Con este nuevo trabajo, tras las anteriores Cinco lobitos (2022) y la miniserie Querer (2024), Ruiz de Azúa vuelve a demostrar que es una de las voces más interesantes del panorama español actual.

O lo haces o te callas -Le dijo Suzanne Schiffman a Godard

Después de su paso por la Sección Oficial de Cannes, donde lamentablemente se fue de vacío, Richard Linklater presentaba en Perlak su segunda película, Nouvelle Vague, dentro de su prolífico año 2025 (la primera de ellas, Blue Moon, sobre la vida del letrista Lorenz Hart, tuvo su premiere en Berlinale y se estrena este mes en la cartelera española). Una muestra más del flujo continuo de producciones que, si bien hasta hace poco parecía patrimonio de Hong Sang-Soo, se extiende cada vez más entre el resto de autores, en sintonía con la aceleración de nuestros tiempos —véase los casos recientes de Radu Jude, Luc Besson, Luca Guadagnino o Yorgos Lanthimos, por citar algunos—. Con Nouvelle Vague Linklater decide tirarse a la piscina y asumir un ambicioso desafío, el de rendir homenaje al buque insignia del cine francés siendo él estadounidense. Poniendo el foco en Jean-Luc Godard, interpretado de manera brillante por Guillaume Marbeck, la obra no deja de lado al resto de figuras emblemáticas que dieron vida al movimiento cinematográfico galo por excelencia en todas sus dimensiones (actores, directores, productores, equipo técnico…), así como aquellos que ejercieron de mentores de los jóvenes críticos de cine surgidos de Cahiers du Cinéma que más tarde se convertirían en cineastas. La lista de celebridades que aparecen retratadas es interminable: Truffaut, Chabrol, Rohmer, Belmondo, Rivette, Vardà, Melville, Rossellini… siendo tal la preocupación de Linklater por no dejarse a nadie fuera que irá mostrando los nombres de todos ellos a medida que éstos vayan apareciendo en la pantalla pese a que algunos no tengan ni una sola línea de diálogo. El peculiar rodaje de Al final de la escapada, primer filme de Godard, sirve como hilo conductor de una historia salpicada de humor y despojada de pretensiones que pretende acercarnos, manteniendo un tono mesurado, a la excéntrica personalidad del autor francés, conocido por su actitud irreverente y su visión rupturista del proceso creativo. El resultado es una carta de amor rodada en un bello blanco y negro, hecha desde la admiración y el respeto hacia un movimiento clave en la historia del cine y a los protagonistas que lo hicieron posible.

Tensión postcolonial en el corazón de África

Cuando en una proyección aparece sobreimpresionado el nombre de Anthony Vaccarello y el logo de Saint Laurent Productions sabemos que, con toda seguridad, algún personaje lucirá impecable. Sucedía en Los sudarios (2024) de David Cronenberg con el estilismo de Vincent Cassel y sucede en The Fence con Isaach De Bankolé y Tom Blyth, quienes deslumbran con sus trajes impolutos en contraste con el terreno polvoriento que hay bajo sus pies. Con una puesta en escena de mínimos, heredada de su formato original, Claire Denis adapta la obra teatral de 1979 Black Battles with Dogs, del dramaturgo francés Bernard-Marie Koltès. Ubicada en un punto indeterminado de África Occidental, The Fence explora la difícil coexistencia entre la población autóctona y la presencia del hombre blanco, involucrado en la explotación de los recursos de un continente que aún conserva en su ADN los estragos de un pasado colonial. Un hecho que la directora conoce bien como francesa que pasó allí gran parte de su infancia. Matt Dillon interpreta al jefe de un proyecto de construcción que está teniendo lugar en suelo africano, acompañado solo por un joven ingeniero al que da vida Blyth. Ambos residen en una zona de alta seguridad cercada por una valla a la que hace referencia el título del filme. En el curso de una larga noche el capataz será interpelado por un habitante local, interpretado por De Bankolé que, desde el otro lado de la alambrada, le reclamará la entrega del cadáver de su hermano, muerto en extrañas circunstancias mientras trabajaba en dicha construcción. Entre ambos tendrá lugar un tour de force dialéctico, sostenido a lo largo de todo el filme, que revelará tensiones raciales enquistadas y una profunda incomprensión en cuanto a los valores humanos que rigen a cada uno de ellos. Completa el reparto Mia McKenna-Bruce, inolvidable protagonista de How to Have Sex (Molly Manning Walker, 2023), como la joven esposa del jefe de obra y único personaje femenino dentro de un entorno hostil manejado únicamente por hombres.

La sensación de aislamiento y de incipiente amenaza hacia los tres personajes occidentales configura un filme que, pese a sus formas algo teatralizadas, resulta atractivo y consigue dejar poso, en especial debido a la relevancia que tienen en él las palabras. Sucede, por ejemplo, en el intercambio que mantiene la recién llegada inglesa con el personaje interpretado por De Bankolé. Al preguntarle ésta en qué pensó al verla por primera vez, él responde con una metáfora devastadora: en una moneda caída al suelo que ya no brilla para nadie. Denis se vale de una aparente noche en calma para construir una atmósfera cada vez más densa y opresiva, en un trabajo que no por menos ambicioso resulta menor, donde destaca la ambientación, su particular tempo y el peso de los diálogos, pero que, por otro lado, adolece de la fisicidad que caracteriza a las grandes obras de Denis, lo que puede no agradar a quién espere precisamente eso.

Malos tiempos para la lírica

Avalada por el Premio del Jurado en Un Certain Regard de Cannes, el segundo largometraje de Simón Mesa Soto es una de esas grandes sorpresas que una encuentra en su camino sin proponérselo. Con una estética voluntariamente feísta ya desde el propio encuadre del filme, adornado por unas formas que remiten a un viejo papel desgastado, y un cartel que no deja lugar a dudas sobre el patetismo de su antihéroe protagonista, Un poeta es un drama con toques de humor que retrata con lucidez, entre otros temas, el hastío que provoca vida adulta cuando los sueños de juventud han quedado atrás, sepultados bajo el peso las nuevas responsabilidades. Óscar Restrepo, interpretado por el debutante Ubeimar Ríos, es un poeta de verdad, pero esto no le sirve para poder comer o pagar las facturas. Cuando todavía era una joven promesa publicó un par de libros que quedaron en el olvido y ahora vive con su madre enferma sin aportar nada en casa. En lugar de ello pasa las noches en los bares lamentándose por su mala suerte y rodeado de una parroquia de borrachines tan desgastados como él. En cierto momento se le presenta la oportunidad de dar clases en una escuela, un trabajo que aceptará a regañadientes como última opción para intentar ganarse el respeto de su hija. Allí conocerá a Yurlady (Rebeca Andrade), una adolescente de origen humilde y con un talento innato para la poesía, a la que ofrecerá su ayuda, convirtiéndose en su mentor.

Con un protagonista que acapara todo el metraje con su apabullante carisma, la película se mueve perfectamente en una fina línea que va del drama a la parodia, pero sin llegar a perder verosimilitud y manteniendo el tono humanista. De esta manera, Simón Mesa consigue que nos encariñemos con el personaje principal, un pobre diablo al que nada parece salir bien, pero que al mismo tiempo es el único que actúa desde la honradez y el idealismo dentro de un entorno movido por los intereses económicos y la falta de moral. La película presenta a su vez un retrato desolador de los estratos más bajos de la sociedad colombiana, cuya miseria no deja a sus habitantes espacio para soñar más allá de la lucha por la propia supervivencia al igual que sucedía, en latitudes muy distintas, con el personaje interpretado por Greta Fernández en La hija de un ladrón (Belén Funes, 2019). Tras la proyección en Kursaal tanto el director como el actor, visiblemente emocionado, recibieron una gran ovación por parte del público presente. Por otro lado, la película obtuvo el primer premio dentro de Horizontes Latinos, sección en la que fue presentada.

Zulueta, el director vampirizado

Arrebato (1979) fue un trabajo rupturista e incomprendido en su momento al que el paso del tiempo otorgó el lugar que se merecía como obra de culto y clave de la vanguardia española. El filme de Iván Zulueta es un retrato hipnótico y experimental sobre la obsesión, el arte, la adicción a la heroína y la fascinación por el cine, que acabó convirtiéndose en una influencia para las generaciones posteriores tanto de cineastas como de otros artistas. Sin ir más lejos, J de Los Planetas recoge parte de ese legado cuando en 2023 edita Plena Pausa, donde musicaliza parte del material cinematográfico de Zulueta. Con El último arrebato los directores Enrique López Lavigne y Marta Medina bucean en el misterio que siempre ha rodeado al cineasta donostiarra, el cual tras rodar su película más emblemática, segunda en su carrera, colapsó física y mentalmente, quedando atrapado por su adicción a las drogas y retirándose de la dirección para siempre, lo que por otro lado hizo aumentar su leyenda. A través de la colaboración con el cineasta Jaime Chávarri, amigo personal de Zulueta, Lavigne y Medina crean un artefacto documental que adopta la forma de una investigación en torno al malogrado cineasta a través de la revisión de sus grabaciones, muchas de ellas inéditas, realizadas con su cámara de Super 8. Asimismo, los dos realizadores mantienen conversaciones con amigos íntimos del cineasta así como con su última pareja y los protagonistas de Arrebato, a excepción del ya fallecido Will More, los cuales revelan algunos de los aspectos más personales del hermético director. La parte más rigurosa queda interconectada con otra parte más ficcionada que fabula alrededor de una potencial transferencia entre la película de 1979 —sobre la que siempre ha pesado un halo de malditismo— y el propio documental que se está rodando.

El último arrebato es un trabajo de considerable valor documental tanto por los videos caseros que muestra como por los testimonios que aporta, como en el caso de Chávarri, donde se adivina un sentimiento de culpa e impotencia ante el prematuro final de su amigo, o el de su mejor amiga, Virginia Montenegro, la cual fue su persona de mayor confianza y la que a su vez conservó y ayudó a rescatar sus filmaciones en 8mm. Por otro lado, supone una de las últimas apariciones en la gran pantalla de Eusebio Poncela, actor esquivo y no dado a conceder entrevistas, que falleció este mismo año sin llegar a ver el documental finalizado. El juego de metaficción que desarrolla sería el aspecto menos pulido de la obra, pero a su vez da cuenta de una manera de rodar desenfadada y despojada de pretensiones que no resta valor al resto del conjunto.

Política y cine, ¿Una relación complicada?

Dentro de una edición especialmente reivindicativa e imbuida de un clima político, que no se mantuvo al margen de lo cinematográfico, varias concentraciones tuvieron lugar a las puertas del Kursaal en defensa del pueblo palestino así como una marcha pacífica tras la proyección en el teatro Victoria Eugenia de La voz de Hind Rajab, de la tunecina Kaouther Ben Hanial. Durante los créditos iniciales de La Grazia, de Paolo Sorrentino, se pudieron escuchar algunos silbidos y el grito de free Palestine al aparecer en pantalla el logo de la plataforma Mubi —productora y distribuidora de varias de las películas presentadas— tras conocerse su vinculación con el fondo de inversión Sequoia Capital, relacionado con la financiación del ejército israelí en su intervención en Gaza. La complejidad de la realidad política y su inevitable impacto en la industria cinematográfica hace que sea cuanto menos debatible la influencia de la una sobre la otra. ¿Cómo afectan los aspectos políticos a la creatividad y la libertad de expresión del artista?, ¿deben los actores y directores posicionarse dado que son figuras públicas? Y si deciden ser neutros o simplemente no hacerlo, ¿deberían ser criticados por ello?. En este sentido me quedo con las palabras de Jennifer Lawrence (Premio Donostia de este año) durante la rueda de prensa de Die My Love (Lynne Ramsay, 2025) tras ser preguntada por el panorama actual: «Ojalá hubiera algo que yo pudiera decir o hacer para arreglar esta situación tan compleja y vergonzosa. Me rompe el corazón. Pero la realidad y mi temor es que mis palabras serán usadas para echar más gasolina al fuego sobre algo que está en las manos de nuestros políticos. Me gustaría que la gente tuviera claro quiénes son los responsables y que actúen cuando les toque votar en lugar de dejar que los artistas que tratamos de expresarnos seamos señalados en vez de aquellos que son realmente responsables». Un discurso claro y directo que devuelve la atención a quienes verdaderamente les corresponde y no a aquellos que hacen posible con su trabajo que podamos disfrutar de un festival de cine.

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