Hacer visible lo invisible
Urchin empieza con una imagen anticipadora y clara de lo que va a ser todo el metraje. Mike (Frank Dillane), un hombre sin hogar, despierta en las calles de Londres. Aunque andará solo durante gran parte de la película, nosotros no le dejaremos en ningún momento. La cámara, a una distancia considerable, no se aparta, ni se mueve. Se queda con él. En Europa, especialmente en Francia y el Reino Unido, en los últimos años se ha registrado un aumento realmente preocupante del número de personas sin hogar. Si bien, es una realidad devastadora, en muchas ocasiones nos movemos de acera, deslizamos al siguiente reel o cambiamos de canal. Harris Dickinson, que debuta como director, en cambio nos obliga a enfrentarnos a una verdad actual y urgente. Con un gran compromiso. A partir del primer plano, no podremos apartar más la vista y caeremos en un agujero directo a las entrañas de un sistema que nos pertenece y que condena, rechaza y niega a todas las personas como Mike.
Dickinson forma parte del grupo de actores que se ha animado a dirigir en los últimos años, Scarlett Johansson, Finn Wolfhard o Kate Winslet, son algunos ejemplos. El joven director inglés apuesta por una película que tiene en su genética una fuerte influencia británica que recuerda a Andrea Arnold, Ken Loach o Mike Leigh. Parece una respuesta muy coherente al trabajo de Harris Dickinson como actor. Ha colaborado generalmente alejado de las propuestas comerciales y en esta ocasión se adentra a la dirección con un espíritu cercano al Free Cinema, movimiento cinematográfico británico de la década de los 50 que intentaba traer historias cotidianas al frente, caracterizado por el realismo social.
Aunque las inspiraciones y los referentes son claros, se convierten en fuerza para dar cuerpo a la dirección. El lugar desde el que se aproxima a la historia es de reflexión y de prudencia, seguramente porque conoce bien los entornos de los que habla. Su padre es asistente social y esta cercanía con las personas y el universo que narra se intuye de forma muy clara. Es algo que se agradece, porque siempre es interesante cuestionarse qué lleva a un actor con un patrimonio de más de tres millones de dólares a hacer una película de gente sin hogar. Lo que realmente tiene valor es que creo que Dickinson consigue demostrar que igual no estamos tan lejos unos de otros. Decide mostrarnos a un protagonista que no logra ser honesto, que en ocasiones es violento y egoísta, y que en sus peores momentos actúa sin pensar. Y aún así, empatizamos con él. Logra hacer visible aquello que no queremos ver. Que son personas que sufren y que han sufrido, que no sabemos lo que les ha llevado a esas situaciones y que salir de esa espiral es extremadamente difícil. Entendemos la lucha, entendemos el estar en un lugar del que sentimos que no podremos salir nunca y entendemos sobre todo la soledad. Más allá de no tener hogar, o de vivir con una adicción, Mike es un hombre que arrastra dolor, culpa y que sigue resistiendo. Este es el tema de toda la película, un viaje sobre la experiencia humana, y de lo arduo que es a veces salir de los lugares más oscuros, en los que nadie se atreve a encender la luz.
Después de acompañar a Mike en una mañana por las calles de Londres, interactuando con otras personas y merodeando sin rumbo, vemos como termina peleándose con uno de sus amigos en una plaza. Alguien de entre la multitud les separa. El hombre, tras mediar entre ambos, se ofrece a ayudar a Mike. Hablan un rato, y se ofrece a comprarle algo de comida. Mike le lleva por un callejón y de forma inesperada le golpea y le roba un reloj que después intenta vender por unas cuantas libras. Sin grandes peripecias, la policía le pilla a la salida de la tienda. La detención le lleva a prisión durante medio año y gracias a ello logra salir sobrio y con la intención de “rehabilitarse”. Utilizo comillas justamente porque la readaptación es el eje de la película. Es el lugar de donde salen todas las grietas y de esas hendiduras nacerán los conflictos y las cuestiones centrales de todos sus personajes. Esa es sin duda la mejor decisión de Dickinson: conseguir un film lleno de fisuras que nacen de un mismo corazón.
La adicción es común que se desarrolle como una respuesta asociada a vivir sin techo, por otro lado, la adicción también puede contribuir a no tener hogar. De Mike nunca sabemos qué vino primero, pero eso no le importa nada al director. Él pone el foco en el proceso de rehabilitación y en el acompañamiento (o no), que se le ofrece. Primeramente obtiene un trabajo de cocinero, entabla nuevas amistades e incluso accede a reencontrarse con la víctima que agredió. Este último suceso parece ser que despierta en Mike emociones contradictorias. Por un lado, parece ser que el acompañamiento que ha tenido para llegar al reencuentro ha sido realmente incapaz. No tiene herramientas para procesar la vergüenza, el perdón, la honestidad, el arrepentimiento o el miedo. Los asistentes le han ayudado a vivir en un hostal y a hablar de su propio proceso. Pero no logran ayudarle a evitar el desborde emocional que le hará perder su trabajo. Poco después, consigue un pequeño empleo recogiendo basura y allí conoce a Andrea (Megan Northam) una chica llena de luz que vive en una furgoneta y que aun sin saber a dónde va, logra mantenerse a flote. Una joven con la que conecta, que le inspira y que nos hace conocer nuevas facetas de Mike.
No es nada sorprendente que nuestro protagonista no logre solidificar estas nuevas amistades que genera y que vuelva a caer en la adicción. Lo único que nos preguntamos cómo audiencia es cuándo ocurrirá y de qué manera. La verdad es que es difícil enfrentarse a este tipo de películas porque parece que la rehabilitación completa y readaptación no es posible. No obstante, entiendo que Dickinson no quiera mostrar la luz, sino apuntar a la problemática que imposibilita esa salvación. En Mike vemos que igual la autodestrucción de su personaje está mucho más relacionada con ese sistema que muchas veces apoya el desgarro individual. ¿Cuál es la ayuda que debe aceptar? ¿Es todo tipo de ayuda permitida?
Frank Dillane encarna un cuerpo vulnerable que habla por sí solo. El actor encapsula en cada gesto y movimiento un pasado que no conocemos con exactitud. Vemos a partir de un gran ejercicio de fisicidad la carga, el abandono o el dolor. Dillane se camufla con el paisaje urbano, siendo una pieza más de las calles de Londres. No es solo el trabajo corporal lo que impresiona, si no la presencia y entrega a un personaje lleno de tanta ambigüedad. Aunque construye a un joven con una máscara muy canalla siempre logramos aferrarnos a su humanidad, que logra siempre salir a la luz. Lo vemos cuando trae un cactus de regalo a su asistente social, cuando escucha audios de autoayuda en la intimidad o cuando canta sobrio en un karaoke.
A nivel formal la película parece que utiliza un marco que ya hemos visto en otros cuadros. Un acercamiento a ratos documentalista, intimista, muy Dardenne. Queriendo exactamente desmarcarse de los referentes a los que acude, Dickinson juega en ocasiones con secuencias surrealistas, fantasiosas, que sentí un poco gratuitas y que intentaban ir a lugares que no interesaban tanto. Aunque logra acercarnos a un plano más psicológico y sensorial de los posibles colocones del protagonista, a mi me parecieron más setas cinematográficas: escondían mucho más de lo que enseñaban. Especialmente en el final, donde siento que Dickinson recurre para poder clausurar de alguna forma.
También es verdad que cerrar el debate que el film abre es una tarea complicada. Entrar en los sitios que entra, y hacerlo de una forma tan precisa y pudorosa, hace que la película sea por lo menos algo de lo que seguir hablando. Urchin es una película pequeña pero con una voz que suena fuerte y que con suerte podrá escucharse en el imaginario de aquellos que rechazan mirar a la oscuridad que nos rodea y concierne.








