Silencio, de Eduardo Casanova

Hay películas, series, relaciones que se ven/van y se archivan, y luego están las que te obligan a quedarte un rato más dentro. Silencio, este viaje entre épocas que sigue una familia de vampiras es la nueva creación de Eduardo Casanova y pertenece sin duda a ese segundo grupo.

Tenía muchas ganas de verla por múltiples motivos y no me defraudó. De hecho, cuando terminé el último capítulo, tuve la necesidad de volver al primero y darle otra vez al play.

Me dio la sensación de que el formato de Silencio está planteado con intención. Tres capítulos cortos que en total ocupan poco más de una hora y parecen pensados para colarse en nuestra rutina sin pedir permiso. El formato seriado funciona casi como una trampa amable, porque en realidad lo que tenemos delante es una película encubierta que se deja devorar de un golpe.

Otro trampantojo para mí fue el uso del 16mm. Grano imperfecto, imagen menos digitalizada, menos higiénica. Llegué incluso a tocar el foco del proyector en los primeros segundos, pensando que era un problema de ajuste. Pero no: de nuevo hay motivo ahí, el de arrastrarnos a un tiempo que parece detenido, los años 80, los primeros años de la pandemia de VIH y SIDA también.

Y mientras estaba intentando adaptar mi mirada a ese viaje temporal, se me escaparon las primeras risas, yo que no soy público fácil para el humor. Frases de Belén Esteban, de La Isla de las Tentaciones, anacronismos descarados. Como espectadora, estaba casi esperando cada nueva línea de diálogo anticipando la siguiente frase que me haría sonreír. Hay algo adictivo en esa cadencia, llevo días hablando conmigo misma en ese mismo registro: “¿Y qué hago?¿Me mato?”, “Soy más vieja que un bosque”. El humor de Casanova se te queda pegado como purpurina en la piel.

Barroco pastel y política del cuerpo

Visualmente Silencio es también pop barroco: tonos pastel, recargamiento, una cierta decadencia cutre y adorable al mismo tiempo. Es imposible no pensar en la María Antonieta de Sofia Coppola, pero con esa desviación a lo grotesco que caracteriza a Casanova.

Nada en estas vampiras, interpretadas por actrices increíbles que en muchos casos cuesta reconocer, está pensado para servir al deseo masculino ni reproducir clichés de monstruos sexies. Sus rostros, inspirados en la lipoatrofia facial causada por los primeros antirretrovirales, me devolvieron a aquel momento en que tantas personas que vivían con VIH tenían que cargar además con el estigma visual.

Reconozco que la primera imagen me descolocó un poco, un reflejo de rechazo o incomodidad. Pero a medida que avanzaba la serie, acabé encontrándolas hermosas, profundamente hermosas.

Me pregunto qué hace mi cerebro en ese trayecto, cómo transforma la extrañeza en belleza cuando me enamoro o conecto con un personaje, cuando la imagen se deja educar. Qué imagen es más real, la primera o la última. A veces tengo que esforzarme por recordar la primera impresión, antes de que apareciera el vínculo. Me interesa ese desplazamiento, eso que se mueve en nosotros, quizás cuando dejamos de mirar desde el miedo.

Armarios múltiples

Que las vampiras sean mujeres también importa. El cine de terror siempre ha dado más espacio a los vampiros masculinos, dejándolas casi como adornos. Aquí son el centro. Me hizo pensar en la invisibilización de las mujeres en la historia del VIH. En que hay armarios comunes y otros que son como matrioskas, donde puedes salir de uno, pero te quedan infinitas capas antes de llegar a la superficie. Recuerdo preguntarme en más de una ocasión: ¿Dónde están las mujeres?¿Dónde están las lesbianas?¿Dónde están las pacientes con VIH? Hoy casi la mitad de los diagnósticos corresponden a mujeres, pero el imaginario no lo refleja.

Hay algo en los vampiros que he asociado siempre a lo queer, pero no sabría decir si esa relación viene de mi propio deseo o hay una tradición más amplia. Es refrescante y sanador encontrarse con vampiras que no son metáforas veladas de un deseo inconfesable, sino sujetos abiertamente queer, que se desean, negocian sus afectos y su enfermedad en voz alta. Cuerpos que reclaman espacio, que manchan de sangre un relato que no necesita esconderse.

De la peste negra a la “peste rosa”

Hablar de lo camp, de enfermedades como metáfora social, hace imposible no volver a Susan Sontag, aunque parezca no encajar con el tono de la serie. Que se compare la pandemia de VIH y SIDA con la peste negra en lugar de con cualquier otra enfermedad es por algo. No todas las enfermedades se narran igual, algunas nos convierten en héroes y luchadores como el cáncer, otras desatan solidaridad colectiva inmediata como la covid. Y luego están las que nos arrinconan, invisibilizan y cargan de culpa.

Es interesante cómo Casanova desarma tantos de los códigos del mito vampírico, sus vampiras no se queman con el sol, no transmiten el vampirismo con un mordisco, pero sí les afecta la Iglesia, el crucifijo las marca. Nada más pertinente considerando que la Iglesia llegó a definir el SIDA como un castigo divino para acabar con la homosexualidad y boicoteó la distribución de preservativos. No hay mucha diferencia a cómo leyó la peste negra siglos atrás.

Sangre, medicación y economías del miedo

Una de mis escenas favoritas: “Las flores del mal, qué pesada era la Baudelaire”, dice esa figura que en toda crisis encuentra la forma de enriquecerse. Otro tipo de vampirismo, económico, moral, oportunista que nos recuerda también la desesperación de muchas personas en los años 80 que tenían que recurrir a favores, mercados negros o redes informales para conseguir la medicación. Igual que hoy ocurre con otras condiciones y en otros contextos. No es nada nuevo, pero verlo aparecer en una fábula vampírica lo hizo, al menos para mí, especialmente incómodo.

Revelar discordancias

Uno de los momentos más íntimos de la serie es el de la revelación: “soy vampira”, “tengo VIH”, “no soy como creías”. Hay algo muy reconocible ahí para quienes conocen la experiencia de la serodiscordancia, ese segundo suspendido en el aire en el que no sabes cómo va a reaccionar la persona que tienes delante. Silencio lo trata con mucho cuidado, sin dramatismo excesivo, casi como una conversación íntima escuchada desde la puerta. Me hace pensar en la vulnerabilidad y el miedo dentro de la relación, en el espacio que le damos al otro para contarnos aquello que le asusta de sí mismo. Creo que de alguna forma, ese momento, esa forma de quererse y sostenerse me generó una especie de envidia melancólica.

Creo que esta serie educa más sobre salud sexual que muchas de las clases que he presenciado. Nos enseña que hoy en día las personas que viven con VIH en tratamiento tienen una carga viral indetectable y por lo tanto intransmisible, ni a sus parejas sexuales, ni a sus hijos en el caso de embarazo. Agradezco que se incluya la transmisión de ITS entre mujeres. Demasiadas veces se ha representado el universo lésbico como un espacio blindado, casi aséptico. Aquí no hay didactismos, solo realidad.

Y en medio de todo esto tenemos a Rocío Jurado con su “Muera el amor”. Hilo directo con el melodrama folclórico. No creo que sea solo un guiño camp. Es una forma de llevar el dolor y el deseo a un territorio que nos resulta reconocible, donde las heridas se cantan. La propia canción parece estar hablando de lo mismo que la serie, del amor enfermo, del amor que la sociedad prefiere que muera, de cómo sobrevive entre sangre y maquillaje. Como si de repente la cultura popular se pusiera al servicio de una historia de deseo queer, enfermedad y resistencia.

Qué queda después

Sinceramente no sé como acabar este texto. Quizás no quiero acabarlo, como tampoco quería acabar la serie. Quedarme un rato más en este lugar extraño donde el estigma, la belleza, el deseo y el miedo conviven. En este espacio, donde empieza a romperse el silencio que tantas veces nos ha hecho daño.

Porque al final, es posible que Silencio hable menos del VIH que del hueco que deja lo que no se dice. Y de cómo, cuando por fin miramos sin apartar la vista, el mundo y quienes lo habitan, se vuelven un poco más bellos de lo que recordábamos.

Eduardo Casanova, muchas gracias.

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